Buenos Aires, 20/11/2017, edición Nº 1832

Calle Corrientes, del Charro a Pep

Con excepción de aquellos cuya virtud pasa por utilizar palabras para expresar una idea o una reflexión, la mayoría de los seres humanos notorios importan mucho más –y fundamentalmente– por lo que hacen y no por lo que dicen.

Por Gonzalo Bonadeo*

Gonzalo Bonadeo

Con excepción de aquellos cuya virtud pasa por utilizar palabras para expresar una idea o una reflexión, la mayoría de los seres humanos notorios importan mucho más –y fundamentalmente– por lo que hacen y no por lo que dicen.
Los tiempos que nos tocan vivir, en los que la vida es atravesada dramáticamente por medios de comunicación y, como si no fuese suficiente con ellos, redes sociales, la ecuación parece inevitablemente subvertida.

Como el planeta, sentencio que Jorge Luis Borges ha sido uno de los más maravillosos escritores de todos los tiempos, el asunto es, luego, poner en primer plano que era gorila. Francamente, algunas de sus manifestaciones lo exhiben como un ciudadano mucho más cercano a la mediocridad, a la ignorancia o a la provocación que lo que uno imagina hojeando hasta el más básico de sus apuntes. Pero es por sus apuntes que hablamos de Borges.

Como el mundo del fútbol difiere poco en armar su quinteto más glorioso, entonces diremos que Maradona es polémico y contradictorio, que Di Stéfano es cascarrabias, que Cruyff es un vanidoso sin cura, que Pelé se vendió al oro del establishment y que Messi no canta el himno. Ni el argentino ni el español.

Lo único que le falta a este cóctel de dispersión es invertir los roles y minimizar a Hegel por no haber sido atleta olímpico o a Voltaire porque no sabía cocinar ni un huevo frito.

Salvo muy honrosas excepciones, los grandes protagonistas deberían ser evaluados exclusivamente por la idoneidad con la que ejercen aquello a lo cual realmente se dedicaron. Sin ir más lejos, de ser Oyarbide un juez probo, hubiera sido circunstancial y accesorio detenerse en sus anillos de fortuna. Ellos –no Oyarbide sino los trascendentes– son excepcionales por lo que hacen; no tiene demasiado sentido vulgarizarlos entreverando aquellas miserias que los convierten en terrícolas similares a nosotros, los incapaces de sobresalir en nada. O tal vez por eso, para sentirlos menos lejos de nuestra pequeñez, es que agrandamos el guiso.

Estoy tentado en decirles que, en las próximas horas, Buenos Aires será visitada por un señor que constituye la excepción que confirma la regla. En realidad, no tengo dudas de la importancia que tienen las cosas que alguien como Pep Guardiola tiene para explicarle al mundo del deporte. Por otro lado, no debemos perder la perspectiva: difícilmente la frase más maravillosa que el ex cinco del Barcelona nos regale el jueves en el Gran Rex merezca ser comparada con su obra cumbre.

En días oscuros para Barcelona, el aire se impregna con la tentación de los mediocres y los tristes que desean que, efectivamente, aquella goleada contra Bayern Munich signifique el final de la más maravillosa historia futbolera que recuerdo. Aferrados a su mal gusto, se pararan equívocamente al costado de los resultados. Sin dar demasiados argumentos, pedirán que nos dejemos de joder con el Barça. Un Barça que, en el peor de los casos, habrá ganado Liga y habrá sido semifinalista en la Copa del Rey y en la Champions.

Aun en un mal momento, el equipo catalán logró muchos mejores resultados que los equipos favoritos de los pregoneros del fútbol nada. Si ese pregonero es argentino, ni que hablar: ¿desde qué insolencia minimizamos a Barcelona aquellos que solemos soportar un campeonato local infectado por equipos que desprecian el juego mismo? A la pasada recordemos que la Champions celebra semifinales entre equipos que, aun distintos, exhiben la voracidad, el deseo, la vocación ofensiva y la posesión como tributos sólo negociables cuando el rival lo impide. Es decir, nada que permita anunciar que quienes eventualmente puedan heredar el trono de Barcelona expresen otra cosa que un fútbol vistoso, ofensivo; fútbol de jugadores más que de técnicos.

Hay miles de razones para querer ver y escuchar a Guardiola. Casi tantas como personas agotaron las entradas; casi tantas como las personas que no tendrán el privilegio de atestiguar el más maravilloso momento relacionado con el fútbol que habrá vivido la calle Corrientes desde alguna noche en la que el Charro Moreno habrá empeñado su descanso de sábado para disfrutar de Pichuco y su orquesta.

Pep no sólo terminó de aceitar la idea de que un fútbol que, nos contaron, ya no se podía jugar aún estaba en condiciones de ser el más lindo, el mejor y el más exitoso del planeta…y tal vez de la historia. Quizás sin quererlo nos dio la posibilidad de ver en HD lo que alguna vez fue el Wunderteam, el Brasil del 70 o la Holanda de Rinus Michels. Amante de los archivos, me animo a insinuar que el Barcelona de Guardiola sublimó aquello que se animaron a inventar los húngaros de Puskas. Ver el famoso 7 a 1 de 1953 a los ingleses en Wembley es ver a Xavi, Iniesta y Messi en colores y en fast forward; muchas veces, en velocidad normal.

El de los entrenadores de fútbol es un territorio aún no debidamente abierto a las polémicas. En la Argentina, hace rato que andamos cerca de vivir en la dictadura de los técnicos; lo único que relativiza la idea es que, muy frecuentemente, el dictador es el primero que sale eyectado. Pero llevamos décadas plagados de casos en los que el señor que decide el fútbol sin jugarlo tiene la suma del poder público. Hay mucho casos, pero los más significativos del presente deben ser los de Díaz y Bianchi en River y en Boca, sin que en esta consideración se incurra en la torpeza de ignorar sus antecedentes. De todos modos, la deformación viene aun antes de que los dos Pelados fuesen futbolistas.

Probablemente detenerse en el territorio del dinero sea banalizar el asunto. Pero suele ser bueno para graficar ideas. En el fútbol de todo el mundo es frecuente que un entrenador gane más dinero que el mejor de los futbolistas del plantel. No veo la forma de justificarlo.

Salvo en el caso de Guardiola. Que, por cierto, no sé –ni me importa– cuánto más habrá ganado que Messi o cuánto más ganará que Ribery. En todo caso, cuando alguien marca a fuego la historia del fútbol y pone una idea al servicio de la estética, la honradez lúdica, el homenaje constante al juego y la eficacia como consecuencia de la armonía entre señores de pantalón corto, ya no se trata meramente de un DT sino del ideólogo del deporte hecho arte en movimiento.
Somos una legión los que tenemos motivos para querer escuchar a Guardiola. Todos y cada uno debemos tener razón en el argumento. Sin embargo, a mí me bastaría con verlo aparecer por el escenario del teatro, aplaudir y agradecerle por lo hecho.

Si después de eso, encima, tiene ganas de contarnos algo, mejor aún. Para mí, la del jueves será una tarde para dar mucho más que para recibir.

 

Publicado por Perfil.com

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