¿Cómo fue el día que casi matan a Sarmiento?

¿Cómo fue el día que casi matan a Sarmiento?

(CABA) En la Argentina hay una amplia lista de presidentes constitucionales derrocados por alzamientos militares. También apoyados por civiles, esos hechos siempre terminaron produciendo muchos males para el país. Pero a pesar de eso, hay historiadores que se jactan de que aquí ningún mandatario fue asesinado mientras ejercía su cargo, como ocurrió en otros países, incluido Estados Unidos, al que se toma como ejemplo de democracia. Sin embargo las crónicas locales registran casos con intentos fallidos. El primero de esos casos involucró a uno de las máximas figuras de nuestra historia. Ocurrió el 23 de agosto de 1873 y para siempre la fecha quedó como el día que casi matan al presidente Domingo Faustino Sarmiento.

Por entonces, Sarmiento ya cumplía el quinto año de su mandato de seis. Y enfrentaba distintos conflictos y problemas que afectaban el desarrollo de esa gestión. Quizá el más grave era la histórica rebelión del entrerriano Ricardo López Jordán, un caudillo con fuerza política. Por su captura, el Presidente ofrecía una recompensa de 100.000 pesos. López Jordán no tenía buena prensa, algo que se acrecentó cuando ordenó el asesinato del gobernador Justo José de Urquiza y dos de sus hijos (Justo Carmelo y Waldino). El gobernador había hecho acuerdos con Sarmiento, después de la elección que ganó el sanjuanino. El crimen de Urquiza ocurrió en el Palacio San José, en la ciudad de Concepción del Uruguay. Los hijos fueron ultimados en Concordia. Dicen que en medio de ese clima surgió la idea de matar al Presidente. La investigación posterior tiene como protagonistas a los hermanos Francisco y Pedro Guerri, dos marineros italianos que estaban en Buenos Aires y sin trabajo. También aparecen Luis Casimir (se hacía llamar“Aníbal”) y Aquiles Segabrugo, a quien conocían como “El austríaco”, aunque había nacido en Milán 38 años antes. Detrás de ellos se supo que estaba la figura de Carlos Querencio, un hombre vinculado a Jordán, quien había prometido un pago de 10.000 pesos si asesinaban a Sarmiento.

En la noche de aquel 23 de agosto, los hermanos Guerri se apostaron en la esquina de las actuales Maipú y avenida Corrientes. Debían esperar la señal que les haría “Aníbal” para saber cuándo balear el carruaje en el que viajaba el Presidente. Sarmiento iba hacia la casa de Dalmacio Vélez Sarsfield (redactor del Código Civil; también ministro del Interior y amigo del sanjuanino) y no tenía ninguna custodia: sólo lo acompañaba el cochero. Los Guerri portaban dos trabucos de bronce y boca ancha. Además llevaban puñales por si los perdigones fallaban. La investigación determinó que las balas estaban impregnadas con poderosos venenos, igual que la punta de los cuchillos. Las crónicas de la época mencionan sulfato de estricnina, ácido prúsico y bicloruro de mercurio, tres potentes tóxicos.

Cuando el carruaje llegó a la esquina, los hermanos salieron de las sombras y dispararon contra la cabina. En un primer momento habían pensado en matar a los dos caballos que tiraban de la carroza y luego apuñalar al mandatario. Sin embargo cambiaron de idea. Algunos perdigones atravesaron la ventanilla y salieron por el otro lado. Pero allí ocurrió algo insólito: el trabuco que portaba Francisco Guerri estaba tan cargado que, al disparar, explotó y dañó severamente la mano del joven (tenía 22 años). Dicen que ante esto, “Aníbal” huyó. Pedro asistió a su hermano herido y se refugiaron en una casa. Pero el oficial Floro Latorre y otro agente de Policía, que estaban cerca, los vieron y los detuvieron. Al parecer Latorre tenía algún dato previo al atentado y por eso se había instalado en el lugar. “Aníbal” (Luis Casimir) fue apresado algunos días más tarde. Después supieron que “El austríaco” era Segabrugo y fueron a buscarlo a su casa en el barrio de Balvanera, pero ya había huido hacia el Uruguay. Policías que viajaron a Montevideo para detenerlo encontraron sus cosas en un hotel, pero el hombre no estaba.

Para completar esa historia llena de intrigas, los agentes se enteraron que Segabrugo había sido asesinado de tres balazos en una calle de la capital uruguaya. El crimen se lo atribuyeron a Carlos Querencio, quien nunca fue detenido. Con papeles y documentos que habían encontrado en la habitación del hotel, los policías se embarcaron hacia Buenos Aires. Pero un grupo de jordanistas se metió en el camarote antes de la zarpada y no sólo se llevaron las valijas: canjearon la vida del policía por silencio para siempre sobre lo que había visto y leído en esos documentos. El amenazado cumplió y por eso hubo cuestiones que nunca se aclararon.

El atentado falló, pero lo más sorprendente fue que Sarmiento recién se enteró de lo ocurrido cuando llegó a la casa de Vélez Sarsfield y el cochero, aún agitado por la mala experiencia vivida, contó todo sobre el ataque. El Presidente, por la avanzada sordera que lo aquejaba entonces, ni siquiera había escuchado las detonaciones de los disparos. Al otro día, hizo declaraciones sobre lo ocurrido. “Por suerte no sufrí daño corporal alguno, pero sí en mi espíritu”, dijo. Y agregó; “Hirieron la más alta investidura que puede ostentar un ciudadano de la República; se resquebrajó el respeto a la autoridad”. NT