Buenos Aires, 19/11/2017, edición Nº 1831

Charly: “El arte es menos corruptible que la política”

El Maestro volvió a hablar.

Charly García cuenta que está bien y analiza el espectáculo “Líneas paralelas, artificio imposible”, que trae al Orfeo de Córdoba. Dice que no tiene una ideología precisa y que el arte es menos corruptible que la política.

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(CABA) Charly García ofrecerá el sábado en el Orfeo de Córdoba el mismo espectáculo que estrenó en el Colón y que postergó en Bogotá por un pico de tensión. Se trata de Líneas paralelas, artificio imposible, que, según él mismo, “no le rinde pleitesía a la música clásica” ni significa un “episodio sinfónico” en su obra aterciopelada y popular al mismo tiempo.
Pero primero lo primero, ¿qué tan bien está de salud? ¿Qué tanto hay que preocuparse por su estado? “No pasó nada”, asegura García desde su hogar porteño. “En todo caso, preocupate porque encontré la fórmula de ir con 200 músicos y no tocar. No pasó nada, en serio. Se empeñaron en que tenía algo y en el hospital me terminaron pidiendo miles de autógrafos. Ese fue el fin, muy cholulo todo. Muchos exámenes que no llevaban a ningún lado, porque yo me sentía fenómeno”, detalla.
-¿Vas a volver?
-Cuando baje un poco altura, cuando me manden al piso uno y no al 24, vuelvo. Me encanta Bogotá, a pesar de todas estas peripecias.
Volviendo a Líneas paralelas, artificio imposible, García espera que no se confunda su oferta con la magnificencia del rock sinfónico: “A mí me afectó positivamente ese tipo de rock, que se caracterizó por grupos grandes, con mucho teclados. Era la época ‘progresiva’, donde la música no tenía ninguna ambición comercial y los temas duraban muchísimo. Un disco podía ser un solo tema. Y todo fue grandísimo hasta que el punk fosilizó la movida y se acabó”.
“Por la propia corte, los grupos se volvieron re Luis XV. Y fue así hasta que los punks les pegaron un patadón en el culo y Rick Wakeman se tuvo que sacar la capita –complementa–. Bueno, más que eso, Líneas paralelas es una nueva forma de grupo orquestal. No le rinde pleitesía a la música clásica. Si bien en todos mis discos hay una referencia a ese mundo, en este show traté de cambiar las armonías clásicas, mayores y menores, para hacer una cosa más abierta, con armonías más fáciles, todo será más minimalista”.
-Finalmente, desististe de adaptar tu obra a los modos de una orquesta sinfónica.
-No quise trabajar con 50 músicos porque me hubiera vuelto loco. Preferí trabajar con un grupo de cuerdas al estilo de los Beatles en Sargeant Pepper. Fusionar la madera, la armonía un poco primitiva de antes del Renacimiento o del Renacimiento mismo, con la armonía eléctrica de los Beatles. Cuando una cosa está bien construida, y no tiene nada que moleste, se puede conjugar muy bien todo: los sintetizadores, el sonido orgánico de una formación de rock y la de otra de carácter más clásico. Estoy contento.
-También usás varios iPad…
-(Interrumpe) ¡¡¡Sí!!! Porque al sumar esa tecnología, que puede emular lo que quieras, a instrumentos de verdad, sólo lográs darle mayor margen a la fantasía. Y cuento con otro aspecto a favor: los músicos de formación clásica que acompañan a The Prostitution, que forman un cuerpo al que he dado en llamar Kashmir, como el tema de Zeppelin, no tienen la pretensión de esnobista de tocarse todo, ni nos miran con esa onda “ustedes no saben ejecutar”. Es más, un día nosotros le sacamos la partitura y le dijimos “ahora toquen ustedes a ver qué onda”. Y pelaron. Es gente muy armónica.
-Te iba a preguntar, a propósito de tu entusiasmo por el uso del iPad, cómo está tu relación con los adelantos tecnológicos. Y cómo fue ésta en el pasado.
-Mi relación con la tecnología siempre fue fluida, pero estuvo basada en la exploración, en tocar botones. Nunca me puse a leer los manuales. Con el iPad me pasó exactamente lo mismo. Bueno, sacale la metáfora de los botones.
-Tu historia dice que a los cuatro años ya dabas conciertos bajo la supervisión de tu profesora de piano, Julieta Sandoval. Y que en el medio de obras de Chopin metías tus propios movimientos. Ya de movida trascendías lo clásico.
-Ofrecía un concierto por año en el Conservatorio. Todo era muy pituco… De alguna manera, fui famoso desde chico, me traían flores y qué se yo. Tenía 4 años cuando empecé a estudiar. La sensación de estar frente a una página e interpretar al piano lo que tenía impreso, fue algo que me volvió loco… Pero otras partes de la música clásica que no me gustaron mucho.
-¿Cuáles?
-Las que tenían que ver con la onda cristianismo y la era victoriana, con los músicos tocando con peluca mientras en la cocina trabajaban negros esclavizados. Por eso le dediqué en “Líneas paralelas” algunos guiños a la percusión. Reproduzco una línea de Bonham para que Toño (Silva) y (Fernando) Samalea hagan un contrapunto. Quedó muy bueno el recurso. Si bien está presente en la música clásica, el ritmo no tiene en ésta la predominancia que adquiere en la música popular. ¿Por qué? Porque es de negro.
-Tu formación clásica, ¿te hizo dar pudor a la hora de componer una composición pop, simple, sin demasiadas vueltas?
-A los cuatro años estrené Para Elisa de Beethoven y, de haber seguido en esos términos, podría haberme convertido en Bruno Gelber. El tiempo me hizo dar cuenta que hacer un par de movimientos rinde más que tener buena digitación. Los Beatles hicieron el resto.
De los Beatles, el que pasó por Argentina semanas atrás fue Ringo Starr. Y como pudimos atestiguar también en el Orfeo, lo hizo con su habitual banda de notables que, entre otros, destaca al norteamericano Todd Rundgren, otra leyenda del rock que García supo asimilar. En rigor, Charly fue más allá de la mera evocación en este caso, ya que de Rundgren tomó su Influenza para adaptarla a nuestro idioma y recrearla en una versión menos pletórica de sintetizadores. Y no se quedó ahí, el disco que contiene la relectura se llama Influencia y cuando reunió a Sui Generis para la época de Sinfonía para adolescentes se animó a interpretar otro clásico de Todd: Can we still be friends.
Así que, por estos días, García tuvo en su ciudad al baterista del grupo que le cambió la vida y al músico y productor que compuso uno de las canciones que más positivamente lo afectó, además de permitirle interpretar lo que supone quedar subyugado por algo o por alguien. ¿Habrá capitalizado la cercanía? “Claro –responde Charly–. Le conté de mi admiración y de su influencia. Y nos hicimos amigos. Tanto, que me invitó a bailar un tango. Bailé un tango con Todd Rundgren. Y en un momento de la milonga llega Ringo y Todd me lo presenta. Y resulta que Ringo es buena onda también”.
-¿Te sentís un par de semejantes figuras?
-(Piensa) Sí, me siento un par, aunque sin perder de vista la relevancia de la obra de cada uno de ellos. En mi vida, sin ir más lejos, fue importantísima.
-En “Líneas paralelas, artificio imposible” recuperás piezas de “Pubis angelical”, tu banda de sonido para el filme homónimo. ¿No sentís que te quedaste corto en ese aspecto, que podrías haber hecho más músicas de películas?
-Pero las veces que me tocó, lo hice muy bien. Ya no hay directores como De la Torre, con los que puedas desarrollar los acentos dramáticos de un relato. También hice Lo que vendrá (Gustavo Mosquera), pero este trabajo fue más ambient, texturado.
-Pensaba en que sos una de las pocas celebrities que todavía no fue al Vaticano para ser bendecido por el papa argentino.
-Es demasiado tarde para bendiciones. Lo haría por la simpatía que despierta el personaje, en todo caso.
-¿Pero acaso en la cultura rock no se tiene simpatía por el demonio?
-Los tratos con Dios son más complejos. Todo bien con los Stones, pero es así como yo te lo digo.
-En los últimos tiempos, hay un debate sobre para quién tocan los músicos populares. Pero vos tocaste para el gobierno nacional, Macri te cedió el Colón, en Córdoba te presentaste para los 400 años de la UNC y para una movida de De la Sota. ¿Qué onda?
-Tengo simpatía por Cristina y Macri se portó muy bien conmigo porque me cedió el Colón para hacer esta obra para hacer esta obra que era complicada de hacer en otro lado. No tengo una ideología muy precisa… Sólo entiendo que en la corrupción es casi inevitable en la política, porque se negocia demasiado en la construcción del poder, se negocia demasiado para conseguirlo. A De La Sota ni siquiera lo conozco, pero sí sé que tengo más poder que él, porque el mundo de las artes es menos corruptible y no tuve que ganar votos o convencer a las personas para que me elijan. Toco si me convocan, y si no traiciono ninguna convicción personal.

Fuente: Diario La Voz

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