Buenos Aires, 25/09/2017, edición Nº 1776

Clásicos porteños: comercios que se convirtieron en símbolos barriales

Farmacias, pequeños almacenes, mercerías o panaderías que llevan décadas abiertas y son atendidas por sus propios dueños.

Por María Pagano

(CABA) En un mapa convencional de los barrios de Buenos Aires se pueden ver las avenidas y las calles que los cruzan y delimitan, las estaciones de tren o subterráneo que los atraviesan, los hospitales, las plazas y las iglesias. Lo que no salta a la vista son las redes invisibles de comercios como farmacias, pequeños almacenes o mercerías atendidos desde hace décadas por sus propios dueños -a quienes los clientes conocen por sus nombres- y que, con el transcurso de los años, se transformaron en una institución más del barrio.

Entre las 10 y las 11, los clientes se acercan a la panadería de la avenida Independencia y Combate de los Pozos, en San Cristóbal, para llevarse panes recién salidos del horno de ladrillo del fondo del local. A Máximo Maresca, el dueño de La Pompeya, lo buscan por su nombre y él se acerca al mostrador a saludar. Entre los clientes hay una vecina del barrio que vino desde Termini, el mismo pueblo de Sorrento en el que nació Máximo a fines de los 60.

panaderia

Se llevan unas figazzas que él saca de una canasta, mientras explica: “Acá no hay dos iguales; unas son más grandes, otras más tostadas, y cada uno puede elegir la que quiere. Todo se hace como antes en el campo, sin aditivos, colorantes ni pichicatas”. Quien construyó el horno y la panadería hace casi 100 años fue Julio De Riso, un inmigrante italiano de Salerno, también en la Costa Amalfitana de Italia. Máximo empezó atendiendo detrás del mostrador a principios de los 80 y hoy está a cargo de mantener la tradición familiar.

Además del horno, en la cocina hay una máquina amasadora marca Siam, de unos 50 años, y como la grisinera, de la misma antigüedad, se rompió, la masa del día para los taralli (unos aros de masa con anís) se corta con cuchillo. Al frente de la panadería se conservan los muebles y vitrinas antiguos. Gran parte de los clientes son familias y gente del barrio que van, según Máximo, “a buscar el mismo sabor que hace 80 años”. Además de pan casero, se pueden encontrar postres napolitanos típicos como pignolata, sfogliatelle o canolis.

almacen

En la tienda La Simbólica, de Carlos Calvo y Chacabuco, en San Telmo, mientras esperan a que los atiendan los clientes pueden observar la mercadería exhibida en los estantes como hace más de 60 años: frutos secos, semillas, legumbres o harinas, aceites y hasta vino en damajuana para la venta fraccionada. “No competimos con supermercados ni almacenes porque nos mantenemos en lo nuestro: los productos regionales. Tenemos antigüedad en el rubro, los clientes nos conocen. Acá pedís un kilo y te llevás «la yapa»: un kilito cincuenta, un kilito cien… Eso en un supermercado no lo tenés”, explica Salvador Graciano, el encargado del negocio.
Su hijo Facundo atiende por las tardes. Fue su madre, Aída Lela, de 74 años, la primera en trabajar en el almacén cuando La Simbólica era una cadena de 36 locales en la provincia de Buenos Aires, que fueron cerrando, hasta que ella quedó a cargo del de San Telmo. “Cuando empecé venían los borrachines de la plaza Constitución con las botellas a comprar vino suelto o el malandraje de los conventillos. Con el tiempo eso empezó a cambiar: ya no se venden garbanzos y lentejas por kilo, y vienen los hijos o los nietos de los clientes que yo atendía”, recuerda Aída.

Además de almacén, el local funciona como una pequeña farmacia casera: llega una madre y pide un pote de miel para su hija, que se despertó con dolor de garganta; otro vecino pide una hierba medicinal contra los hongos en los pies; otra clienta consulta sobre productos para hipertensos… Salvador y Facundo responden con recetas caseras y consejos.

farmacia

La tradición de las antiguas farmacias se conserva en Villa Urquiza, en la esquina de Congreso y Capdevila, a una cuadra de Triunvirato, bajo la tutela de María Teresa Pignocchi. Además de vender medicamentos, allí funciona un laboratorio y se elaboran recetas magistrales. También se conservan muebles y botellones antiguos con etiquetas en las que se lee “ungüento sauco” o “cáscara sagrada” y que pertenecieron -junto con una balanza, una caja de óptica y morteros- a la farmacia del abuelo de María Teresa, donde se hacían suturas y se preparaban perlas, supositorios y cápsulas a mano.

En Lima y San Juan, en Constitución, en las vitrinas antiguas de la mercería Elsa se exhiben gamas multicolores de hilos, lanas, cintas, elásticos, puntillas, tizas para sastre, alfileres, lentejuelas, elásticos y cierres. El dueño es Rubén Grech, sobrino de Elsa y nieto de Ricardo, que fundó la tienda en 1940. “Se sigue cosiendo como siempre porque todavía hay gente que arregla en su casa“, comenta Rubén, mientras un cliente, uno de “los de toda la vida”, le pide un arreglo.

merceria

Fuente: La Nación

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