Buenos Aires, 21/09/2017, edición Nº 1772

Christophe Krywonis: “soy un jodido y gruñon”

A los 50 años, el chef francés, jurado de “MasterChef junior” (Telefe), analiza su perfil de “gruñón” y evoca la llegada al país, en 1989. Su tristeza por Francia.

(PBA) Ventiseis años ya desde que llegó a Las Leñas con camisa hawaiana y alpargatas (en junio). Su madre pensaba que en 1989 se vivía en dictadura, así que en su primer envío a la Argentina le mandó tres tipos de chalecos antibalas. Christophe Krywonis venía desde el Caribe y llevaba en el bolsillo 30 dólares para hacerle frente a la hiperinflación. Intentó comer una ensalada, pero hizo su bautismo de fuego argento: adentro un bife de chorizo. ¿Quién es realmente el severo jurado de MasterChef y MasterChef junior (Telefe)? ¿Cómo construye a su “malo”? ¿Qué nivel de argentinidad ha conseguido? “Soy jodido de verdad”, avisa mientras deglute un osobuco.

Hace 21 días, Christophe llegaba otra vez a Mendoza, cuando prendió el celular en la escalera del avión. Quince mensajes de voz lo anoticiaban sobre el peor atentado en la historia de Francia. Recién cuando volvió a su casa, en Buenos Aires, apoyó la valija y se desplomó. “Tuve un llanto de catarsis, de dolor. Por más que yo no sea de París, el horror pasó en mi capital. ¡Es un juego de poderosos y nosotros somos los títeres!”, juzga. “Mi mejor amigo tuvo que quedarse en su restaurante, encerrado por temor, toda la noche. Ahora el pueblo necesita paz, amor, cariño. El pueblo. El Gobierno es otra cosa. Fue como una frustración estar lejos y no poder ayudar. Da bronca que nos tomen de tontos. ¡Pienso que Francia, Estados Unidos y Rusia tienen el poder de cortarle las patas a las organizaciones terroristas. Impacta que hayan sido franceses los que hicieron los atentados. ¡Franceses que odian a Francia de una manera increíble! Hay razones que desconocemos, pero ese odio a Francia es aterrador. No puede ser que mataran a 130 personas y que al día siguiente se supiera el nombre de todos los asaltantes”.

Tiene idilio con el barrio de Belgrano, 50 años, dos hijos, dos nietos, un proyecto de restaurante (el anterior, llamado Christophe, cerró en 2009) y a “la milanga argentina” como plato de cabecera. Tiene el recuerdo de Francis Mallmann como su primer jefe y una colección de insultos ajenos porque afirmó estoico que “el asado uruguayo es mejor que el argentino”. Tuvo una infancia entre tierna y difícil: ordeñaba vacas, manejaba un tractor, mientras sus padres se separaban y la abuela (Meme Gilles) lo empujaba inconscientemente a la cocina. “Mamá estaba muy ocupada en pagar las cuentas. No paraba de trabajar. Era secretaria de la inspección académica. Con papá, chofer de transporte pesado, fue bastante caótica la relación”.

¿Vive?
Creo que sí.

¿Creo que sí?
Sufrí mucho. A los 18 años tomé la decisión y me alejé. Hasta que lo volví a ver, 20 años después. Lo busqué en el sur de Francia cuando yo tenía 38. Duró tres horas el encuentro y nunca más lo vi.

¿Qué se dijeron?
Descubrí que no era malo. Era un pobre tipo. Ahí se te va la bronca. Me encantaría volver a verlo, pero tiene que venir él. No creo que tenga los cojones para venir a verme.
¿Cómo es el proceso de construcción de un “malo” en un jurado de televisión?
Yo soy jodido de verdad. Soy así. No soy malo, pero soy jodido. No soy gritón, soy gruñón. De rezongar por lo que no va. No hay personaje construido.

¿Sos gruñón por perfeccionismo?
Sí. Yo tengo mucha paciencia, el problema es cuando la pierdo. Lo que es blanco, es blanco para mí. Y lo que es negro, negro.

¿Por qué se abusa de los nombres extravagantes para platos simples? ¿Estás alineado con esa tendencia de adornar con palabras un simple bocadito?
Siempre existió. En la última entrega de los Martín Fierro critiqué el menú por eso y se enojaron. Yo en general no lo hago. En gastronomía, en cierto rango, eso se puede aceptar. Pero un bife es un bife y un risoto, un risoto. Yo no le doy muchas vueltas.

A 26 años de tu llegada a la Argentina, ¿mantener ese acento funciona como estrategia de marketing gastronómico?
¿Estás diciendo que hablo mal el español? (se ríe). Mi acento no está buscado, pero está aprovechado. No fuerzo mi tonada. De hecho, no soy muy francés que digamos, creo. Tengo raíces polacas y no me siento muy francés cuando hablo.

¿Todavía recordás en detalle como fue tu llegada a Buenos Aires?
La tengo grabadísima. No hablaba nada de español. Si buscás en el servicio meteorológico del 1° de junio de 1989, había niebla esa mañana. Me esperaban morochos por todos lados, me recibe una azafata rubia en Buenos Aires para llevarme a Las Leñas. Me crucé como con un irlandés de barba roja. Dije: “Pucha, ¿qué pasa en este país?”. Hay de todo. La mía era una falta de conocimiento absoluto de la Argentina.

¿Pensabas que venías al fin del mundo?
No tenía prejuicio, pero sí desconocimiento. Recuerdo que había una hiperinflación grande. No quería pedir carne porque salía un huevo. Llegué con mi camisa hawaiana y se reían porque estaba cagado de frío. Cuando llegué había saqueos en Rosario. Mi mamá no me quería dejar ir. “Mamá no jodas”. Me hinchó tanto las pelotas que cuando la llamé por primera vez, desde una cabina, le hice una broma: “Mamá, tenés razón, está todo mal acá. Me van a matar”. A las semanas me llegaron a Las Leñas chalecos antibala. Cuando le aclaré que había sido un chiste, me dejó de hablar casi un año.

¿Cocinar te ayudó como arma de seducción o en definitiva es mito?
A cualquier persona ayuda. Es una ventaja grande a la hora de seducir. Antes de entrar en la televisión no tenía ese éxito con las mujeres. Es algo ligado exclusivamente a la fama. Por eso no lo tomo en serio. Es difícil. Hace un tiempo me mudé por amor a Recoleta, y a los seis meses me separé de la chica y volví a mudarme a Belgrano R por otra novia. Y me dejó, pum. No le gustaba mucho este medio a la chica. Me dicen de todo en las redes. Cosas guarangas también.

¿Comer es tu adicción?
Es la única adicción que tengo. Tuve idea de un cinturón o banda gástrica, pero no. En 2016 voy a cuidar más mi salud. Comer es la única adicción que no se puede dejar. No es pecado comer; la gula sí. Si yo tengo un problema, no voy a tomar alcohol. Voy a ir a la heladera.
¿Cómo es tu postura política en Francia?
No sé si soy de izquierda. Tengo una tendencia a la igualdad de la repartición de bienes, pero ellos, mi familia, siempre me vieron como de derecha. Me chupa un huevo la política.

¿En la Argentina también?
Me marcó mucho el discurso brillante que hizo Daniel Scioli en su derrota. Una persona tranquila. Yo decía: “Este tipo si hablaba así un mes atrás, ganaba las elecciones”. Pero bueno, lo mío es la cocina. Pasa que la velocidad del programa ha cambiado mis prioridades. Es curioso: me llaman para estar en cientos de eventos, pero muchas veces para que no cocine.

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