Buenos Aires, 18/11/2017, edición Nº 1830

Comer en museos: opciones que combinan arte con gastronomía

Ciertos espacios de arte en Buenos Aires conviven con los que abren el juego del servicio de bar y restaurante.

(CABA) Clásicos y de vanguardia, ciertos espacios de arte en Buenos Aires conviven con los que abren el juego del servicio de bar y restaurante. La tendencia es convocar al aire libre: un relajado epílogo para un relajado merodeo cultural.

Ocupan escenarios bucólicos y de arquitecturas que los embellecen. Las apoyaturas para el café y el rito del té tienen el éxito asegurado; pero también hay lugar para la cocina más elaborada, de amplio espectro. Y en coincidencia con los horarios de visita de los museos, prácticamente todos se ciñen a la modalidad del servicio en continuado, a partir del desayuno o del mediodía. Algunos, hasta la tardecita y otros llegan a la medianoche. Bajo los árboles, al amparo de las enredaderas que tejen su trama leve de sombras, junto a un plantío de cañas, sobre un suelo de adoquines o simple pedregullo las mesas convocan.

Estilo Café
• La Abadía Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos y el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori

El conjunto edilicio (Gorostiaga y Luis M. Campos) que integran la antigua abadía de San Benito Abad y la iglesia homónima le da al barrio cierto aire de Colonia. La ciudad alemana, no la uruguaya. De ese retazo de Köhln mirado de lejos destacan las cúpulas en lo alto de la barranca, sólidas, orgullosas de estilo ecléctico. La abadía palermitana, diseñada por el presbítero y arquitecto Eleuterio González, fue residencia de los monjes benedictinos en los años 20, que la ocuparon durante su construcción y la abandonaron en la década del 70 para mudarse a Luján. La obra quedó inconclusa. En 2015 renació por gracia del mecenazgo, reconvertida en activo centro cultural especializado en el arte latinoamericano.

A La Abadía Café BA se accede por un largo sendero delimitado –en este caso, una estructura de andamios elevada– sin salirse de él. Al final aparecen la cafetería, el gran jardín, su claustro. Conviene aclararlo: la calma reinante en este ámbito de pretérita religiosidad es enemiga de cualquier urgencia. Si llegar toma su tiempo, el servicio también se toma el suyo.

Una carta muy sucinta propone –sobre la santísima trinidad que conforman lechuga, tomate y cebolla– tres variantes de hamburguesa, dos de lomito, y otro tanto de “lomito” de pollo. Trío de pizzas de mozzarella, ensalada, papas fritas, tostado de jamón y queso. Tres tipos de muffins, tres de cookies, cheesecake de frambuesa o frutos rojos, brownie, el muy argentino Rogel, medialuna y paremos de contar. La hamburguesa BA (versión de la casa de la llamada “completa”, con los aludidos vegetales básicos, bacon y cheddar), aunque pequeña es cumplidora: una dosis justa de ingredientes equilibrados y suavemente gustosa.

En el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, reducto destinado a poner en valor la producción de arte nacional desde 1938, las paredes atesoran obras de Spilimbergo, Horario Butler, Aquiles Badi, Héctor Basaldúa. Afuera, en el apacible entorno verde que enriquecen las esculturas del parque 3 de Febrero, la confitería del museo tienta a demorarse con una porción de cheese cake junto a un humeante café. Quienes van más por lo salado, tengan en cuenta la crêpe de setas (hongos), un destacado en la también breve y variada carta.

La Marca Exitosa
• Museo Nacional de Arte Decorativo, Museo de Arte Español Enrique Larreta y Museo Fortabat

Adoquines, un puñado de coquetas mesas de hierro bajo la sombra de un añoso olivo, el arrullo de la Fuente de las Tortugas, el majestuoso palacio Errázuriz Alvear de fondo, y un restaurante junto al antiguo pabellón de portería de esta elegante mansión en el que hoy funciona Croque Madame (Av. del Libertador 1902). De estilo academicista francés, fue construida en 1911 según un proyecto del arquitecto francés René Sergent para el diplomático chileno Matías Errázuriz y su esposa, Josefina de Alvear. El escenario es especial, sofisticado: en plena ciudad de Buenos Aires, convoca a elegantes mujeres con lentes ahumados, a algún millennial que supo escuchar –o leer por Whatsapp– un consejo de su abuela, a hombres de negocios que buscan evadirse por un rato hacia otro lugar.

Don Matías Errázuriz Ortúzar hizo construir este palacio para dar cabida a las obras de arte atesoradas en sus múltiples viajes como embajador de Chile. En 1937, la propiedad fue adquirida, con lo mejor de su mobiliario y decoración, por el Estado argentino y, desde 1944, es sede de la Academia Argentina de las Letras, la Academia Nacional de Bellas Artes, el Museo Nacional de Arte Decorativo, y el Museo de Arte Oriental. Es la única mansión de estilo francés de Buenos Aires abierta regularmente al público.

El restaurante funciona en la casita que ocupaba el portero, con estar y cocina en planta baja, dormitorio y baño en el primer piso. Hoy el trajín es de camareros y gorros blancos para satisfacer una sostenida demanda de woks, pastas, algunas carnes; de postres tan deliciosos como la tradicional crème brûlée, la aclamada torta bomba (marquise de chocolate, dulce de leche, crema y merengue italiano), la francesísima tarte Tatin, de peras en este caso, y de ese tentempié que se acomoda a cualquier hora del día construido con pan dorado en manteca, queso gruyère, jamón cocido y huevo a la plancha: croque madame.

Es el tentempié que le da nombre al emprendimiento gastronómico y que, hasta la fecha, tiene la concesión de otros dos importantes museos: el de Arte Español Enrique Larreta –del que es imposible irse sin dar, al menos, una vuelta por el jardín andaluz de la propiedad en la que escritor vivió– y el que alberga la Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat, más conocido como Museo Fortabat. El edificio, modernísimo, diseñado por el arquitecto uruguayo Rafael Viñoly, y el patrimonio que alberga, constituyen un hito cultural relevante de Buenos Aires. A las obras del arte argentino que abarcan del siglo XIX al presente, se añaden más de 200 obras de artistas de diversos orígenes y estilos, y objetos antiguos provenientes de Grecia y Egipto.

Con Nombre y Apellido
• Museo Evita y MALBA

Por Lafinur se ingresa al Museo Evita que, desde 26 de julio de 2002, tiene ganado su lugar en una casona palermitana de principios del siglo XX, obra del arquitecto Estanislao Pirovano. La misma fue comprada por la Fundación Eva Perón en 1948 para albergar a niños y mujeres sin hogar, y hoy “pertenece al Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Eva Perón, dependiente del ministerio de Cultura de la Nación” (sic).

La entrada al restaurante, en cambio, es por Gutiérrez (José María Gutiérrez 3926), calle a la que se abre el patio de la casa. Una escalera al fondo, el palo borracho, las pérgolas, el piso de damero: escondite encantador. Y el vecindario, que lo usa profusamente, feliz. En los fuegos se mide el chef Juan Frías, con una cocina generosa en opciones, de la que salen carnes, pastas, pescados, frutos de mar, vegetales… discretamente intervenidos por el toque de las especias y las frutas. El resultado son platos correctos, y hasta dan para ser compartidos. El pan es una tentación amasada in situ, y la marquise de chocolate, el mejor final. Un servicio amable y la buena relación calidad-precio aseguran buena parte del éxito.

El restaurante del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires está en restauración junto con el resto de las instalaciones de la planta baja del museo. En el mes de noviembre donde se encontraba el restaurante italiano Marcelo abrirá sus puertas un nuevo local de Ninina Bakery que ya tiene un local en Palermo Soho.

Inaugurado en septiembre de 2001, el MALBA atesora y exhibe unas 400 obras de artistas latinoamericanos del siglo XX a la fecha. Propiedad de Eduardo Costantini, ocupa un edificio de estilo deconstructivista realizado por los arquitectos Gastón Atelman, Alfredo Tapia y Martín Fourcade.

Más Allá de la Ciudad
Si con sol sabe a gloria, cuando llueve es mágico: no hay un alma. Y uno (o una) siente que esa maravillosa casa finisecular de 1891 le pertenece.La Villa Ocampo, una lejanía a apenas 20 km al norte de la ciudad (Elortondo 1837, Beccar -San Isidro), fue, desde sus orígenes, la residencia veraniega de la familia Ocampo. La propia Victoria Ocampo la usó como tal hasta que la convirtió en su domicilio definitivo. En 1973, la donó a la Unesco para que siguiera siendo un punto de encuentro de la cultura y sus personajes. Y en 1997, el gobierno argentino la declaró monumento histórico nacional. En la actualidad Villa Ocampo funciona como museo.

Hace un año que el servicio de restaurante está concesionado a un grupo de tres jóvenes emprendedores (entre 24 y 27 años), egresados de la OTT College. Ellos son Bruno Shigihara, Ivana Ortiz y Marco Caffarena, y tienen el privilegio de trabajar en la cocina histórica de la casa, que es hermosa, y por lo tanto muy inspiradora. Todo lo que se ofrece, desde los panes hasta los dulces, salen de esta cocina. Menos las medialunas.

El té se sirve en una galería con pisos calcáreos que mira hacia un jardín con árboles añosos, una fuente y una familia de gansos que pastorea, relajada.Hay que probar la cheesecake de maracuyá y los scones con dulces artesanales: dos opciones permanentes en la acotada carta, que cambia cada temporada. Los tés en hebras son de Inés Berton (diseñó uno que lleva el nombre de la casa) y el café, Nespresso. La cocina prioriza los productos estacionales y la calidad; siempre propone un plato con “la pesca del día”. Cobraron fama los nachos de quinoa con verde, guacamole y crema de zapallo. Y para tener muy en cuenta: de miércoles a viernes hay un rico menú al mediodía.


Fuente consultada: revistalugares

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