Buenos Aires, 21/08/2017, edición Nº 2080

Balvanera: indigentes usan el hospital Ramos Mejía como refugio

(CABA) Al cruzar el umbral, en donde está un cartel que dice Guardia, hay un escenario particular en el hospital Ramos Mejía, en Balvanera: paredes de un amarillo desteñido, papeles en el suelo y un techo que tiene goteras. Las ventanillas de atención están clausuradas y nadie sabe adónde dirigirse. “Si querés un médico, tocá la segunda puerta del pasillo“, sorprende una voz. Y agrega: “Pero tenés que esperar 20 minutos para que...

(CABA) Al cruzar el umbral, en donde está un cartel que dice Guardia, hay un escenario particular en el hospital Ramos Mejía, en Balvanera: paredes de un amarillo desteñido, papeles en el suelo y un techo que tiene goteras. Las ventanillas de atención están clausuradas y nadie sabe adónde dirigirse. “Si querés un médico, tocá la segunda puerta del pasillo“, sorprende una voz. Y agrega: “Pero tenés que esperar 20 minutos para que te atiendan, porque sólo hay uno“.

Esa voz es de una mujer de cabello cano que está sentada leyendo un diario. Sus piernas extendidas ocupan los cuatro asientos de la hilera de sillas de la sala de espera. Vive allí, en la guardia. Cada palabra la pronuncia sin levantar la mirada. Usa una pollera que deja al descubierto una gasa que cubre una herida debajo de su rodilla izquierda.

Al su lado hay unas bolsas negras que contienen almohadas, cobijas y algunas prendas de vestir. Detrás de las sillas descansan contra la pared tres cajas de cartón, desarmadas y con manchas de humedad.

Así está hoy la guardia del hospital Ramos Mejía, que desde hace años sirve como morada una decena de personas que se encuentran en situación de calle. Los sin techo ocupan los ambientes de la guardia, pasillos, salas de espera, camillas desocupadas o cualquier otro espacio que puedan utilizar como lugar de descanso.

El Ministerio de Desarrollo Social porteño aseguró que no puede trasladarlos a otros sitios porque carecen de herramientas legales para hacerlo. El mecanismo que utiliza esta área porteña para mitigar este problema es convencer a los indigentes para que accedan a un plan social y concurran a los paradores de la Ciudad.

Una parte de ellos fueron en algún momento pacientes del hospital y luego su situación de pobreza los impulsó a aferrarse a sus instalaciones. Sin embargo, los encargados de la seguridad del Ramos Mejía aseguran que ahora la mayoría de las personas que pernoctan en el hospital ya no son “ex pacientes“. Por el contrario, son jóvenes que acuden a estas instalaciones para pasar la noche. “La gente que está allí a veces se muestra agresiva y atrae mucho a la delincuencia, porque toman y se drogan. La mayoría son muchachos y ellos dicen que viven acá“, contó un agente de seguridad que se identificó como Federico.

Una de las habitantes del hospital es Paola Ramírez, de 36 años. Ella cuenta que vive en el Ramos Mejía desde hace menos de un mes y que ingresó al hospital por un “shock” emocional que sufrió luego de enterarse de que su hijo había sufrido un accidente. Después, relata, sufrió diversos robos de sus pertenencias y, sobre todo, de sus documentos. Afirma que sin ellos no tiene posibilidades de conseguir trabajo ni una vivienda.

Paola tiene ojos lánguidos y camina lentamente. Su voz es casi un susurro. “Llevo dos noches sin dormir. Cuando puedo, me acuesto donde está el cajero automático. A veces, en alguna camilla que me dan las enfermeras. Y si no, en el suelo o sentada“, cuenta, mientras vierte agua del termo en el mate.

Los trabajadores del hospital también la conocen y hasta la saludan por su nombre, como si se tratase de una colega más del trabajo. Paola asume en esta sociedad un rol maternal: aconseja a los que se sienten deprimidos y busca atención médica para quienes la necesitan.

Como una madre, confirma con tristeza y enojo que son muchos los jóvenes que consumen alcohol y drogas. “Yo les digo que no lo hagan aquí. A veces me hacen caso y se van a otro lado. Pero no todos son así; hay chicos buenos y trabajadores que no tienen donde vivir y se quedan en el hospital“, exclama utilizando la poca energía que tiene.

La Ciudad puso en marcha hace unas semanas una obra de remodelación en la fachada del Ramos Mejía. El objetivo es optimizar el ingreso al área de emergencia para que los pacientes puedan ingresar rápidamente, algo que hoy no ocurre. Además, se reubicarán el depósito de las ambulancias, los quioscos y las paradas de colectivos para beneficiar al tránsito peatonal. Los sin techo ven con preocupación estos trabajos, pues piensan que muy pronto serán desplazados.

En la noche, un grupo de diez personas ocupa la entrada del hospital. Algunos están sentados; otros caminan por el lugar, en plena vigilia. Un grupo de cuatro hombres charlan sentados en las gradas del ingreso principal mientras se pasan una botella de plástico que contiene una bebida de color naranja. En el centro entre ellos está un hombre mayor, barbudo, desaliñado, como si fuese un náufrago. Él narra una historia mientras fuma un cigarrillo echando bocanadas; los demás escuchan atentamente.

Uno de ellos es Matías Mercado, un mendocino de 23 años. Él cuenta que vive en la guardia del Ramos Mejía desde hace cinco años. Duerme sobre unos cartones que extiende en donde encuentre lugar. Durante la mañana, va a la calle a conseguir dinero limpiando parabrisas. “Los paradores son como cárceles. Tienes que dormir con un ojo abierto porque si no te roban hasta las zapatillas. Acá me siento seguro“, explica.

Para las autoridades porteñas, en cambio, los sin techo no van a los paradores porque en estos lugares rigen normas de prohibición de consumo de alcohol, además de otras normas de conducta.

Cerca de la medianoche, una pareja adulta duerme abrazada sobre un cartón, frente a la puerta principal del hospital. En la sala de espera de la guardia, una mujer mayor está sentada en una de las sillas, apoyada en un bastón; sus ojos grises parecen perdidos.

En otra silla está un hombre de 50 años, de pelo gris, que acomoda con cuidado sus prendas de vestir en una pequeña maleta de mano negra. Es que cuando salga el sol, dejará una vez más su rincón del hospital para ir a las calles con sus pertenencias a cuestas.

 

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