Buenos Aires, 23/09/2017, edición Nº 1774

Boedo: Tolcachir, el director que no pierde de vista al barrio

Exponente del teatro.

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(CABA) Hay algo en Boedo, el barrio al que Claudio Tolcachir llegó en un recorrido “de cierto descenso económico”, según describe con humor: de Las Heras y Pueyrredón a Medrano y Díaz Vélez; de ahí al sur. “Conserva una cosa muy particular del tipo de gente, los negocios. Ferreterías antiguas, bazares o locales como La Casa del Plumero, algo que no existe en Palermo”, describe. Almuerzo en la esquina, cena en la otra cuadra, el café. “Me encanta ir a bares. De madrugada hay personajes increíbles. Vos los mirás y pensás que son patéticos, pero después te das cuenta de que estás en el mismo lugar, así que tan distintos no debemos ser”, avanza.

-Creemos que somos los únicos en el lugar del observador…

– … y somos parte de la misma pecera. Vas escuchando, conociendo historias. Uno de los trabajos que hago con mis alumnos es salir a la calle y tratar de no llamar la atención con el personaje. Ser otro, pero fluido. Y en general lo que sucede es que llaman mucho más la atención los otros, los reales, que los que están actuando. Ves hermanos de edad avanzada o madres con hijos grandes…

-Muy familiar, como la temática que explorás en tus obras…

-Personajes perdidos, ciertos lugares de marginalidad en los que me reconozco. Me la paso observando. Fui siguiendo una historia de amor entre en un plomero que conocí cuando me mudé, que era tan malo que vino solo una vez, y una chica que se sentaba en la vereda de Boedo a fumar. Primero los veía por separado. Otro día los encontré tomando un café. Otra vez estaban sentados en la vereda y él le hacía una trenza. Después iban como noviecitos, de la mano. Resulta que él murió y ella no apareció durante mucho tiempo. Nunca hablé con ellos, pero fui armando su historia con lo que veía. Es como tener un teatro acá todo el tiempo.

-Entonces, ¿qué tiene el teatro?

-Me sigue pareciendo fascinante. Es mágico. Se produce o no, y nadie sabe por qué. Todos buscamos la fórmula que hace que este actor, con este texto y esta puesta conforme algo. A veces pasa con una obra que en otro contexto no genera nada. Nunca lo tenés ganado.

Claudio no tiene recuerdos de otra cosa que quisiera hacer que no fuera teatro. Era tímido y a los 9 años ingresó al Instituto Labardén. “Estaba loco con el teatro. Después fui a estudiar con Alejandra Boero y cuando tenía 13 ó 14 me puso como su asistente en las clases”, rebobina. A los 22 se animó a dirigir y poco después empezó a armar su teatro, Timbre 4, en el patio de su casa. Con los años el espacio se convirtió en uno de los referentes de la nueva escena porteña. Además de la escuela de teatro allí se pueden ver dos de sus obras, Tercer cuerpo y Emilia .

La omisión de la familia Coleman está hasta fin de julio en el Paseo La Paza.

-La omisión… lleva diez años en cartel. Es mucho tiempo, ¿no?

-Nunca me pasó como actor y no conozco muchos casos. Era la primera vez que escribía teatro. Lo más importante es el grupo de trabajo: mis amigos de secundario y compañeros de teatro, los mismos que siguen haciendo Coleman.

-¿Qué pasa acá con el teatro?

-Una vez me preguntaron qué relación encontraba entre la cantidad de teatros y psicólogos que hay en la Ciudad. Creo que tiene que ver con que nos gusta pensarnos, evaluarnos, replantearnos. Cualquier charla de café entra rápidamente en niveles de profundidad y no sé si eso es tan normal, creo que no.

Dice también que el teatro tiene que ver con la historia. “Después de las dictaduras o situaciones de crisis se potencian esos espacios de encuentro, como el teatro. Un lugar de escape, de no sentirte solo, donde hablar. Es loco la cantidad de escuelas y grupos de espectadores que tenemos. Nos gusta ver teatro pero además nos gusta hablar de eso. Si hacés un debate después de la función, se llena”, sigue.

Así surgió Timbre 4, de la necesidad de generar un espacio cuando la crisis del 2001 cerraba puertas. “Nos inventamos algo para hacer. Ibamos a los cacerolazos y después volvíamos a pintar, armar los tachos de luces, las consolas. Nos reíamos mucho y era sano poder reírse. Fue algo necesario, natural; no me parece heroico”, cierra.

Fuente consultada: Clarín

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