Cuando ya no creía en el amor

Fio, odontóloga costarricense con fecha para casarse, voló a Buenos Aires para saber qué había pasado con su prometido; Seba, un bartender rodeado de diversión, le dio una cerveza para consolarla. Sin saberlo, ya estaban destinados.

(CABA) En el año 2005, Fio dejó su Costa Rica natal para viajar a Buenos Aires y realizar una especialidad en odontología. Con una personalidad intensa pero tradicional, al poco tiempo conoció al que sería su novio quien, tres años más tarde, con un despliegue romántico y un anillo, le propondría casamiento.

Mientras tanto, en algún otro rincón de Buenos Aires, Seba, lejos de estar en pareja estable, estaba de fiesta. Había encontrado trabajo como Bartender en Palermo y la noche, seductora y superficial, tomó el control de su vida. Las mujeres y el alcohol le llegaban fáciles, y él se dispuso a disfrutarlo al máximo. Tanto como el viaje a Europa de mochilero que pensaba hacer en un futuro.

Fio terminó su carrera y volvió a Costa Rica, donde vivirían juntos con su prometido. Pero los días pasaban y el reencuentro no llegaba. De un día para el otro, él dejó de hablarle. Silencio, nada más que desesperante silencio. Fio, sin pensarlo dos veces, tomó un avión y voló a Buenos Aires para ver qué había pasado con su futuro marido. A su lado en el avión, una mujer argentina percibió su situación y le dio charla. Su nueva amiga trabajaba de Wedding Planner en una playa de Costa Rica. Ironías del destino. “No te preocupes, seguro que se van a ver y se arregla todo”, le dijo para calmarla. Era mayo del 2009.

Uno nunca sabe…

La noche del sábado 23 de mayo de 2009, Seba fue a trabajar al boliche como siempre. Por esas horas, Fio estaba en el departamento de su ahora “ex novio”, destruida. El hombre con el que supuestamente tenía pensado casarse, acababa de confesarle infidelidades y mentiras. Ella estaba en shock, perdida y sola en el departamento que él le prestó hasta que volviera a Costa Rica. En un segundo, su autoestima se hizo trizas y le dio paso a la sensación de que ella carecía de valor y que nunca nadie más la iba a querer.

Cansada de llorar, Fio hizo algo impensado: salió de la cama y se fue a tomar una cerveza al boliche de la vuelta. Al mismo que solía frecuentar con su ex. En la barra, un bartender se acercó para atenderla, sin embargo otro, mucho más alto y con el pelo algo largo pero rapado en partes, lo apartó y le dijo: “No, no, no, no entendiste nada, a ella la atiendo yo.” Él era Seba, el capo de la barra, y podía tener a la chica que quisiera; más si se trataba de una chica frágil pero impactante al mismo tiempo.

Fio, que no comprendía qué estaba pasando con su vida, vagaba como extraviada. Cada vez que se acercaba a la barra, Seba le daba charla y la hacía sentir mejor. “Era reconfortante hablar con alguien que no supiera nada de lo que me estaba pasando. Le conté que alguna vez me gustaría abrirme un bar en la playa de Costa Rica. Me dijo que si llegaba hacerlo, con mucho gusto él podría trabajar allí. Por eso, intercambiamos mails”, recuerda Fio.

Seba, con la idea de conquistarla por una noche, le pidió que lo espere media hora hasta su break para hablar más tranquilos. Pero Fio tenía el corazón roto y estaba muy cansada; disimular la tristeza le resultaba agotador, por lo que resolvió irse al departamento a dormir.

“¿Qué onda la chica que te dio el teléfono, la que se acaba de ir?”, le preguntó un compañero a Seba. “Me dio el mail. Me dijo como que algún día quisiera abrirse un bar en la playa y olvidarse de todo. Uno nunca sabe.”

A la mañana siguiente, Fio agregó a Seba al Facebook pero bloqueó la posibilidad de que él la viera conectada. Ella no quería nada y no sabía dónde estaba parada en el mundo. Guardó ese contacto simplemente porque uno nunca sabe. Dos días después volvió a Costa Rica.

Soltar y sanar para volver a empezar

Los días pasaron. Fio viajó a las Vegas, esfumó los ahorros del casamiento y se convenció de la inexistencia del amor. Seba, mientras tanto, ya estaba en Europa.

Fue durante una tarde de octubre de 2009, que Fio supo que era hora de enfrentar sus miedos: a fin de año volvería a su amada Buenos Aires para devolver ese anillo de compromiso. Fue entonces cuando recordó a Seba. Con sus emociones exaltadas, ella sintió que necesitaba tener un nuevo amigo, alguien con quien conversar.

– “Hola, ¿te acordás de mí? Nos conocimos en mayo, vos me atendiste en el boliche.”

– “Ehhhh, claro, ehhh, contame más. Lo que pasa es que hace meses que no trabajo ahí.”

De manera natural comenzaron a hablar casi a diario. Primero por chat, después por Skype, hasta que un día él la llamó y le dijo: “¡Ya me acordé de vos!” Poco a poco empezaron a descubrir sus miedos, sus sueños, sus personalidades. “La belleza de conocer a alguien online es que hablás sin la tensión de la salida y el levante”, coinciden ambos.

Fio comprendió que era hora de perdonar y perdonarse para darle lugar a un nuevo presente. Apenas llegó y muerta de miedo, se encontró con Seba por segunda vez en sus vidas. Frente a frente, después de tantas cosas vividas y compartidas a la distancia, él le tomó la mano. Una electricidad inexplicable le recorrió el cuerpo a Fio. “Por fin”, pensó Sebas en aquel instante, emocionado.

Pasaron un par de semanas de verano inolvidable y luego continuaron sus charlas a distancia. Sólo eran amigos, hasta que un día llegó esa señal que lo cambia todo sin decir ni una palabra: Seba, que no creía estar enamorado, le envió a Fio “Across the sea”, un tema punk rock de la banda Weezer. La canción habla de la distancia entre dos personas que sienten algo y que conocen todo el uno del otro. Fio, que fue la primera en decir “te amo”, sabía que él sentía lo mismo. Él estaba negado y ella dejó que él se diera cuenta solo. “Ella, tan linda, tan buena, estaba siempre que la necesitaba. De pronto un día supe era todo para mí, que la amaba.”

La amistad le había dado paso al amor. Sus caminos ya no eran paralelos ni simplemente se habían cruzado; ahora caminaban juntos.

“Quiero que sientas que estás con alguien que se esfuerza tanto como vos. No es tarde, voy a estudiar publicidad”, le dijo Sebas un día. Ella, por su lado, decidió volver a vivir a Buenos Aires y estudiar Comunicación.

Cinco años después de aquella primera vez que se vieron en ese boliche, Sebastián y Fiorella se casaron; primero en Argentina y después en Costa Rica, país en el que residen actualmente.

Una de las testigos fue aquella Wedding Planner que Fio conoció en aquel viaje que los unió, y como marcha nupcial para la boda en Costa Rica, eligieron una versión instrumental del tema de Weezer. Pero como las cosas siempre salen como tienen que salir, el DJ se equivocó y le dio play al tema original, con las guitarras eléctricas y todo el rock. Los novios se miraron, rieron y caminaron con el tema que había marcado el comienzo innegable de su amor.

Hoy, en Costa Rica, Seba tiene una agencia de publicidad y Fio trabaja como odontóloga y como periodista en la empresa de su esposo. Sienten que son un equipo y que se apoyan en todas las locuras: juntos pueden superar cualquier reto.

“Seba me ayudó a liberarme de las estructuras, ver la vida desde otro ángulo y a ocuparme únicamente por ser feliz”, dice hoy Fio.

“Antes de conocerla tuve un par de años difíciles, sufrí accidentes serios y tuve una vida de noche muy complicada. Fio me ayudó a encontrar mi rumbo”, reflexiona Seba.

Para Fiorella y Sebastián, las historias de amor no comienzan el día que las dos personas se conocen. Ambos creen que se inician mucho antes, cuando dos caminos en apariencia distantes, deciden unirse poco a poco para finalmente toparse en un punto.

El bar en la playa aún no lo abrieron. Es sólo cuestión de tiempo.

S.C.