De Milwaukee a El Palomar, la historia del entrenador de béisbol ‘villero’

De Milwaukee a El Palomar, la historia del entrenador de béisbol ‘villero’

(PBA) Michael Figi era un estadounidense promedio, licenciado en ciencias económicas. Vivía en Milwaukee, la ciudad más grande del estado de Wisconsin en Estados Unidos, junto a sus padres y hermanos. Administraba un local de recuerdos deportivos: vendía tarjetas autografiadas, pelotas, banderines, todo tipo de souvenirs representativos de los deportes yankees. Era, a su vez, pastor de una iglesia evangélica donde pregonaba la palabra de Dios ante jóvenes universitarios.

Del Michael Figi previo al comienzo del siglo XXI queda poco. La vida lo sitúa hoy en el Palomar, provincia de Buenos Aires, Argentina. Un acto de fe le reconfiguró la brújula. Un llamado de Dios, el pedido de vender el negocio y radicarse del otro lado del mapa, le cambió el norte. Encontró un país desbastado por la crisis, pleno 2001, con sus sueños de transformación a cuestas, una práctica casi utópica en un contexto de desorden social.

Su primera interacción con la sociedad fue en el comedor de una iglesia local, donde recibía a niños del barrio Carlos Gardel, en el Palomar, detrás del Hospital Posadas. “En los tiempos en que la gente robaba mercadería de los supermercados, abrí un lugar para que, los sábados, los chicos pudieran comer. Aquí, la necesidad era más grande que en cualquier otro lado”, expresó.

Allí, enmarcado en una filosofía de solidaridad e integración, se gestó una conexión especial entre Mike y el piberío hasta que en marzo de 2009 expandió su influencia. “Compré unos guantes y unos bates y empecé tirándole la pelota a algunos de los chicos”, contó el estadounidense con un español forzado. Fundó “Las Águilas”, una excusa para transmitir valores de responsabilidad, pertenencia y trabajo en equipo a niños de orígenes humildes, y creó “El Nido”, la guarida del equipo emplazada en el galpón de la casa de Mike, un espacio común donde los pibes del barrio se juntan para jugar al ping-pong, al metegol, ver la tele y también brindar apoyo escolar.

Es la historia del yankee que llevó el béisbol a un barrio de emergencia. Un fanático ferviente por este deporte de típica estirpe norteamericana que nació como estímulo a la atención que los chicos tenían mientras Mike miraba por televisión las finales de la MLB. La inocente idea de ofrecerles algo distinto a los pibes que pasaban el tiempo en la calle se convirtió en un equipo que compite en Escobar, Parque Roca, Ciudad Evita, Bajo Flores, La Plata, Lanús, Vélez, Ferro, Comunicaciones y en el Estadio Nacional de Béisbol de Ezeiza bajo la órbita de la Liga Metropolitana de Béisbol. Un empresario de la zona provee el transporte para movilizar a los jugadores. La vestimenta, los elementos de seguridad necesarios para la práctica segura, los bates, pelotas y guantes son inversiones desinteresadas de Mike.

Hoy camina la villa con gorra, campera y pantalón anchos de colores rojo y azul predicando principios de inclusión social a través del poderoso canal del deporte. Recluta jugadores de entre 8 y 18 años que quieran formar parte de un todo. Entrenan, de lunes a viernes, en una cancha conocida como “la de los bomberos”, ubicada detrás del edificio de emergencias de adultos del Posadas. El terreno, desnivelado y desprolijo, se reconvierten en un diamante, luego de que los autos por lo mañana lo hayan transformado en un estacionamiento descubierto.

El programa formativo que encabeza Mike excede el campo recreativo. Para participar de este proyecto, los chicos y sus padres firmaron un reglamento que suspende a los jugadores por notas bajas en el colegio. El pacto promueve a la vez el respeto entre compañeros y al entrenador. En simultáneo a la competencia, dos veces por semana en el barrio se celebran ferias solidarias para recaudar fondos, comprar comida y bebidas para que los chicos consuman los sábados en los días de partido.

Es Michael Figi, Mike para los pibes. El pastor yankee que hace quince años llegó a Argentina con un bolso cargado de valores y la pasión por un deporte que funcionó como instrumento de transmisión. Dedicación, respeto, disciplina, trabajo en equipo, solidaridad, amistad, compromiso, compañerismo, guantes, bates, pelotas y un espíritu transformador, la enseñanza de que todos sueños son posibles.

FUENTE: INFOBAE

S.C.