Buenos Aires, 20/11/2017, edición Nº 1832

César Aira lanza su nuevo libro “El testamento del mago Tenor”

Llegará el día que sea imposible identificar todos los libros publicados por César Aira. Su afición a que los lectores realicen una “búsqueda”, su costumbre por publicar en múltiples editoriales al mismo tiempo, su grafomanía (publica incluso más de dos novelas por año) e incluso su escaso diálogo con la prensa lo transforman en un personaje tan peculiar como su literatura. A la gran lista de textos, ahora se suma...

Llegará el día que sea imposible identificar todos los libros publicados por César Aira. Su afición a que los lectores realicen una “búsqueda”, su costumbre por publicar en múltiples editoriales al mismo tiempo, su grafomanía (publica incluso más de dos novelas por año) e incluso su escaso diálogo con la prensa lo transforman en un personaje tan peculiar como su literatura. A la gran lista de textos, ahora se suma una nueva obra, “El testamento del mago Tenor” una novela que se desarrolla íntegramente en la india y juega con la fantasía y la religión.

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(CABA) Aira sacó El testamento del mago Tenor, que empieza cuando el mago lega su último truco al Buda Eterno, una divinidad diminuta que vive en la India, a la que una empresa le maneja la obra y la imagen y que puede sufrir por falta de aire acondicionado. Casi todo pasa allá, en la India, un territorio superpoblado de colores, de olores, de cuentos, fábulas, mitos, lo que guste narrar.

Borges decía que Dios era un personaje de la literatura fantástica. En tu novela, las divinidades se forman a partir de muchos elementos, como tu literatura. ¿Tomás las religiones como relatos de diferentes corrientes literarias?

–A pesar del rechazo invencible que me produce todo lo religioso, encuentro ahí motivos de inspiración. Es tan absurdo, que es casi imposible no tejer alguna fábula. Es el surrealismo de los pobres. En realidad, es la poesía de los pobres. Además, lo tiene todo para el novelista: por el lado de la teología están las lógicas irracionales con las que yo puedo hacer un buen argumento; y por el lado del ritual, el decorado, la acción, los detalles circunstanciales.

El desorden, la suma de cosas desiguales aparecen en muchos momentos, como en la casa del Buda. ¿El desorden es una manera de construir sentidos?

–Uno de mis temas favoritos es el de la “enumeración caótica”, que si está bien hecha es el esquema más sugerente del universo. Las tengo presentes cuando escribo, no la enumeración en sí sino el modelo mental que las genera. Más que en términos de orden y desorden, lo pienso como “asimetrías”. Alguna vez, queriendo pasar por inteligente e ingenioso, dije que el arte es “la busca de bellas asimetrías”. Lo habré dicho por salir del paso, pero quizás podría ser, ¿no?

El Buda combina materiales preciosos con desechos. En lo narrativo, ¿es eso lo que hacés?

–No, trato de evitar esas alegorizaciones metaliterarias. Yo trato de contar la historia lo mejor posible, claro y conciso. O no tan conciso. Siempre que puedo decorar, decoro. Desconfío de los minimalismos tanto como de los barroquismos.

El Buda empieza a pensar que sólo importa la forma, no el contenido. ¿Sólo importa la forma? ¿Para qué se narra si no se narra algo?

–Creo que habría que volver a esos niveles intercalados que postulaba (Louis) Hjelmslev, la forma del contenido, la forma de la forma, el contenido de la forma y el contenido del contenido. No sé si aclarará algo, pero da que pensar.

En una novela ¿tiene sentido preguntar “de qué se trata”? Si lo tiene: ¿De qué se trata esta novela?

–Después de mucho pensarlo, llegué a la conclusión de que para que una novela se venda tiene que tocar un tema sobre el que valdría la pena hacer un informe periodístico. Ésa es la piedra de toque. Yo siempre la tengo en cuenta cuando elijo mis temas, para hacer lo contrario.

Fuente consultada: Clarín

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