Buenos Aires, 22/09/2017, edición Nº 1773

Bar Oviedo: un símbolo vivo de la historia de Mataderos

Resiste a los embates del paso del tiempo y su esquina decora al pintoresco barrio de clase trabajadora de Mataderos desde hace ya más de cien años. A Héctor Aventuroso y Zulema Cañas Chaure los une algo más que una mesa y dos tazas de café. Ambos sienten un cariño especial por ese bar centenario que es todo un símbolo de Mataderos. Ella es museóloga y titular del Foro de...

Resiste a los embates del paso del tiempo y su esquina decora al pintoresco barrio de clase trabajadora de Mataderos desde hace ya más de cien años.

Bar Oviedo

A Héctor Aventuroso y Zulema Cañas Chaure los une algo más que una mesa y dos tazas de café. Ambos sienten un cariño especial por ese bar centenario que es todo un símbolo de Mataderos. Ella es museóloga y titular del Foro de la Memoria de Mataderos; y él es el propietario del Bar Oviedo, que desde 1900 se mantiene ajeno al paso del tiempo, en la tradicional esquina de Lisandro de la Torre y avenida de los Corrales. Cosas de Barrio los reunió para intentar reconstruir la historia de ese monumento de cemento, que guarda entre sus paredes la génesis de un barrio que aún hoy sigue guardando una porción de campo en el corazón de la ciudad.

Héctor tiene 60 años. Los últimos 25 los pasó detrás del mostrador del Bar Oviedo. “Mi suegro, Manuel Blanco, estuvo 53 años al frente de este bar, pero se fue enfermando y como tiene hijas mujeres, me tuve que hacer cargo yo. Empecé viniendo a ayudarlo de lunes a viernes y después ya me quedé”, cuenta quien previamente se desempeñó durante 23 años haciendo relaciones públicas en el Planetario.

Al Oviedo lo define como “un lugar autóctono y emblemático de Mataderos, al que por la mañana viene gente que trabaja en el Mercado, matarifes, consignatarios, y a la tarde más gente de la zona”. Dice que “es un bar de café. Comidas sólo trabajamos los domingos, cuando está la Feria de Mataderos. La especialidad de la casa es el sándwich de crudo y queso en pan francés”, y que hay tradiciones camperas que en pleno siglo XXI se mantienen intactas. “En invierno se sigue pidiendo caña. De hecho no es raro ver gente con atuendo gauchesco, que por otra parte, es su ropa de trabajo”.

Zulema se sumerge en la historia, y cuenta que en sus orígenes, el Oviedo –desde 2004 uno de los 73 bares notables de la Ciudad de Buenos Aires- era el Bar de los Payadores. Su fachada es de características neo-renacentistas y fue construido de mampuestos de ladrillo y revocado con molduras adosadas realizadas por maestros llegados de Italia. Todo amparado por siete leyes de protección histórica.

En realidad este edificio es del siglo XIX –subraya la museóloga-. Empezó siendo una parada de diligencias, una posta, que tenía las características de un almacén de campo. Y a partir de 1900 se transformó en un bar. Como buen almacén de ramos generales, expendía bebidas. Pero también se podía comprar desde un poncho hasta yerba o azúcar. Es decir, todo lo que los reseros que llegaban hasta acá trayendo la hacienda al Mercado, podían necesitar”. Zulema cuenta que el pie del bar, sobre la calle que entonces era de tierra, los reseros hacían fogones y contaban historias de la luz mala y de todo lo que les pasaba en el trayecto.

En 1900 lo compró la familia de don Fernando Ghío, que fue el primer concejal socialista de la parroquia San Vicente de Paul, cuando las juntas electorales se dividían en parroquias. En otras palabras, el primer concejal de Mataderos.

Para entonces, el Mercado de Hacienda –que funcionó originalmente en Parque Patricios- ya comenzaba a faenar animales en Mataderos. “El traslado del Mercado se hizo por ferrocarril. A la altura de la actual Ciudad Oculta, estaba la estación Mataderos, adonde llegaba el ganado que venía desde La Tablada. Esa estación estuvo operativa hasta la década del 30’. Cuando fue abandonada, esos terrenos fueron tomados por la villa Ciudad Oculta”, aporta la historiadora, antes de dar un sorbo de café.

La estructura del bar se conserva tal como entonces. Aunque el escenario ubicado al fondo del salón, es apenas un recuerdo de tiempos idos. “No hago más espectáculos, a excepción de actividades solidarias. Tuve malas experiencias y preferí no hacerlos más”, explica Héctor. En el primer Congreso de la Carne, desarrollado en 2010, fue la última vez que payadores volvieron a improvisar estrofas en el Bar Oviedo.

No obstante, la cultura popular sigue brotando de sus paredes gastadas. El padrino del bar es Juan Carlos Copes, otro prócer de Mataderos, que cada tanto suele acercarse a tomar un café. “Como buen bar de payadores aquí se encontraron alguna vez José Betinotti, que era socialista, y Gabino Ezeiza, que era radical. Betinotti le dedicó unas rimas a Ghio”, cuenta Zulema, y aprovecha para destacar la figura del antiguo dueño del bar, que fuera elegido tres veces concejal porteño, además de ser presidente de Nueva Chicago. “Les otorgó muchos beneficios a los trabajadores del Mercado. Montó una biblioteca en el entrepiso del bar, ubicado al fondo del local, y ahí les enseñaba a leer y escribir a los paisanos. Además les daba el desayuno gratis a los mucangueros, que eran los encargados de levantar las tripas, y entre ellos, estaba Justo Suárez, que luego fuera inmortalizado como el Torito de Mataderos”.

Entre los aportes de Ghio al barrio, figura la creación del “Centro Sección Primera Nuevos Mataderos” del partido socialista. También se ocupó de la cultura popular y formó el “Teatro Vocacional”, además de fundar uno de los primeros periódicos locales, “El Ciclón”, que trataba temas políticos, sociales, barriales, intelectuales y literarios.

Pero hay más. “Gracias a él se instaló acá el monumento al Resero”, enfatiza Zulema, y cuenta que en 1933 Alejandro Morh, ex administrador del Mercado y ex concejal, vio la escultura delante del Palais de Glace, en La Recoleta, y se dio cuenta que ese monumento tenía que estar en Mataderos. “Se lo comunicó a Ghio y este impulsó una ordenanza en el entonces Concejo Deliberante, para permitir el traslado, que se concretó el 9 de julio de 1934 y desde entonces se ubica en un lugar de privilegio del casco histórico de Mataderos”.

Héctor la escucha atentamente, y cuando Zulema concluye, apunta con voz pausada. “Se suicidó. Entró rico a la política y se fue pobre, al revés que ahora…”.

Y entre los famosos que alguna vez pisaron el Oviedo, sobresale la figura de Carlos Gardel. “Venía a buscar a Ángel Riverol, que era uno de sus guitarristas y vivía acá a la vuelta”, explica Héctor. Otros habitué eran los cantantes Ignacio Corsini y Alberto Castillo, y el recordado Virulazo, bailarín de tango como pocos, que compartió largas tardes de billar. “Saúl Ubaldini también venía, cuando trabajaba en la farmacia de la esquina, que se llamaba Antigua Corrales. Me acuerdo que mi suegro le prestó plata para que se operara la cicatriz que tenía en la cara”, evoca Héctor, antes de agregar a la marchand de arte, Teresa de Anchorena, otra asidua asistente durante su gestión como secretaria de Cultura porteña.

Pero quien sigue disfrutando de las mesas del Oviedo, es el famoso carnicero Alberto Samid. “No lo voy a juzgar –advierte Héctor- Qué sé yo… es un loco lindo que siempre fue igual, te puede salir con un martes 13 en cualquier momento”. Y Zulema agrega “escribió un libro sobre la historia del Mercado, que tiene algunas falencias en datos históricos, y yo se lo dije”.

Cada tarde en el Oviedo se juega al truco, al dominó, pero al billar ya no. “Quedó una sola mesa que la tengo abajo del escenario. Es de 1920 y está inventariada por el Gobierno de la Ciudad. Tenía tres, pero las fui sacando porque casi no se usaban y me ocupaban mucho espacio”, confiesa Héctor.

Detrás del escenario se observan los murales pintados en 2011 por Enrique Rodríguez Carbone, con motivos de tango y de fútbol. Otros de cartas y dominó adornan el frente del mostrador. Sobre los laterales se distinguen los filetes de Memo Caviglia -el fileteador de Mataderos- y al lado de una de las ventanas cuelga el cuadrito con los viejos edictos policiales.

Los palenques por sobre la antigua Tellier (hoy Lisandro de la Torre) y Nueva Chicago (hoy avenida de los Corrales) ya no están, pero entrar al Oviedo significa engañar al tiempo y al espacio, y sumergirse en una vieja pulpería de la llanura pampeana.

– ¿Se imaginan al Bar Oviedo de acá a cincuenta años?

(Héctor) Es difícil que siga existiendo, el progreso arrasa con todo. La historia y el patrimonio ya casi no se valoran. Fijate que en “Los 36 billares” hoy hay una pizzería. Al ser bar notable, durante la gestión de Ibarra el Estado me subsidió las sillas y algún mueble. Pero hoy mi competencia más grande son las estaciones de servicio ¿Cómo hago yo para competirles a YPF o a Esso? Estoy tratando de conseguir algún subsidio para lograr preservarlo, porque salvo los domingos, que se llena con los asistentes a la Feria, el resto de los días son complicados.

(Zulema) Si logramos generar conciencia en la gente, será posible conservarlo. El patrimonio es parte de nuestra identidad, y este bar es un libro de historia editado con ladrillos.

Fuente consultada: cosasdebarrioweb.com.ar

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