Buenos Aires, 26/09/2017, edición Nº 1777

Buenos Aires: 4 de cada 10 habitantes nacieron en otro lado

Así lo dice un informe de la Dirección General de Estadísticas y Censos. Poco más del 30 % vienen del exterior y la cuarta parte de los argentinos, del Conurbano.

 

(CABA) “Lo primero que me impactó fueron las avenidas: de mano única, derechitas, derechitas. Amplias, en una ciudad llana y grande”, dice Chang Ki Paik, rebautizado David, un nombre más fácil de pronunciar y recordar para los argentinos. Camina por la avenida Carabobo, a metros del barrio Rivadavia, donde los primeros coreanos se asentaron cerca de 1965, después de que la guerra partiera la península en norte y sur. Es un barrio en dos idiomas. Con marquesinas que anuncian Farmacia, Autoservicio y Dietética en imprenta y en grafías coreanas. Con hombres de rasgos asiáticos sentados a mesas de bar pasando las páginas de The Korea Times.

Chang Ki Paik nació en Corea, tiene 58 años y a los 17 aterrizó en Ezeiza junto a su mamá y tres hermanas solteras. La familia de Chang tenía las mejores recomendaciones de este punto del otro lado del mapa. “Pensábamos en Buenos Aires y pensábamos en abundancia”, dice. Las noticias locales llegaban a Seúl a través de una hermana mayor de Chang quien vivía junto a su esposo coreano en un departamento en Once. Esa fue la primera vivienda que habitó la familia, después se mudaron a los monoblock de Fuerte Apache y hacia fines de los 80, Chang se casó con una coreana, se estableció en Parque Chacabuco y tuvo dos hijos argentinos. En el medio, atravesó el desafío del trasplante cultural: aprender el idioma y conseguir un trabajo (fabricar y vender ropa). “Nos llaman generación uno y medio, la intermedia. Nuestros padres son la primera generación, nuestros hijos la segunda”.

Casi cuatro de cada diez personas viven en la Ciudad de Buenos Aires y no nacieron en ella. Poco más del 30 % son extranjeros, el resto argentinos y, de ellos, la cuarta parte viene del Conurbano. Los datos surgen de un informe de la Dirección General de Estadísticas y Censos. Está hecho sobre población de 2015 y terminó de ser procesado en marzo. Calidad educativa y sanitaria, una oferta cultural rica, mayor demanda de empleo y una historia de país con una política migratoria abierta hacen de la Ciudad un destino atractivo para los migrantes internos y externos. También para los que viven al otro lado de la General Paz o el Riachuelo.

Esteban Repollo tiene 29 años, es de Lomas de Zamora y a sus 20 hizo lo que para la mayoría de los que viven en el Conurbano es una locura: abandonar una casa con jardín y parrilla para instalarse -encerrarse- en un departamento en el Centro porteño. “Desde que tengo 14 años empecé a cruzar a Capital para salir. Mis amigos hacían lo mismo. En Lomas no había tantas opciones. Fue natural mudarme para este lado”, dice. Hoy su casa, a tres cuadras del Congreso, funciona como showroom de la marca de ropa Faker que creó junto a su socio, oriundo de Banfield, otro porteño por adopción. “En Capital -dice- hay más chance de armar un proyecto”.

Dos años atrás, el desarrollo profesional fue también el estímulo que motivó a Natalia Reichelt, de Virasoro, Corrientes, a mudarse a un departamento prestado en Palermo. Tenía 26 años, recién se había recibido de Farmacéutica en la Universidad Nacional de Misiones y no encontraba trabajo. Con su novio, metieron su vida en tres valijas y salieron rumbo a Retiro. En 15 días en la Ciudad consiguió trabajo y a los dos se les abrió la posibilidad de seguir estudiando. “Acá podés hacer una maestría o un doctorado. Esa opción en el norte del país es muy limitada”.

La Ciudad en forma histórica atrajo población externa. Las razones del magnetismo son distintas. Pero son pocos los que se establecen fuera de la precariedad. Desde 2002, cuando empezó a hacerse la Encuesta Anual de Hogares, se ve que los asentamientos son el tipo de hábitat al que recurren en mayor medida los migrantes externos. Hoy, dice el informe, en las villas se acentúa el peso de los nacidos en países limítrofes y Perú.

El barrio Charrúa, en Nueva Pompeya, primero fue un asentamiento. Hacia 1960 la zona delimitada por las avenidas Fernández de la Cruz, Bonorino y las vías del Belgrano Sur empezó a ser ocupada por bolivianos. Al principio eran tierras marcadas por hilos y estacas, la llamaban Villa Piolín. Ahora el suelo que antes parecía una hoja cuadriculada tiene asfalto y el barrio una escuela pública, un centro de atención médica, una plaza y una iglesia. También están los pasillos que entre casa y casa se abren hacia otras casas, otros frentes.

Parado en Fernández de la Cruz y Charrúa -la calle que cruza en medio el barrio y le pone nombre- está Edwin Álvarez, coreógrafo y uno de los encargados de mantener vivas las tradiciones y danzas bolivianas. Durante los 80 fue y volvió de Buenos Aires a Cochabamba junto a sus padres, hasta que a sus 18 años se estableció en forma definitiva en Charrúa, donde aún vive junto a su esposa y dos hijos argentinos. “Los primeros pobladores eran albañiles y la mayoría venía de Cochabamba. La migración de los últimos años trajo representantes de La Paz, Santa Cruz de la Sierra y Tarija. También más diversidad: médicos, frutihortícolas y agentes de turismo”, dice Álvarez. En Charrúa es normal encontrar dueños de agencias de viajes que venden paquetes turísticos a los hijos y nietos de bolivianos que jamás pisaron Bolivia. Y las fiestas tradicionales, como la que se organiza el segundo y tercer domingo de octubre en honor a la Virgen de Copacabana, no sólo son un modo de la comunidad de recordar la entrada al barrio de la primera imagen de la Virgen, sino también la manera de transmitir la historia a las generaciones nuevas de porteños con origen boliviano. Buenos Aires, una ciudad mixta.

MG

FUENTE: CLARÍN

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