Baldomero y los mitos sobre su edificio de “setenta balcones”

El gran poeta de los temas cotidianos dejó varias leyendas acerca de cuál fue el edificio que originó su soneto más famoso.

(CABA) Tiene publicados más de veinte libros de poesía. Además, otros trabajos en prosa. Pero cada vez que se habla de él, todos recuerdan sólo un poema. Es aquel que comienza afirmando Setenta balcones hay en esta casa, / setenta balcones y ninguna flor. / ¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa? ¿Odian el perfume, odian el color? Considerado un símbolo del sencillismo, ese soneto pertenece a Baldomero Eugenio Otto Fernández Moreno, un hombre que nació el 15 de noviembre de 1886, en San Telmo, y que dedicó buena parte de sus 63 años en este mundo a reflejar con palabras lo cotidiano de la vida de la gente, pero con la especial visión de un poeta que sabe mirar más allá de lo que vemos todos.

Baldomero Fernández Moreno no sólo fue poeta. Recibido en 1912, fue un médico rural que trabajó entre otros lugares en Chascomús, Catriló (La Pampa) y en Huanguelén (partido de Coronel Suárez) cuando en esos sitios había más campo que ciudades. Y también ejerció en Buenos Aires, su lugar en el mundo. Justamente por ser ese su lugar, lo describió, casi como nadie, mostrando al ser humano inmerso dentro de la multitud. Es decir: dándole a la Ciudad una visión poética. Por eso tiene tanta fuerza aquello de los Setenta balcones.
Sin embargo, a pesar de su sencillismo, ese soneto siempre generó una duda: ¿cuál fue el edificio que inspiró al poeta para esa reflexión sobre una forma de vida sin perfumes ni color? La principal hipótesis de las leyendas urbanas lo ubica en la esquina noroeste de las avenidas Corrientes y Pueyrredón, una magnífica construcción academicista, pensada por los arquitectos Gastón Louis Mallet (francés) y Jacques Dunant (suizo). El edificio es de 1908 y su fachada, imponente, fue restaurada en 2011. En la planta baja estaba el café Paulista y dicen que Fernández Moreno era uno de sus habitués. Pero todo eso forma parte de la leyenda.

Otro de los edificios que se menciona como inspirador es el Femenil. Está en la avenida Rivadavia, sobre la vereda Sur del 5800, entre Puán y el pasaje Chirimay, en Caballito. Fue proyectado por el arquitecto Eustaquio Ballester. Lo construyó la Compañía General de Obras Públicas (GEOPE). También es de estilo académico francés, ocupa media manzana y, además de su planta baja, tiene ocho pisos. Se lo conoce como Edificio Femenil porque allí estaba una revista que tenía ese nombre. Empezaron a construirlo en 1927 y lo terminaron un año después. Y allí está la clave para el poema de Baldomero: el soneto de los setenta balcones fue escrito y publicado en 1917 en el libro Ciudad. Entonces, ¿cómo iba a inspirarse en un edificio que no existía cuando él lo escribió?

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También, alguna vez se dijo que el edificio inspirador fue el colegio que estaba en San Juan y Bolívar, en San Telmo, donde Fernández Moreno fue profesor. Es un edificio antiguo y muy grande. El dato parece el menos convincente de todos. Mucho más si uno se atiene a lo que dijo el propio autor en 1949, cuando en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) recibió el Gran Premio de Honor. Ese día, en su agradecimiento, el poeta habló de lo efímero de las cosas y las obras. Aludía así a que, de todos sus escritos, sólo se recordaba el soneto de los setenta balcones, cuando su trabajo era mucho más que ese poema. Y entonces, como para refrendar la poca duración de las cosas, habló del edificio inspirador, confirmando que “todo se pierde, se escabulle, se evapora”. Dijo que el edificio de los setenta balcones “ni uno más, ni uno menos” eran de una casa nueva que estaba en el Paseo de Julio (actual avenida Del Libertador) a la altura de donde se ubicaba el primitivo Parque Japonés (cerca de la avenida Callao). También afirmó que la cantidad de balcones fueron “contados en una noche esfumosa, junto con el poeta español Pedro Herreros, desde un banco de piedra”.

Baldomero Fernández Moreno murió el 7 de junio de 1950. Había tenido cinco hijos (César, Dalmira, Ariel, Manrique y Clara). El gran amor de su vida fue Dalmira del Carmen López de Osornio, oriunda de Chascomús y conocida como Negrita, con quien se casó en 1919. Quizá fue a ella a quien dedicó el Soneto de tus vísceras, una obra que en sus primeros ocho versos dice: Harto ya de alabar tu piel dorada / tus externas y muchas perfecciones / canto al jardín azul de tus pulmones / y a tu tráquea elegante y anillada. / Canto a tu masa intestinal rosada / al bazo, al páncreas, a los epiplones /al doble filtro gris de tus riñones / y a tu matriz profunda y renovada. En su momento ese texto generó una gran polémica. Pero esa es otra historia. NR

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Fuente: Clarín