Buenos Aires, 24/09/2017, edición Nº 1775

Buenos Aires ¿Centro de poder real o mitológico?

El sentido común popular acuñó una frase más certera: “Dios atiende en Buenos Aires”. Los porteños se preguntan hoy si es realmente ventajoso que el Padre todopoderoso se asiente en su ciudad. Hay un mito hondamente arraigado acerca de la hegemonía porteña sobre el país. Quizá fue así en tiempos de Rosas, y también en los de Mitre, mientras en medio de guerras civiles se definía la organización nacional. Finalmente,...

El sentido común popular acuñó una frase más certera: “Dios atiende en Buenos Aires”. Los porteños se preguntan hoy si es realmente ventajoso que el Padre todopoderoso se asiente en su ciudad.

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Hay un mito hondamente arraigado acerca de la hegemonía porteña sobre el país. Quizá fue así en tiempos de Rosas, y también en los de Mitre, mientras en medio de guerras civiles se definía la organización nacional. Finalmente, la Constitución consagró la fórmula confederal, y no la unitaria. Desde entonces, la construcción del Estado nacional consistió inicialmente en someter y subordinar a los poderes provinciales. La última batalla se libró en 1880. Ese año la provincia de Buenos Aires fue vencida, sometida y dividida. La ciudad pasó a ser la Capital Federal, bajo la autoridad del presidente.

Casi sin excepción, se trató de presidentes provincianos. Lo fueron Sarmiento, Avellaneda, Roca, Juárez Celman y tantos otros. Fue común que utilizaran el poder estatal para derivar recursos hacia sus modestas provincias. Las coaliciones populistas posteriores tampoco simpatizaron con la ciudad, donde generalmente predominó el ánimo opositor.

Pero el mito sigue afirmando que desde Buenos Aires se dirige, y que en Buenos Aires se acumulan los beneficios. Hay una base real: la centralización creciente del poder y de los recursos. Pero el sujeto está equivocado: quien centraliza el poder es el Estado, y quien concentra los recursos es el capital. Buenos Aires es apenas el espacio urbano donde funcionan esos dos macropoderes, es decir donde atiende Dios.

Los presidentes llegan desde lejanas provincias con sus huestes. Los porteños ven el paso de los riojanos y a los santacruceños, cuyas huellas son más que evidentes. Los porteños tienen menos derechos políticos que los provincianos. Hasta hace poco, el intendente era designado por el presidente; sólo en algunos períodos lo acompañó un Concejo Deliberante votado por los porteños. El Gobierno nacional maneja la policía y los transportes. Los porteños tienen relativamente menos representación parlamentaria que la mayoría de las provincias.

Por el sistema de coparticipación fiscal, sus ingresos se transfieren hacia otras provincias. A medida que creció el Conurbano, Buenos Aires se transformó en el lugar de trabajo de gente que vive fuera de la Ciudad, que usa sus servicios y que paga sus impuestos en otro lugar. Todo sería inobjetable si fuera el resultado de decisiones basadas en el interés general. Pero no es el caso.

Hay algo que contrapesa esta subordinación de la Ciudad al poder central: la política de calles. Una huelga en cualquier ciudad afecta al gobierno provincial, pero una huelga en la Ciudad de Buenos Aires es un problema nacional. Mucho más cuando se trata de manifestaciones. Desde 1945, la Plaza de Mayo se ha convertido en el ámbito natural de la política plebiscitaria. El lugar en donde se legitiman y se derriban gobiernos. Al punto que el Gobierno nacional ha optado por vallarla. Pero esas plazas políticas no suelen estar llenas de porteños sino de habitantes del Conurbano. Las ocasiones en las que los porteños tuvieron peso propio en la política son contadas.

En 1994 la Constitución convirtió la Ciudad de Buenos Aires en una unidad política autónoma. Casi una provincia, aunque la ley Cafiero la privó de los atributos principales de la autonomía. Pero el avance del Estado nacional sobre las provincias, que ha ocurrido simultáneamente, equilibra un poco las cosas.

No tanto. Los porteños sienten en la nuca el poder del Estado nacional y sus gobernantes. Un poder cada vez más errático y una normatividad deliberadamente confusa. Los porteños alojan cada día un par de millones de transeúntes, que usan su ciudad. Ser el despacho de Dios es un privilegio. Quizás haya llegado la hora de compartirlo, aunque probablemente haya pocos postulantes.

Por Luis Alberto Romero – publicado en la versión impresa del diario Perfil

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