Buenos Aires, 21/11/2017, edición Nº 1833

De preso a artista invitado

El correntino Pedro Palomar es una rara avis dentro del Buenos Aires Negra BAN!, el exconvicto autor de la novela Mi vida como preso se mezcla con escritores y editores, y completa el panorama literario que lo tiene como “testigo” para contar cómo se decidió a dejar de delinquir. (CABA) “Donde el crimen real se mezcla con la ficción”, lema del festival, suena a manifiesto en la vida de Palomar,...

El correntino Pedro Palomar es una rara avis dentro del Buenos Aires Negra BAN!, el exconvicto autor de la novela Mi vida como preso se mezcla con escritores y editores, y completa el panorama literario que lo tiene como “testigo” para contar cómo se decidió a dejar de delinquir.

Prison-Life

(CABA) “Donde el crimen real se mezcla con la ficción”, lema del festival, suena a manifiesto en la vida de Palomar, en quien realidad y fantasía se entrelazaron para darle decenas de identidades en una carrera delictiva que lo llevó de Iberá a Europa y ahora trabaja para la Justicia argentina.

Pedro no sabe su edad, calcula que tendrá 61 años, su primer DNI lo obtuvo a los 33 ya como preso institucionalizado; tenía unos cinco años cuando sin hablar una palabra en español perdió a su mamá en la estación de Retiro, se soltó de su mano y no la vio más.

La encontró 10 años después pero ya se había educado en la calle y vivió las siguientes tres décadas robando, entrando y saliendo de correccionales de todo el país, hasta su último traslado en 2004, cuando el defensor oficial Federico Stolter se cruzó en su camino.

Desde la unidad de traslado Pedro vio una actitud infrecuente, Stolter cuestionaba el procedimiento: “Creo que ya es hora de ser hombre de bien” le escribió en un carta al defensor, “viví una eterna filosofía paralela, inventé un mundo”, pero “un día allí estaba usted”.

“Hay que hacer algo` pensé, apuramos la causa, lo llevamos a una celda con computadora para que escribiera y cuando se lo anuncié me dijo con lágrimas en los ojos `es lo más lindo que me pasó”.

Así resume Stolter -abogado, psicólogo social y defensor oficial- su primer encuentro con Palomar. Breve, tuvo que pensar qué hacer cuando la juez le informó que la causa había prescripto y quedaba libre: “Ahí hay otro problema, nosotros los acompañamos mientras estén institucionalizados. ¿Y luego qué?”.

Luego: muchas idas y vueltas hasta lograr contratarlo como cadete en la Defensoría Contravencional del Poder Judicial porteña. Hoy Palomar es planta permanente, pera para eso hubo que cambiar un reglamento que impedía a exconvictos trabajar en la Justicia.

“Se redujo la veda a delitos contra la administración pública, en el sentido de que si el Estado no cree en la rehabilitación ¿Cómo lo hará un particular?”, explica a Télam `Tito` Stolter.

El festival convocó a Palomar más allá de su novela hoy agotada, lo llamó como testigo.

El peti, el gurí, el correntinito… los apelativos se suceden con naturalidad, por un lado el arte del engaño, por el otro una vida marcada por finales e inicios abruptos.

La isla donde se crió en los esteros no volvió a encontrarla, la casa de su primera infancia en Barranquera quedó bajo el agua: “Siempre consideré que viví una ficción permanente, no tenía otra alternativa porque no tuve nombre hasta los 14”, dice en una de las oficinas de la Defensoría donde trabaja hace ya cuatro años.

“Fui armando una idea de mí mismo, para mí hasta los ocho años mi mamá era Olga Zubarry, hermosa”, así recuerda a la mujer que cerca de sus cuatro años apareció en la isla, le anunció que era su madre y se lo llevó consigo.

La tarde que se distrajo en el tren, se alejó del andén y jugando llegó hasta la construcción inverosímil que en ese entonces le significó el subterráneo.

Los dispersó la policía, repasa Palomar, “pero yo hablaba guaraní y ese hombre que me hablaba era como de otro mundo. Me llevó a la comisaría y a las pocas horas me vinieron a buscar unas monjas”.

“A partir de ahí no entendí nunca más nada, no sabía qué pasó, qué explicar, gracias a las monjas del asilo Gobernador Viamonte (hoy Centro Cultural Recoleta) aprendí a hablar español pero me costó muchísimo, recién a los 11 lo hice de corrido”.

Que nunca lastimase a nadie en los atracos “fue obra de las monjas y de ser un tipo de suerte -afirma-, me escapaba por los techos y en la calle manoteaba cosas, me encantaba robar, si los Reyes no me traían nada yo me procuraba el regalo”, recuerda con una mueca de sonrisa.

El reencuentro con su madre, a los 14, “fue tremendo -asegura- estaba en la cárcel de menores de Flores, ya había robado a mano armada, tipo cowboy, y cuando la vi se había vuelto alcohólica”.

“Tuve suerte”, insiste, de caer luego detenido en la Unidad 16 cuando había un incipiente pabellón poblado por presos peligrosos jóvenes, porque así aprendió a leer y escribir.

Devoraba todo lo que caía en sus manos, “Vasconcelos me despertó a la literatura, con `Mi planta de naranja lima` no podía parar de llorar y reír, el Portuga (hombre que adopta al pequeño Zezé) me atrapó. Cuando muere morí de tristeza”.

“Hemingway me hizo idealista, Vasconcelos me enseñó a ser más humano y José Ingenieros me mostró cómo ser mejor persona”, asegura Palomar, autor de dos novelas que le destruyeron en la cárcel y de “No habrá un libro inconcluso”, una tragicomedia que espera publicar, protagonizada por un contador de historias “borrachín y real”.

El dice que es un ladrón romántico, a la antigua. ¿Por qué nunca disparó? “Soy un tipo con suerte –insiste- sabía cómo actuar, no tenía necesidad de amedrentar. El cine me enseñó mucho de eso, John Wayne, Humphrey Borgart, Alberto de Mendoza” repasa y en el recuerdo se detiene en una novia, Martha.

“Se hizo ladrona conmigo, yo había escapado de Olmos en el 73, ella trabajaba en una distribuidora de artículos para el hogar y cuando la desemplearon me propuso un golpe. ¡Cómo le gustaba disparar! Ella sentía poder con un arma. Nos compramos un Torino con la plata del asalto y recorrimos el país robando, nos agarraron en Lomas de Zamora un año después”.

“Es inevitable vivir conmigo mismo -reflexiona-, soy todas esas ficciones, era espectacular vivir al límite, me cargaba de energía pero nunca había paz, robar es fuego que algunos tienen y otros no, ahora ya estoy viejo, creo que me cansé por eso, la sociedad y yo nos perdonamos mutuamente”, concluye.

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