Buenos Aires, 12/12/2017, edición Nº 1854

Cuando un perro es un compañero de vida

Con la oficialización de la ley que habilita a los ciegos a ingresar a lugares públicos o privados con sus perros guía, llegó a su fin una lucha muy larga. Esta es la historia de amor de Ana Bravo con “Nali” y “Mia”. (CABA) Sentía el pasar de la gente a los costados. El ruido y los estímulos estaban por todos lados. Empleados de casas de cambio que gritaban. La música...

Con la oficialización de la ley que habilita a los ciegos a ingresar a lugares públicos o privados con sus perros guía, llegó a su fin una lucha muy larga. Esta es la historia de amor de Ana Bravo con “Nali” y “Mia”.

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(CABA) Sentía el pasar de la gente a los costados. El ruido y los estímulos estaban por todos lados. Empleados de casas de cambio que gritaban. La música que salía de los locales y, en algún punto, se cruzaba hasta formar un sonido desagradable. El lugar ya lo conocía. Repleto de macetas, puestos de diarios y vendedores ambulantes.Pero, ese día, las cosas cambiaron. Ana Bravo sostenía una correa. Adelante iba un perro guía. Se dejo llevar. Caminó por la calle Florida sin ningún problema. No se chocó con nadie. Sintió plena libertad.

El 26 de junio se publicó en el Boletin oficial la ley de perros guía, que habilita a las personas ciegas a acceder, deambular y permanecer con los animales en lugares públicos o privados. Para Ana, fue el final de una gran lucha. “Problemas tuve en todos lados, pero yo nunca abandoné ningún lugar”, dice con orgullo. Ahora, cada vez que alguien pretende echarla de un cine, un teatro o un bar por estar con su perro, muestra la ley que siempre lleva en su cartera.

Ana Bravo tiene 52 años y es ciega desde los 7, producto de un glaucoma congénito. Pasó gran parte de su vida con un bastón. Aprendió a moverse de manera independiente. Terminó el secundario en una escuela convencional. También le fue bien en la universidad: egresó de la carrera de Trabajadora social. Pero esa caminata en la calle Florida marcó un quiebre. “Estar con un perro es muy distinto al bastón. No hay que estar taca, taca, taca. No vivo preocupada por los carteles ni la gente”, dice Ana, en un encuentro con TN.com.ar.

Según estadísticas del Indec, en la Argentina hay algo más de 250 mil personas ciegas. Ana, una de las impulsoras de la ley, calcula que sólo unas 25 tienen perros guías. El proceso para conseguirlo no es fácil. En el país no existen escuelas habilitadas para entrenar a los perros (BocalánArgentina, que ya entregó perros para personas con otro tipo de discapacidades, tiene la intención de expandirse, aunque aún está lejos en el proceso). Ana obtuvo su perro en Leader Dog, una famosa escuela de entrenamiento estadounidense.

El servicio que ofrece Leader Dog, totalmente gratuito, es bastante simple: la persona ciega debe demostrar que está en condiciones de tener una vida independiente (usar el transporte público, caminar por la calle, etc), además de contar con la aptitud física para tener a cargo un perro. Luego de estar unos 20 días en la escuela, se le asigna uno que, por sus características, se estima que puede llegar a funcionar bien con su usuario.

A Ana le pidieron que esperase en el cuarto. Estaba nerviosa. No le habían dicho el sexo, el nombre ni su forma de ser. “Era como un parto”, recuerda. Hasta que llegó Mía (“Como Mía Farrow”). La perra la olió y le chupó la mano. Luego se tiró al piso, panza arriba, como para recibir algunos mimos. Era febrero de 1999. El inicio de una historia de amor.

Para Ana, Mía fue mucho más que una mascota. “Tengo una hija de 31 años. Mía para mí es como mi hija menor. Además de quererla, le tengo agradecimiento y admiración. En doce años, me solucionó muchos problemas y hasta me salvó la vida. Entonces, ¿cómo no amarla?”, dice. Recuerda cuando Mía se le tiró sobre los pies, decidida a no dejarla avanzar más. Estaban en Carlos Paz, de vacaciones. Cuando su compañera de viaje bajó el bastón, lo notaron: estaban a punto de caer a un río.

Se estima que un perro guía debe dejar de “trabajar” a los ocho años. Cuando Mía tenía doce, Ana no tenía ninguna intención de jubilarla. “Sentía que la iba a traicionar y no la quise reemplazar. Lloré mucho. Cuando salí al aeropuerto a buscar a la nueva perra, hasta me olvidé el pasaporte”, dice. En el 2011, volvió a la Argentina con Nali, quien hoy es su nueva guía.

Conserva las cenizas de Mía, que murió en 2012, en una urna en su escritorio. “Es más de lo que una persona puede sentir por una mascota. Yo fui como su madre”, dice Ana, emocionada. Admite que a Nali, su nueva guía, le costó quererla. La perra se mantiene en silencio, abajo de la mesa de un bar, hasta que Ana comienza a abrigarse para salir a la calle. Ahí, se para y comienza a moverse. “Muy bien, Nali, muy bien”, le dice.

En la calle, Ana es la que da las órdenes. “¡Follow, stop, follow!”. Se choca con algunas personas que pasan sin prestarle atención. Pero camina con soltura. Nali va adelante. Es como un faro que le abre el horizonte. Son sus ojos, también su compañía constante y fiel. Ana nunca termina de felicitar a Nali: “¡Esa es mi perrita! ¡Qué bien se porta mi perrita! ¡Cómo la quiero a mi perrita!”. Y la abraza.

 

Fuente: TN

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