Buenos Aires, 18/10/2017, edición Nº 1799

Crece el numero de asentamientos precarios en las calles de Buenos Aires

Si bien no hay números que hablen con certeza de cuántos son y cómo viven, cada vez hay más familias que viven en y del espacio público , en veredas, plazas, bajo autopistas, e incluso en zonas híper transitadas como la avenida 9 de Julio Ni siquiera hay un acuerdo en la manera de cómo definirlos: algunos clasifican a los “estables”, otros miden a los más vulnerables o hay también...

Si bien no hay números que hablen con certeza de cuántos son y cómo viven, cada vez hay más familias que viven en y del espacio público , en veredas, plazas, bajo autopistas, e incluso en zonas híper transitadas como la avenida 9 de Julio

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Ni siquiera hay un acuerdo en la manera de cómo definirlos: algunos clasifican a los “estables”, otros miden a los más vulnerables o hay también quienes toman a los que están en riesgo inminente. Lo real es que su salud siempre está en riesgo, los albergues y paradores oficiales son opciones que no terminan de conformarlos y la calle, al final, parece su única opción.

En una recorrida, Clarín pudo ver que el fenómeno empezó a multiplicarse en las llamadas “ranchadas”: tiendas de cartones, telas o contenedores de basura donde habitan desde hombres o mujeres solos, hasta familias en condiciones inhumanas.

Muchos viven del cartoneo y se quedan allí con lo que juntan, otros abandonaron los paradores o tuvieron que dejar sus hoteles porque aumentaron, en un momento en que el clima aún lo permite. Pero no hay ayuda que contemple todas sus necesidades y el temor es que se acerca el peligroso frío.

Andrés vivía con su papá hasta que quedó solo. Sin trabajo, sin ayuda, no pudo mantener la propiedad y la perdió.

Es desconfiado como muchos en su situación y hoy ocupa una carpa debajo de la autopista 25 de mayo, a la altura de la calle 24 de noviembre, donde hay olor a humedad. Así está hace cuatro meses. Así pasó el temporal del miércoles 4. Y así vive con una mujer.
Cuando puede se hace amigo de unos tipos que tienen sus ranchadas a unos metros. “Ellos están mejor tienen televisión y microondas. Están cubiertos por un techo”, dice, con raras prioridades. Cuando aparecen las camionetas amarillas que asisten a los que viven en situación de calle (ver Con equipos…

) se hacen los recios. Ese es su lugar.

En Monserrat, Micaela no sufre la humedad pero no aguanta el hambre y reparte pan viejo a uno de sus dos hijos. Tiene un colchón y un cartón que si llueve se moja. Ese es su techo. Y la urgencia de lo que necesita: desde hace dos días, ella, sus dos hijos, y su pareja armaron una ranchada apoyada sobre las rejas que rodean a un prócer que ella desconoce, y que está en medio de la plazoleta central de la 9 de Julio y México. Dice que llegó porque su casa en Alejandro Korn se quemó. Pide subsidios. No sabe dónde ir.

Para la ONG Médicos del Mundo, las últimas cifras de 2009 hablaban de más de 15.000 personas en situación de calle , pero trabajan en un nuevo estudio que puede dar una cifra mayor. El censo del Gobierno de la Ciudad, de fines de 2011, registró 876 personas durmiendo en la calle. El número difiere porque Médicos del Mundo incluye a las personas que duermen en paradores, refugios u hoteles, incluso con subsidios oficiales. Según en la ONG, desde que algunas plazas fueron enrejadas muchos empezaron a ir dormir a guardias de hospitales o estaciones de tren. Manuel Lozano, de Red Solidaria, dice que desde 2011 se ven más personas en situación de calle en el conurbano. “En Morón o Avellaneda. En Capital las zonas más pobladas siguen siendo el Micro y Macrocentro. Y la plaza Congreso, que aún está sin enrejar o las terminales”, advierte.

Frente a Plaza Constitución hay varios casos. “No sé nada de mi papá ni de mi mamá”, dice Débora, de 22 años, mientras esconde la cara. Después cuenta que sus tres hijos están en el maternal y que vuelven ahí. Dice que llegó hace pocos días porque Pablo, su pareja, es el único que la ayudó. Se llevaron dos contenedores para la basura y con una tela armaron un techo. Todos duermen ahí. “¿Si tengo miedo? No. No es un lugar peligroso”.

Ese lugar es un espacio al costado de la bajada Lima de la autopista 25 de Mayo. “De noche llevo a los chicos al parador, nos bañamos ahí, pero no nos gusta, hay mucho maltrato verbal”, dice. Y reflexiona: “Lo único que me da miedo es el frío”.

Cerca, detrás de la Iglesia de Constitución hay otra ranchada armada, con camas, fuego, y el resguardo de la autopista. Pero son más violentos. “Te veo mirando a mi hijo y te rompo la cara”, dice una. El tema es complicado: hoy hay por lo menos una generación que nació ahí mismo . Son de ese lugar donde a veces hay olor a guiso o a pis, aunque sean las cuatro o las diez. Pasan las camionetas de Desarrollo Social ofreciendo ayuda para volver a casa. Pero para eso sólo tendrían que quedarse ahí.

Fuente: Clarín

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