Buenos Aires, 12/12/2017, edición Nº 1854

Bizarren Miusik Parti, una fiesta congelada en los años noventa

La noche porteña.

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(CABA) No se puede saber de qué material es el piso: una sábana humana lo cubre. A juzgar por cómo salta, podría haber brasas. Sin embargo, las más de dos mil personas ondulan como una masa de agua huesuda, ríen y tragan algo de la espuma que cae del techo, mientras levantan los brazos para tocar los globos enormes de colores que caen. Y cantan: Siempre yo te sigo a todas partes/ a veces yo no puedo pero quiero/ agradezco, la alegría que me das.

Dieciséis años después de ese éxito de Los Calzones, de 1997, dos mil personas de entre 25 y 35 años pagan noventa pesos para escuchar bandas one-hit wonder. Pero sobre todo, pagan por un estado de trance: un carnaval carioca del mejor casamiento al que hayan ido, sostenido durante cinco horas.

Están en una Bizarren Miusik Parti.

Es casi la medianoche de un sábado. El frente del boliche Kory Megadisco sobre la avenida Sáenz, en Pompeya, es desconcertante: hay fotos de Angus Young, Axel Rose, Tito Puente y Paul McCartney. El desconcierto crece cuando nos dicen que usualmente hay cumbia peruana y espectáculos de tango. Una vez adentro, la confusión es absoluta, maravillosa y embriagadora: a la izquierda, y sobre una especie de galería que corre a los costados de la pista de baile, hay una máquina de algodones de azúcar. A su lado, dos videojuegos de pie, de los de Sacoa; en el de Mario Bros hay cola. Lo mismo pasa con el toro mecánico que está en el piso superior, que balconea al centro del boliche. Suena Qué timidez, de Emanuel Ortega. Un Batimóvil y el auto de Meteoro compiten sobre una pista de Scalextric de cuatro metros por dos. Cerca, Sara hace lo suyo. Un minuto de masajes gratis, dice el cartel. Mientras le entierra los pulgares a un hombre recostado sobre la camilla enfundada con la bandera argentina dice que ellos van con una contractura específica, acá, acá, y las chicas van a tirarse nomás.

-Abajo hay uno disfrazado de mono, ¿lo viste? Es mi marido.

Es cierto, hay un mono en la pista. Y hay un papa y un guerrillero que saltan a la soga junto a tres chicas y juegan cinchada al tiempo que el DJ pone a Las Primas, Mejor los nenes con las nenas.

Este papa se llama Daniel, tiene 36 años, pagó 200 pesos por el disfraz -“lo elegí porque era el más barato”- y no quiere dar el apellido porque es licenciado en Administración y docente universitario. Con el guerrillero, que dice llamarse Hugo, hicieron juntos la primaria, en el colegio Cristo Obrero. Son los primeros de muchos: a la Bizarren mucha gente va disfrazada. No son disfraces de último momento, no hay cowboys con sombreros plásticos ni fantasmas de sábana vieja. Los maquillajes son complejos y es evidente la inversión: el Batman más americano que jamás hayamos visto en Buenos Aires está aquí. Tan bueno es su traje, tan Christian Bale, que no tiene orificios en las orejas; el material es tan grueso, como caucho, que sólo alcanza a decir que se llama Diego y que “no te escucho una goma”. Eso sí: los abdominales, impecables. Pero todo eso lo sabremos más tarde, cuando explote la pista y él baile La bamba al lado de una Batichica que todos los días se llama Patricia y es ginecóloga.

Sobre el escenario armado, en la pantalla gigante, hace un rato que arrancó el partido Argentina-Inglaterra de México 86. Abajo, en los camarines, Nicolás Cors, el organizador de la fiesta, charla con el cantante que abrirá en minutos la noche de los shows en vivo. De pañuelo negro anudado en la nuca, Machito Ponce -Gustavo Radaelli, Short dick man, Póntelo, pónselo- sube y canta Quiero mover el bote. El público le responde ¡Mueve! El ida y vuelta tiene la dinámica de un show infantil; hay una energía blanca.

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Cuando Machito Ponce va por la quinta canción -pasaron ya algunos minutos de la una de la madrugada-, el cantante de Tambo Tambo pide por mensaje de texto hacer su show en punto, a las 2, para poder cumplir con los cuatro restantes de la gira nocturna. Ponce cierra con La primavera (The Sacados) y la pista, ya llena, completa el estribillo: “¡La sangre altera!”. Una morocha subida a unos hombros le sonríe como si le hubiese regalado algo.

Las chicas de los copos de azúcar van por el 250 de los casi 400 que armarán durante la noche. Detrás de ellas, por el pasillo externo que lleva directo a los camarines, se escucha a Raffaella Carrà ahogada por el hormigón que separa de la fiesta, pero los gritos del público (0-3, 0-3, 4-5-6) llegan. Un hombre de traje gris con bordados negros en sus hombros camina arrastrando unas congas. Abre paso a diez trajeados idénticos que avanzan presurosos. Llegó Tambo Tambo.

***

Maradona patea un tiro libre y el arquero Peter Shilton la manda al córner. La pantalla se va a negro. Los Tambo Tambo no terminan nunca de subir: son diez en escena, pero parecen muchos más. Hay trajes por todos lados, muchos instrumentos y una pregunta -¿Qué éxitos tocaban?- que se responde enseguida con la gente gritando al primer sonido del acordeón:

Yo quiero que me toque una cumbita/Yo quiero que la baile Maribel/ Quiero ver su graciosa cinturita/ moviendo los pies/los pies, los pies.

Cumbia, nena.

Siguen Falsas promesas, Cómo te voy a olvidar. Su cumbia, la romántica de los 90, revive ahora un poco después de tres duros golpes. Primero, la crisis de 2001, luego la cumbia villera, que la desplazó y por último, el yunque en la nuca, que vino como trompada de atrás, inesperada, porque se la pegó el ajeno rock barrial: el 30 de diciembre de 2004 murieron 194 personas en el incendio del boliche Cromagnon. Esa noche, la noche también murió.

-De veintidós bailes pasamos a tener uno solo. Pasamos de 36 shows por semana a uno-, cuenta Diego Mujica, líder de Tambo Tambo. Hasta que se le buscó la vuelta, se hicieron fiestas más chicas y convocatorias por Internet.

Una semana después del desastre, el gobierno porteño había clausurado más de cien boliches y teatros, también cines y patios de comida. La ola de inspecciones llegó hasta el conurbano, donde, por ejemplo, los intendentes de San Martín y Lanús clausuraron todas las discotecas. Según reflejan las crónicas periodísticas del verano de 2005, en la costa atlántica se vendían protectores solares a la misma velocidad que se ponían fajas de clausura.

Mientras eso sucedía, Nicolás Cors, un pibe con infancia en los 80, que merendó con galletitas compradas por cuarto de kilo, visitaba los clientes de la empresa metalúrgica familiar con poquísimas ganas. Para divertirse, se armaba compilados para escuchar en su auto. Sergio Denis, Johnny Tolengo, Puma Rodríguez, Flavia Palmiero, las canciones de Lucha fuerte.

Después de musicalizar un par de fiestas para amigos, el 10 de junio de 2006 armó, finalmente, la primera Bizarren Miusik Parti. Desde entonces la fiesta sigue creciendo en Buenos Aires -hoy hay mínimo una al mes- y en Córdoba superó todo: en 2013 la hicieron en el estadio Mario Alberto Kempes -el Chateau Carreras-.

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Ahora, en Pompeya, son las dos y media de la madrugada y la boletería corta el ticket número 600, que se suma a las 1800 entradas anticipadas que se habían vendido hasta el día anterior.

Durante toda la noche pasarán tres mil personas.

***

Lía Crucet se excede a ella misma. Sentada en el camarín, debajo de un tapado de piel abierto, se adivina un traje de encaje negro, ajustadísimo. El escote es tan profundo que lo más acertado para describirlo es decir que tiene tiradores.

Mientras se escucha a lo lejos que Tambo se despide, el DJ pone Tonta y en las pantallas Shilton se insulta con un defensor, Crucet accede a charlar. A su lado están su locutor, su hijo y la Pato, “mi amiga, que me hizo transfusión cuando estuve enferma”. Falta Alex, su perro, un yorkshire terrier al que suele llevar a todos lados.

Cuenta que va a tocar seis temas, que hoy su marido se quedó descansando y que a esta gente, el público de la Bizarren, se la ve súper feliz. Me da un beso en la mejilla porque “ya está”. La entrevista terminó. Duró 2m50s. Afuera suena Te quiero tanto, de Sergio Denis, y la pista estalla en el estribillo. Batman la atraviesa del modo menos inteligente: por el medio. Bordearla habría sido lo más rápido para llegar a la galería donde están los baños y la barra. Repentinamente se frena.

¿Se conocen?

No -dice el Guasón, mientras se abrazan-. Yo vine con mi novia (La mujer maravilla) y amigos.

De espaldas al escenario, Batman no registra la pantalla principal, donde Alberto Olmedo y Jorge Porcel vestidos de farmacéuticos -una escena del film Expertos en pinchazos- secretean adrenalínicos sobre una mujer que está frente a ellos. Sergio Denis sigue cantando que la vida que le das no le alcanza, no le alcanza, y la pantalla nuevamente ennegrece. El locutor de Crucet anuncia a Crucet. Canta Salomé, sus caderas se mueven muy despacio, como batiendo en cemento. Y la rompe.

Todos piden bis. Las tres chicas con vinchas de Pájaro te amo, que esperan por el próximo show, también. Bajo uno de los ventiladores de la galería ríen como hienas mudas y desaparecen con cada trago de cerveza. Cuando beben son gemelas con rostros de baldes de plástico. Los vasos, en los que cabe un litro, son deformes. Pero qué va, en este lugar nadie está pensando en eso y, para ellas, lo mejor, está por venir.

A Karina Di Lorenzo no la conoce nadie pero la conocen todos.

-Al principio fue en joda. Después empezó a pegar y dejó de ser una segunda voz. Cuando se probaron otras cosas no funcionó: la gente esperaba el changu-changu-ué.

La corista de Vilma Palma e Vampiros tiene razón. Es la última banda en vivo de la noche y está por abrir su show con los coros de Mojada.

A dónde vas/ a dónde estás/ te busco en mi lado sin pensar/si vas de aquí, si vas de allá/corriendo por las calles sin parar.

Son las 3.45 y la pista entera salta y se esfuerza hasta mostrarle las amígdalas a Mario Gómez, el Pájaro, el cantante. Cantan muy fuerte. La discoteca es, ahora, un estadio. En lo que sería el campo, entre todos los brazos en alto, entre esos juncos de piel, hay un extraño que acompaña el rito: es el casco de un disfraz de robot de leds que cambia de azul a rojo constantemente. De aquí en más será referencia visual: del casco a la derecha está el soldado romano besándose con una chica; a la misma altura, pero en la galería de arriba se asoma Blancanieves, que es Federico Barri, cantante y empleado del gobierno de la ciudad de Buenos Aires; en línea recta, adelante, Osama Bin Laden, que en media hora se desesperará por uno de los doscientos sándwiches de bondiola que reparten. Pero eso será en un rato, ahora baila Auto rojo.

Pasan Bye, bye, Me vuelvo loco por vos, Te quiero tanto. Apenas arranca La Pachanga se arma un pogo como sólo aquí parece ser posible: nadie se lastima ni se molesta. Lejos del epicentro, pegadito al escenario, un muchacho con una bolsa de papel madera en la cabeza se filma a sí mismo.

Changu-changu-ué.

¡Gracias, hasta la próxima!

Ya no hay shows en vivo, pero la fiesta de una época continúa. Suena Mambrú con A veces. Afuera, en la puerta del boliche, el robot de led toma agua. El hombre está extenuado. Tiene el casco que pesa un kilo y pico apagado y subido como vincha, sostenido sobre la frente. Son las 5 y empieza a sonar Diosa, de Los Auténticos Decadentes.

Uno, dos, tres tragos más. Cuando parece que habrá un cuarto, entrega la botella a una rubia. Su pecho y sus piernas vuelven a encenderse. Azul. Rojo. Con la mano derecha se baja el casco. Ahora todo su cuerpo destella verde.

Y vuelve a entrar.

Fuente: La Nación

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