Según la Organización Mundial de la Salud, es endémica en 21 países de América latina, entre ellos Argentina, donde hay más de un millón y medio de personas infectadas.

Actualmente no existen vacunas preventivas ni terapéuticas para el Chagas. Emilio Malchiodi, investigador superior del Conicet en el Instituto de Estudios de la Inmunidad Humoral “Profesor Ricardo A. Margni” (Idehu, Conicet-UBA) y en el Investigaciones en Microbiología y Parasitología Médica (IMPaM, Conicet-UBA), trabaja junto a su equipo desde hace más de treinta años para lograr este desarrollo. Recientemente publicaron un artículo en la revista NaturePJ-Vaccines, sobre una molécula que diseñaron que combina las características inmunogénicas –es decir, aquellas que causan inmunidad– más importantes de tres antígenos del tripanosoma.

–¿En qué consiste su investigación?

–Combinamos tres porciones de tres moléculas distintas, que son las que usa el T. cruzi para penetrar en las células. Lo que buscamos es generar no sólo anticuerpos sino también, y sobre todo, células activadas contra el patógeno.

–¿Y cómo supieron qué combinar?

–Nos basamos en estudios que demostraban que esas partes eran protectivas y por ingeniería genética las combinamos para crear una molécula única, que llamamos quimera, por esos monstruos de la mitología que se formaban con pedazos de otros monstruos y animales.

–¿Cómo se transmite el Chagas?

–La vinchuca pica a la persona dormida y luego defeca. Uno se rasca y entonces introduce el tripanosoma en los tejidos. El microbio entra en la persona por la lesión de la picadura y por el acto de rascarse.

–¿La vinchuca sólo infecta a los humanos?

–No, a cualquier mamífero.

–¿Cuáles son los síntomas?

–Depende de la fase. El Chagas tiene dos fases, la aguda y la crónica. La aguda es apenas se produce la infección. Y en general pasa inadvertida, salvo que se haga un análisis de sangre específico, porque los síntomas se confunden con los de cualquier enfermedad: un poco de fiebre, malestar general, un dolor leve y difuso…

–Claro, puede ser un resfrío…

–Claro. Entonces, a menos que se busque, no se lo detecta. ¿Sabe cuándo se detectaba la enfermedad hace cuarenta o cincuenta años?

–No.

–En la revisación para el Servicio Militar. Espero que esto no se tome como una defensa de eso, pero le cuento. Era una revisación a la que se sometía un altísimo porcentaje de la población masculina. Y se hacía el análisis para el Chagas.

–Usted habló de dos fases. ¿Cuál es la otra?

–Ahí vienen los problemas. La segunda es la fase crónica. Una vez que el T. cruzi se introduce en el cuerpo, empieza infectando la sangre, y ahí puede descubrirse con el análisis. Pero se va y empieza a colonizar otros tejidos. Ahí ya no es detectable en un análisis de sangre, sino por análisis de anticuerpos y otros. Entre una fase y la otra pueden pasar veinte, treinta años…

–¡Epa! Es un montón…

–Sí, muchísimo. El microbio se oculta en los tejidos, en las mucosas. Para cuando los síntomas son evidentes, la enfermedad ya está muy avanzada.

–¿Y qué problemas causa?

–Uno muy grave es la llamada cardiopatía chagásica, una inflamación del músculo cardíaco. Sólo aparece en la fase crónica. En la fase aguda se puede presentar el síndrome de Romagna, que es la inflamación de los párpados. Eso pasa cuando la vinchuca pica a alguien en el ojo y después se rasca, entonces el parásito se mete en la mucosa ocular.

–¿Es una enfermedad curable?

–Si se tiene la suerte de detectarla en la fase crónica, se administra Benznidazol, que en ese estadio cura. Si se la detecta en la fase crónica, no es curable. Y hay entre los especialistas una gran discusión sobre si suministrar o no Benznidazol cuando ya es crónico. No hay evidencia científica de que sirva para algo. Y además hay otro problema. Esta droga se usa desde hace más de sesenta años, ya no paga regalías. Entonces a los laboratorios no les interesa producirla.

–Ah… El Chagas como enfermedad de la pobreza…

–Exactamente. El Chagas es una de las enfermedades de la pobreza porque ataca a gente de zonas pobres, con ranchos de adobe con techos de paja… Ojo, que no siempre el adobe y la paja son para los pobres. En muchos lugares es una construcción bien ecológica, que permite mantener la frescura en climas muy calurosos. Cuando yo era chico iba mucho al campo de un tío, que era el dueño. Era un campo chiquito, pero mi tío no era pobre ni mucho menos. Y ahí yo dormía en una habitación de adobe, con techo de paja y el piso de tierra batida. Lo que quiero decirle es que el adobe y la paja eran materiales comunes y adecuados, no sólo para pobres. Aunque por supuesto ahora ya no es así.

–Y entonces el Benznidazol…

–Y nada, que no es negocio para los laboratorios producirla. Entonces hace falta que el Estado se involucre.

–Claro. Es la solución para las enfermedades de la pobreza…

–Mire, el gran Ramón Carrillo decía: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”, frase que cito en mi tesis de doctorado. El papel del Estado es fundamental.

–Volviendo a la vacuna… ¿En qué etapa están?

–Le voy a dar un panorama general, y vamos viendo cuánto falta, por qué y para qué.

–Muy bien. Tengo una vaga idea de Jenner y la enfermedad de las vacas (de ahí el nombre), de la pelea entre Salk y Sabin sobre vacunas con virus muertos y virus vivos amortiguados (buscaban vacunas contra la polio)…

–Bueno, nos vamos un poco lejos… Jenner es de 1700, más o menos, Salk y Sabin de comienzos, mediados del siglo XX… En fin, que viniendo más para acá, podemos dividir las vacunas en dos grandes grupos, las profilácticas o preventivas y las terapéuticas.

–Por el nombre, es fácil deducir las características…

–Sí, es bien obvio. En este momento, por las pruebas que hicimos en ratones de laboratorio (no la voy a aburrir describiéndolas), tenemos un prototipo de vacuna profiláctica. Pero hay muchos infectados en la Argentina y en América latina, necesitamos una vacuna terapéutica.

–Entonces están ahí nomás de…

–No se apure. Lo que falta es largo y costoso. No podemos inyectarle a una persona, así como así, algo producido en un laboratorio de investigación… Necesitamos más experimentación para la fase terapéutica. Y después que el Estado, solo o asociado con un laboratorio privado, la produzca. Hay toda una serie de medidas de seguridad que un laboratorio universitario como nosotros no podemos cumplir.

–Ajá. ¿Y de cuánto estamos hablando?

–De alrededor de 10 o 15 millones para producir la quimera. Sería una situación similar a la que permite producir muchos otros medicamentos, incluso el Benznidazol tan meneado en esta nota.

–¿Y en qué etapa están?

–Queremos probar en ratones con la enfermedad en la etapa crónica. Así vamos afinando las cosas.

–¿Quién financió la investigación hasta ahora?

–El Conicet y la Universidad de Buenos Aires.

–Esto demuestra entonces que invertir en el Conicet da resultados, aunque algunos creen que hacer ciencia en la Argentina no es redituable. Hay que invertir en la formación de los científicos y luego financiar las investigaciones. No parece un momento muy propicio…

–Sí, pero le repito, hay cosas que sólo el Estado puede hacer.

MG

FUENTE: PÁGINA 12