Buenos Aires, 13/12/2017, edición Nº 1855

Curiosidades de la ciudad: las chimeneas de las que no sale humo

Son todas iguales y están en distintos puntos de la Ciudad. Fueron hechas entre 1880 y 1920 para ventilar el sistema de cloacas. Conocé su historia. Días atrás me encontré con un viejo conocido, crítico de espectáculos, que comparte conmigo cierto fanatismo por las obras de teatro para niños de Hugo Midón. Recordé que en algún otro encuentro me dijo en relación a mi oficio de periodista de arquitectura: “Tenés...

Son todas iguales y están en distintos puntos de la Ciudad. Fueron hechas entre 1880 y 1920 para ventilar el sistema de cloacas. Conocé su historia.

Días atrás me encontré con un viejo conocido, crítico de espectáculos, que comparte conmigo cierto fanatismo por las obras de teatro para niños de Hugo Midón. Recordé que en algún otro encuentro me dijo en relación a mi oficio de periodista de arquitectura: “Tenés que hacer una nota sobre las chimeneas de Buenos Aires”. Él, un alemanote sensible, se refería a esas estilizadas piezas de ladrillo que salpican la ciudad, como escapadas de cuadros surrealistas de De Chirico, y que podrían interpretarse como monumentos industriales que unen trabajo y belleza. El mismo Midón tenía en su obra “La vuelta manzana” una canción dedicada al noble oficio de deshollinador, hoy casi inexistente. Pensar que en la Ciudad, hasta hace unos 35 años, todavía se quemaba diariamente la basura en los sótanos de los departamentos. A esos humos domésticos se sumaban los de las chimeneas de las fábricas, que con sana razón fueron expulsadas de Buenos Aires por sus efectos contaminantes con el Código de Planeamiento de 1977. Si lo sabían las amas de casa… ¡No hay cuello de camisa que aguante!, rezongaba mi madre.
Debo confesar que, si bien tenía presente la imagen de las chimeneas de marras, no imaginaba qué había tras de ellas. Salí entonces a rastrearlas por los barrios: la más visible, una que está en Alvarez Thomas entre Forest y 14 de Julio, en Colegiales. Más para Coghlan encontré una en Washington y Congreso. Otra bien escondida está cerca de la cancha de Atlanta, en Humboldt y Murillo. Por la zona de Parque Centenario registré la de Acevedo, entre Díaz Vélez y Aranguren, y otra en Rocamora al 4200. Cerca del Carrefour de San Lorenzo divisé la característica figura en la calle Inclán a metros de avenida La Plata. Una me llevó a otra y así sucesivamente. Para el oeste, Gaona y San Nicolás en Floresta; Murguiondo y Coronel E. Garzón en Mataderos. Y hacia el centro, encontré una en Pacheco de Melo y Austria, y otra en Anchorena y Juncal.

Raro. Todas prácticamente iguales, como realizadas o fabricadas en serie por un mismo constructor. En la base, una pequeña construcción cúbica, a su lado emerge un estilizado cono octogonal de ladrillo de unos 35 metros de altura rematado con un coronamiento de material con detalles de estilo y un pararrayos.

Casi ningún vecino pudo darme datos de ellas. “Nunca la vi funcionar” fue la respuesta recurrente. Una chica que volvía a su casa a tres puertas del portón donde hay una, me dijo: “Alguna vez me contaron… Creo que salen cosas de adentro de la tierra”. Pista rara, ¿no? ¿Su función viene de abajo de la tierra?

Así es. Lo cierto es que no son chimeneas de combustión sino ventilaciones del sistema cloacal de la Ciudad. “Estas ventiletas construidas por los ingleses alrededor de 1910 permiten que circule el aire por las cañerías cloacales subterráneas y que venteen sus gases”, me confirmó el vecino del taller mecánico que está enfrente de la chimenea de Inclán. “Es por eso que siguen rigurosamente el circuito de las cloacas mayores de la Ciudad, que son las que van a desembocar en Berazategui”, completó con rigor científico.

Quise saber más. Adónde ir si no a la Biblioteca de AySA en el Palacio de Obras Sanitarias de la Avenida Córdoba. Allí, justamente a propósito de que se estaban cumpliendo los 100 años de la creación de Obras Sanitarias de la Nación, antecesora de la actual AySA, habían armado unas visitas guiadas. Aproveché para conocer el Museo del Agua y de la Historia Sanitaria y recorrí el edificio mientras nos explicaban la hazaña del sistema sanitario porteño. ¿Qué digo edificio? Si como muchos ya saben, el Palacio, lo que esconde, son 12 gigantescos tanques con capacidad para 72 millones de litros de agua que llegaba desde el río luego de haber sido potabilizada en las plantas de tratamiento. El arquitecto Jorge D. Tartarini, director de dicho museo y especialista en Patrimonio Industrial, me certificó que efectivamente los residuos cloacales confluían en las cuatro cloacas máximas y llegaban hasta la Planta Elevadora de Wilde, desde donde eran expulsados al río, a la altura de Berazategui. Las chimeneas de ladrillo construidas entre 1880 y 1920 son para la ventilación del sistema. Son las que permiten tanto el venteo de los gases que emanan los residuos cloacales y su oxigenación, como su escurrimiento evitando el vacío por succión. Un complejo sistema que, como todas las obras hechas por OSN entre finales del siglo XIX y principios del XX, eran mucho más que una simple obra de ingeniería: eran declamación de modernidad. 

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