Buenos Aires, 21/11/2017, edición Nº 1833

Cómo es vivir en Villa Devoto, un barrio con alma de pueblo

Los vecinos se conocen, las señoras barren las veredas, los hombres toman el cafecito y los perros que se pasean por las calles empedradas tienen nombre y apellido.

(CABA) Villa Devoto es un rincón porteño de cosas curiosas. Es un pueblo chico con título de barrio, donde en la pizzería céntrica las servilletas son de papel de envolver recortado y se colocan dentro de un vaso. Por allí, las señoras barren las veredas, los hombres toman el cafecito en los bares y los perros que se pasean por las calles empedradas, de frondosos árboles, tienen nombre y apellido. En el “jardín de Buenos Aires“, las casas esconden patios generosos, suelen tener más de 100 m2 y los edificios altos se cuentan con los dedos de una mano.

“Esto es Suiza, si tomamos como punto de referencia cómo se vive en el resto de Buenos Aires; no hay tantos robos y nos sorprendemos con las cosas malas que pasan en la ciudad”, dice Juan Carlos Colli, de 74 años, el diariero más popular del barrio. “Pocho”, como lo conoce la mayoría, atiende el concurrido quiosco sobre la avenida Nueva York, frente a la plaza Arenales, la principal. Que está custodiada por un descascarado colegio público (Antonio Devoto), un hospital (Abel Zubizarreta), un banco, un puñado de bares con variada oferta gastronómica y una biblioteca de lindísima arquitectura.

A la plaza se llega por las diagonales Lincoln y Fernández de Enciso, y por las avenidas Chivilcoy y Salvador María del Carril, ambas con bulevares floridos que cuidan los propios vecinos. Si algo hace diferente a Villa Devoto no es sólo su tupida y variada vegetación: es el sentir de pertenencia de quienes lo habitan.

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Llevan el nombre “Devoto” una galería, un colegio, una biblioteca, un bar, una ferretería, una mercería, una casa de depilación, una parrilla, una papelería y unos cuantos sitios más. Los vecinos se conocen, se saludan, se cuidan y se ayudan. Así lo cuentan, con mucho orgullo. “Perdoname que no me pueda quedar a conversar, pero estoy haciéndole las compras a mi vecino, que está enfermo. Estoy apuradísima”, se disculpa Irene Giorio, que arrastra una changuito con ruedas en veredas extrañamente libres de heces de perro y de basura.

Devoto tiene 596 manzanas entre las arterias Campana, Gutemberg, avenida San Martín, avenida Beiró, Joaquín V. González, Baigorria, avenida Lope de Vega, la General Paz y las vías del ferrocarril Mitre. Las habitan más de 80.000 personas, según el último censo porteño. En el podio de los vecinos famosos del barrio están los Maradona. Padres, hijos y nietos, y ahora bisnietos. Pero nunca nadie atestiguó haber visto en la plaza Arenales, por ejemplo, al astro del fútbol, Diego Armando. Él vivió mucho tiempo en La Habana y Segurola, departamento que hoy ocupa Claudia Villafañe, su ex esposa, madre de Dalma y Gianinna. “Al único que se veía mucho por los bares o por el mercado era a don Diego (fallecido el 25 de junio del año pasado); un fenómeno. Al resto, no”, cuenta Luis Javier Lariguet, de 49 años, que toma mate en la vereda de Chivilcoy y Nueva York.

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Un sitio que no descansa

El pulso barrial gira en torno de la plaza Arenales, donde está “la calesita de Tito“. Es la más antigua de la zona, inaugurada en 1938. La plaza es el único sitio donde el barrio no descansa. Los bares se llenan (se almuerza muy bien por 150 pesos) y los vecinos salen a caminar o correr con el Grupo de Entrenamiento La Deportista.

La oferta gastronómica es muy buena y variada. El Café de la Plaza es famoso por sus macarrones, además de la especialidad de comida armenia. Madres con niños que salen del Zubizarreta hacen fila para almorzar un “superpancho” en Peter’s, mientras que Pablo’s es la parrilla que recomiendan los vecinos más añosos.
Eso sí: los helados tradicionales se compran en Monte Olivia, en Fernández de Enciso al 3900. Funciona en un polo bellísimo de una cuadra, con bares y comercios, que va desde la plaza Arenales hasta la estación Devoto del tren del San Martín. Allí está el popular restó en un tren de madera reacondicionado, que no podía llamarse de otra manera que Vagón Devoto.

Al caminar por el pintoresco barrio, el visitante también podrá subirse al tren de las carencias. De las casonas de dos pisos, que cuestan más de 2000 dólares el m2 y exhiben dos o tres autos en la puerta, uno puede pasar a toparse con Juan Manuel, un muchacho de 38 años que duerme en la plaza.

Otra vez la plaza, protagonista excluyente de la vida de barrio, que hace las veces de sala de espera del elogiado hospital Zubizarreta; algunos vecinos hacen cenas a beneficio para preservarlo. También, la plaza es lugar de recreación de los más pequeños y hasta punto de encuentro de adolescentes, donde las charlas se entremezclan con el humo de los cigarrillos de marihuana.

Leonardo Fabián Colli, de 49 años, es el hijo de “Pocho”, el diariero. Él también atiende el quiosco, al igual que su hijo Franco (19). Leonardo nació en el barrio y dice que nunca se irá de allí. “Esto cambió mucho, pero en Villa Devoto siguen quedando las mismas familias. Se renuevan. Acá conservamos el saludo, la cordialidad, el apoyo entre los vecinos. Nos conocemos todos. La plaza es el mejor lugar que tiene el barrio. Todos los que vivimos acá crecimos en la plaza. Nos conocimos. Por suerte, hoy se están ocupando de cuidarla. Viene mucho al barrio Horacio Rodríguez Larreta“, cuenta Colli.

Es cierto, según confesó el jefe de gobierno porteño, la plaza Arenales es su sitio favorito. Es un pueblo chico con título de barrio; donde en las mesas de café, cada mañana, a uno de los amigos siempre le toca pagar la cuenta. NR

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Fuente: La Nación

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