Buenos Aires, 22/08/2017, edición Nº 2081

¿Cómo mejorar nuestra respuesta cuando hay que tomar decisiones?

Aprender a pensar.

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(CABA) Todos los días tomamos decisiones. Todo el tiempo. En todos los aspectos de nuestra vida. Y por irrelevante que parezca frente a los problemas que enfrentamos a diario, conocer nuestra emocionalidad resulta clave de cara a considerar diversas opciones y no actuar en automático.

No voy a poder“, “Esto es demasiado para mí“, “Esto me supera” son frases que solemos usar y que intervienen en la toma de decisiones y que a veces no nos permiten ver que la salida está en el otro y que el pedir ayuda no nos convierte en personas débiles o incapaces, más allá de nuestras propias limitaciones.

Lo mismo sucede con la dificultad en delegar decisiones. La ilusión de controlar los resultados no permite el desarrollo en las personas que coordinan acciones con nosotros y de esta manera anulamos la posibilidad que nos puedan facilitar ciertos procesos de decisión que inclusive no aportan valor a nuestras tareas, más si hablamos de decisiones programadas o semiprogramadas donde se responde con planificaciones anticipadas.

Si queremos delegar debemos verle el valor a que decidan por ellos mismos y así no sólo delegaremos tareas sino que también delegaremos poder. El compromiso de delegar poder es un primer paso a la obtención de una mejor calidad de vida.

¿Cómo tomar decisiones?

La toma de decisiones suele estar conectada con la confianza interior que sentimos, pero esto último, si bien no nos asegura el éxito, nos pone en un lugar de responsabilidad, según el resultado que se obtenga al elegir o decidir. Esta confianza también se recuesta sobre la confianza en el futuro y de esta manera el diseño del mismo estará en nuestras manos.

Nuestra naturaleza no nos permite predecir cuándo nos vamos a equivocar y esto es fuente de sufrimiento y alguna vez de parálisis para elegir una respuesta y poder decidir.

Aunque pueda parecer contradictorio, la experiencia previa o la llamada experiencia vivida no es garantía de una mejor toma de decisiones no esperadas o estratégicas, en cambio son bienvenidas en las programadas o tácticas, ya que las mismas son respuestas que fueron probadas, y de este modo nos aportan la tranquilidad de que van a funcionar. En cambio las decisiones no programadas suelen incrementar un riesgo y agregarnos angustia si es que no funcionó en el pasado, o una falsa seguridad si fue exitoso el resultado que obtuvimos.

De este modo, antes de tomar una decisión puede resultar útil colocarnos en un lugar de conciencia plena, esto es saber que toda decisión puede abrir o cerrar posibilidades, que no siempre que apostamos vamos a ganar y que todo resultado, además de dejarnos un aprendizaje, estará sujeto a nuestra interpretación, que por supuesto disparará una emoción y con esta emoción nos prepararemos para la acción, cosa que algunas veces olvidamos y provocamos resultados que no queremos generar.

Otro dato que puede aliviar el peso en nuestras decisiones es el descubrir que, el querer controlar los resultados a través de las decisiones que tomamos es una ilusión, ya que los resultados se pueden proyectar, gestionar, reinterpretar, pero no se pueden controlar. No hay manera de saber de antemano cuáles pueden ser los beneficios o las dificultades provocadas por una decisión. Y es esta ilusión de querer controlar el resultado quizá la razón de la lentitud o parálisis que muchas veces “acecha” al momento de tomar decisiones.

El rol del azar

El azar, como toda interpretación, está condicionado por quien lo observa. De esta manera tendremos quien juzgando sus propios resultados, le adjudique mucha o poca importancia a la buena o mala suerte de sus decisiones y así estará poniendo afuera su poder y no se hará responsable de sus decisiones y creerá que hasta que la suerte no cambie no habrá posibilidades de alcanzar resultados efectivos.

Si adjudicamos, en las buenas o malas, los resultados a la suerte, no habrá lugar para saber o reconocer si estamos siendo asertivos o no en nuestra toma de decisiones y las elecciones se podrán volver erráticas dado que no habremos acumulado experiencia, que es un patrimonio que en algunos casos nos abre posibilidades para elegir cuál de las decisiones puede ser la más conveniente. La suerte suele ser amiga de la acción, por lo tanto si accionamos desde emociones que abren posibilidades, como por ejemplo la confianza, y distinguiendo cuál es el compromiso que tenemos al elegir, tendremos más posibilidades de alcanzar lo que estamos buscando.

Las preguntas que ayudan a definir el problema

¿Qué lo detonó? Facilita tomar los recaudos posibles para que no se vuelva a generar y nos permite no sólo definir el efecto sino también la causa que lo provocó.

¿Soy parte del problema? Nos pone como protagonistas y responsables de las decisiones que aporten a solucionar el problema. Si bien puede ser provocado por algo ajeno a nosotros, si el mismo nos afecta de alguna manera, seremos parte del problema y nos posibilita ser parte de la solución.

¿Cuándo comenzó? Nos indica el contexto en el que se disparó y nos permite ver si colaboró o no con la aparición del mismo.

-¿Necesito resolverlo solo? Salir del paradigma de no pedir ayuda facilita la resolución del problema que se nos presenta. La mirada de otra persona, que puede aportar nuevas alternativas a las encontradas por nosotros.

-¿Quiénes tienen que ver con el problema? Para la funcionalidad de la definición del problema, tendrán que ver con el problema todos aquellos que necesiten que el problema sea resuelto y no los que, por ejemplo, lo generaron.

-¿Cuáles son mis recursos? Si nos concentramos solamente en los problemas que se nos presentan, corremos el riesgo de hacer más grande la amenaza, por lo tanto preguntarnos o enumerar los propios recursos y los ajenos nos proporcionará la posibilidad de buscar dentro nuestro o en el afuera y encontrar herramientas que enfocados solo en el problema no tendrían oportunidad de aparecer. decisión puede resultar útil colocarnos en un lugar de conciencia plena, esto es saber que toda decisión puede abrir o cerrar posibilidades, que no siempre que apostamos vamos a ganar y que todo resultado, además de dejarnos un aprendizaje, estará sujeto a nuestra interpretación, que por supuesto disparará una emoción y con esta emoción nos prepararemos para la acción, cosa que algunas veces olvidamos y provocamos resultados que no queremos generar.

Otro dato que puede aliviar el peso en nuestras decisiones es el descubrir que, el querer controlar los resultados a través de las decisiones que tomamos es una ilusión, ya que los resultados se pueden proyectar, gestionar, reinterpretar, pero no se pueden controlar. No hay manera de saber de antemano cuáles pueden ser los beneficios o las dificultades provocadas por una decisión. Y es esta ilusión de querer controlar el resultado quizá la razón de la lentitud o parálisis que muchas veces “acecha” al momento de tomar decisiones.

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