Confiterías tradicionales sacan a relucir sus exquisiteces italianas

Con el auspicio del Gobierno porteño y el Instituto Italiano de Cultura, 32 pastelerías tradicionales enarbolan la bandera de Italia para que la gente pruebe exquisiteces típicas de ese país

(CABA) “La idea es hacer una muestra de toda la pastelería que vino de Italia. Ya lo hemos hecho con la almena, la francesa y la española. Así reconocemos a los distintos sectores, ya Noviembre la de la alemania, el ao pasado la Francia y antes la de España. Nuestra pastelería está formada por la inmigración”, explica Javier Alonso, presidente de la Cámara de Confiterías.

Así, durante una semana, y con el auspicio del Gobierno porteño y el Instituto Italiano de Cultura, 32 pastelerías tradicionales enarbolan la bandera de Italia para que la gente pruebe exquisiteces típicas de ese país. Como el Postre Babá o las sfogliatellas, característicos de Nápoles, o los cantuccis o biscottis, de la Toscana. O las tortas caprese o la pastiera napolitana, elaborada con ricota y trigo cocido. El listado de locales que participan puede consultarse en la Web.

“Estamos promoviendo la pastelería italiana, como ya lo hicimos con la francesa o la alemana, para que la gente eduque su paladar, como lo hizo con el helado artesanal o con el vino. La idea es que redescubra la pastelería artesanal, hecha con productos frescos, y que venga a los lugares tradicionales”, explica Héctor Brignole, de 68 años, al frente de El Progreso junto a su hermano Juan Carlos. El que inició el negocio fue su abuelo Juan Bautista, nacido en un pueblo genovés llamado Borzonasca.

“Mi abuelo ya era pastelero cuando llegó a la Argentina, en 1909 -cuenta Héctor-. Primero trabajó en la Antigua Confitería del Molino, donde se quedó hasta 1919. Ese año, junto a mi abuela Angela abrió su propia pastelería, El Progreso, en este mismo local de Santa Fe 2820. Tenía un sector con mesas y sillas, pero las sacaron a raíz de la crisis del 30, porque no entraba nadie. Hace unos cinco años, las volvimos a poner”.

El negocio fue pasando de generación en generación. En 1940, cuando murió Juan Bautista, lo continuó su hijo Adolfo, que a su vez les transmitió a sus propios hijos el amor por la pastelería. “A los seis años me hacía sacarles los cabitos a las frutillas”, recuerda Héctor. “Lo encendieron en 1919 y no se apagó nunca”, asegura. NT