Buenos Aires, 25/05/2017

¿Cómo llegó el gorrión a Buenos Aires?

Algunos cuentan que los trajo Sarmiento, aunque también dicen que los soltó un empresario en el Puerto durante el siglo XIX

(CABA) En Buenos Aires, la principal leyenda los incluye en la lista de inmigrantes llegados desde la zona de Alsacia. También hay otra que los referencian como provenientes de Estados Unidos y los asocian al nombre de Domingo Faustino Sarmiento. Una tercera opción habla de un barco que vino desde Liverpool. Y no faltan quienes le atribuyen el arribo junto con las carabelas de los conquistadores españoles. Por eso, si se trata de determinar desde dónde y cómo llegaron, las posibilidades pueden ser innumerables. Es que su hábitat, literalmente, incluye a todo el mundo. Lo que no deja dudas, según los que saben del tema, es su origen: lo asocian con los valles de los ríos Tigris y Éufrates, en la Mesopotamia asiática. Dicen que el desarrollo histórico de la agricultura en esas zonas influyó en su arraigo en ese lugar.

Su nombre científico es Passer domesticus domesticus, pero en el mundo se lo conoce con uno más simple: gorrión. Se trata de un ave cuyo peso promedio ronda los 30 gramos y que, ya adulto, mide entre 14 y 18 centímetros. La clave para haberse convertido en el ave más extendida en todo el planeta la atribuyen a su capacidad para adaptarse a zonas con fuertes calores o a lugares extremadamente fríos. De todas maneras su hábitat suele estar cerca de las ciudades y dentro de ellas. Eso tiene relación con su alimentación: como es muy glotón, audaz y bochinchero, suele meterse hasta en las casas para conseguir su comida. Pero en las áreas rurales eso no causa gracia. Además de rondar galpones, silos y hasta zonas portuarias (los granos son su sustento más exquisito) también picotean uvas, duraznos, peras, cerezas y hasta plantaciones de verduras tiernas.

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Sobre su llegada a Buenos Aires, la historia más difundida los relaciona con una suelta de aves que realizó en 1871 en la Plaza de Mayo el entonces Presidente Sarmiento, que incluía a cientos de gorriones traídos desde Estados Unidos, país que habitaban desde 1850. Allí los habían llevado para combatir a las orugas que afectaban los sembradíos. Sin embargo, otros atribuyen aquella llegada con el empresario Emilio Bieckert. Cuentan que unos meses antes de lo de Sarmiento el hombre había traído en barco no sólo las máquinas necesarias para instalar su fábrica de cerveza, sino también unas jaulas con gorriones originarios de Barr, su pueblo natal en la Alsacia alemana. Y como estuvo en desacuerdo con las tasas excesivas que debía pagar y los reglamentos que le imponían las autoridades de Zoonosis, abrió las jaulas y los liberó en el puerto.

La expansión se hizo en todo el país y hasta en países vecinos. Lo que ocurre es que el gorrión es un ave muy prolífica: las hembras realizan entre 4 y 5 puestas por año, con entre 3 y 6 huevos cada una. La incubación no supera los 14 días y los pichones (nacen sin plumas) son alimentados por los padres con muchos gusanos. Consiguen tener plumas rápidamente y a las dos semanas ya están en condiciones de dejar el nido. Esta proliferación influyó para que a principios del siglo XX los consideraran plaga y en 1931 se inició una campaña para destruirlos en forma total. Los acusaban de afectar las cosechas. Pero enseguida surgieron sus defensores: alegaban que los gorriones eran importantes para combatir a langostas, isocas y mariposas. Como dicen que el gorrión es inteligente para superar adversidades, cuentan que durante esa persecución se replegó en zonas menos agresivas, para volver al tiempo a sus lugares habituales.

En la Ciudad muchos los conocen como “los cabecitas negras”, expresión que también se usó despectivamente en política. Pero a los gorriones esa calificación no les hizo mella y siguieron burlándose de las trampas que les tienden y así continuaron con sus vidas de aves libres. Por eso es posible verlos moverse con sus típicos saltitos en plazas y parques o revolcándose en la tierra en sus tradicionales baños de polvo para sacarse de encima cualquier parásito. Quienes no los quieren nada los acusan de haberse adueñado del aire y afirman que por su culpa se alejaron del espacio los chingolos, los mistoles y los jilgueros que con sus sonidos musicales alegraban a los porteños. NT

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