Buenos Aires, 20/09/2017, edición Nº 1771

Chicos de la Villa 20 ejercitan el ingenio en talleres de robótica

Cerca de 15 "mini-ingenieros" aprenden a pensar con esta iniciativa que lleva adelante Proyecto Comunidad.

(CABA) Sentados al borde de las mesas y con las manos ocupadas en los robots que están fabricando, son como mini-ingenieros que debaten qué tornillo hay que usar, para qué sirve cada cable, qué código tienen que poner en la computadora. En un momento se corta la luz, pero ellos siguen. A las 17 todavía es de día y la claridad que entra por la puerta y la ventana del centro comunitario que funciona en la casa 106 de la manzana 20 de la villa 20, en Villa Lugano, alcanza para que los ojos vean lo único que en ese momento vale la pena ver: esa pequeña criatura electrónica, extraordinaria en el sentido en que lo son las cosas que se arman desde cero y funcionan.

Cada lunes, los “mini-ingenieros” son más o menos quince: chicos y chicas de 7° grado que después de la escuela se encuentran en los talleres de robótica que Proyecto Comunidad, una asociación barrial, lleva adelante a través del programa Atalaya Sur. Ahí, durante poco más de dos horas y en equipos de cuatro o seis, se distribuyen las tareas y los roles: mientras unos programan, otros prueban tuerquitas y piezas de mecano. “Me gusta, vengo para aprender y nunca me imaginé que íbamos a hacer algo así, pensé que solamente íbamos a programar“, dice Milena con la mirada atornillada a los robots. Su madre, Myriam Díaz, destaca que desde que va a los talleres su hija incluso cambió de vocación y ya no quiere ser “doctora de animales“, como antes: “Se prendió de una. Lo interesante es que está terminando 7° grado y ahora me pidió que la anote en la nueva Escuela Técnica Universitaria de la UBA, que es de robótica y mecatrónica“. Milena sigue buscando el tornillo perfecto para encajar una barrera en la parte delantera del robot. Le dice algo a una compañera y las dos se ríen mientras se pasan una llave Allen: son chicas superpoderosas.

Como la matemática, la programación te enseña a pensar de manera lógica. Probar y, si no sale, indagar por qué está saliendo mal; tiene que ver con el desarrollo del pensamiento“, explica Celeste Irurueta, maestra y parte del equipo que está al frente de los talleres de robótica y programación. “Nosotros lo enfocamos desde un trabajo en grupo en el que cada uno tiene un rol distinto, y eso es importante porque ayuda a entender que para un proceso se necesitan diferentes momentos y diferentes tareas y que cada uno necesita hacer bien su tarea, porque si no el conjunto sale mal“.

A 600 metros de la villa 20, en Escalada y Roca, está el Barrio Néstor Kirchner, de la cooperativa de vivienda Los Bajitos. Donde antes funcionaba una radio comunitaria hoy está la “oficina técnica” de Proyecto Atalaya: de la radio quedó la antena y de esa antena sale la primera señal de Wi-Fi que llega a la villa por un sistema de radiofrecuencia diseñado por ingenieros del posgrado de Telecomunicaciones de la Universidad Tecnológica Nacional. Se trata de la primera red comunitaria de conexión inalámbrica, que hoy alcanza al centro comunitario de Proyecto Comunidad y 70 metros a la redonda.

Como todos los otros servicios públicos -la energía eléctrica, el agua, las cloacas o el gas-, el suministro de Internet también es deficitario en la villa“, advierte Francisco Scarzella, referente de la organización en el barrio. Para lograr la conectividad, los ingenieros de la UTN realizaron un estudio de factibilidad acompañados de un grupo de diez jóvenes del barrio que, una vez instalada la red, se van a encargar de hacer el soporte técnico y el mantenimiento. El estudio de factibilidad, entre otras cosas, incluyó buscar el punto adecuado en la villa hasta donde podía llegar la señal de radiofrecuencia desde la antena: un punto de visibilidad, una atalaya que permitiera “iluminar” el barrio.

La idea es que los pibes, jóvenes y adultos puedan ser no sólo consumidores, sino también productores de tecnología, de conocimiento, de cultura, de discurso, y que tengan un espacio donde mostrarlo, donde comunicarse, para demostrar que esto existe, más allá de las fronteras de la villa“, apunta Scarzella. Por eso, el tercer pilar del proyecto es una plataforma que reúne todo el trabajo de la organización en el sur de la ciudad: ahí los emprendedores pueden gestionar sus préstamos y los chicos pueden encontrar material educativo o descargarse el programa que necesitan para sus robots.

En general -explica Scarzella- los sectores populares son el último eslabón de la cadena tecnológica. Lo que transmitimos es que puede haber una apropiación de esta tecnología, que los pibes que tengan esa vocación y estudien pueden ser innovadores, pueden ser los ingenieros del futuro”.

Fuente: Emilia Erbetta en La Nación.

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