Buenos Aires, 19/09/2017, edición Nº 1770

Cómo lograr que los chicos coman de forma saludable

Estrategias para los padres.

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(CABA) El momento de comer es una instancia de acuerdo social, donde se intercambia afecto, se conoce a los otros, se resumen los sucesos de la jornada, además de que se incorporan nutrientes. Aunque los padres idealizan esta rutina, no siempre es posible llevar la realidad lo que uno planea.

El primer punto es comprender que trabajar la rutina de las comidas no suele ser simple y que, además, esta es una práctica voluntaria: nadie podrá hacer comer a quien así no lo quiera. Volver a la idea de que no hay niño que muera de hambre por decisión propia también tranquiliza. Salvo indicaciones médicas, si el pequeño come poco, pero tiene buena salud, no hay de qué preocuparse.

Hay momentos donde seguir jugando es lo único que un niño quiere hacer. Cuando se establecen rutinas como en un regimiento, rápidamente se convierten en una bomba de tiempo. ¿Qué mejor que decirle a un niño “no” para que él quiera “‘? La estrategia es más útil que la orden. Con los niños funciona el modo elíptico, no el directo cuando se intenta hacer algo que claramente ellos no desean.

La rutina es una práctica repetitiva que se convierte en costumbre. No significa haya que hacerlo estrictamente de un cierto modo. La intención es que, en materia de alimentación, cada casa encuentre el modo con el que se siente más afín y que pueda, siguiendo algunas tácticas, llevarlo a cabo como guste.

Para iniciar esa marcha, cualquiera sea la rutina elegida, y hacerlo con cordura, constancia y pensando en la salud del niño y la armonía familiar, existen algunos principios aplicables:

Los que proveen lo que se come son los padres. Los productos que los chicos no deben comer, simplemente no se compran. Es muy útil evitar la prohibición (que resulta siendo seductora) e inclinarse por la carencia: si no hay, no se come, pero no se prohibe. Esta política permitirá que se tope con caramelos en el colegio e ingiera unos cuantos. En casa no hay, de modo que no se convertirá en hábito y, además, al no estar prohibido no se endiosa al producto. Finalmente, ¡qué pueden hacerle un par de caramelos de vez en cuando! Conscientes sí, fundamentalistas no.

Que los niños decidan no siempre es negativo. Hablando de ser estratégico, una buena manera de darles protagonismo sin perder control es darles dos opciones sobre las que decidir una colación, por ejemplo. Si ya se controla lo que habrá disponible, las alternativas que tenga para elegir siempre serán sugerencias que los propios padres han comprado.

El “plato limpio” es historia. Se debe comer hasta saciar el apetito y esa sensación es personal e instransferible. Que cada niño coma hasta que no desee más.  Si un niño aprende a reconocer la sensación de saciedad y a reaccionar en consecuencia, es menos probable que coma más de lo que debería.

En el caso de los niños, siempre antes es mejor. Comenzar con los hábitos alimentarios desde el principio es lo más simple, cuando él está incorporando nuevos sabores a su paladar. Cuanto más amplia la oferta, más amplio será su abanico de ingesta.

Si se resiste a comer un alimento, no presionar y reintentar en otras ocasiones es la manera más inteligente de encarar el tema. Claramente habrá productos -como a todos- que le gustarán más que otros y algunos que no querrá comer nunca. De todas formas, los nutricionistas dicen que un niño debe probar alrededor de dieciocho veces un sabor hasta incorporarlo.

Huir de los menúes infantiles. Si la crianza se intenta como aventura es mucho más divertida para todos. Entonces, ¡a aventurarse también con la comida! Instar a los niños a que prueben otros platos, incluso los de los adultos. Pedir platos en conjunto de los que todos “piquen” un poco. Apreciar las opiniones y seducir desde la oferta.

Las bebidas también son alimento. El agua es esencial para la vida (el cuerpo es 80% agua). Elegirla como fuente de hidratación básica es lo ideal. Evitar los azucarados y gaseosas. En este caso, también contemplar el prohibido prohibir. Los jugos naturales son un modo diferente de sumar nutrientes y frutas o verduras. Establecer la leche como líquido del desayuno y la merienda es esencial entre los más chicos.

Ningún alimento es premio o castigo. “Si tomás toda la sopa, comemos helado” es una de las peores estrategias porque funciona como bumerang: cada vez la sopa es más castigo y el helado más premio. La idea que construye el niño es “si me dan helado por comer sopa, la sopa debe ser muy fea“. Los alimentos deben tener igual peso y valor en cuanto a la carga apreciativa que se les dé.

¡Cocinar! Con los niños y sin ellos. Tal vez muchos padres no saben hacerlo o no pueden concretarlo a menudo por falta de tiempo. Pero de vez en cuando, planear algo que creen juntos y puedan luego probar es una manera de que los niños empiecen a tomar interés por lo que comen y a apreciar el modo en que se hace.

No amar a través de la comida. No felicitar con un plato y no regalar alimentos para mostrar afecto. Los trastornos alimentarios suelen relacionarse con la vinculación que las personas hacen entre lo que comen y sus sentimientos. Limpiar a los alimentos de carga afectiva es una manera más sana de comer. Alimentarse es cargar combustible: el auto (cuerpo) necesita andar, se le pone nafta (comida).

Ser ejemplo. Los niños copian más de lo que escuchan. Decirles frente a mostrarles tiene un valor de 1 a 10.

El momento de comer es sólo para eso. Intente que no se coma viendo televisión o haciendo la tarea. Prestar atención a lo que se hace es una forma de aprender a valorar la ingesta en sabor, cantidad y calidad.

Fuente: Clarin

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