Buenos Aires, 17/10/2017, edición Nº 1798

Ataúlfo Pérez Aznar: “La fotografía permite un diálogo tácito con la gente”

El gran fotógrafo platense Ataúlfo Pérez Aznar expone en la Biblioteca Nacional sus trabajos fotográficos reunidos durante 35 años.

(CABA) En las fotos de Ataúlfo Pérez Aznar, la muerte acecha. Esto es evidente, claro, ahí donde hay esqueletos y ataúdes. Pero esa huella se advierte además en imágenes tan disímiles como los retratos de turistas de Mar del Plata, los manifestantes en contra del divorcio o los devotos que se juntaban a esperar la visita del Papa Juan Pablo II a Buenos Aires. Esas fotos tienen en común el rasgo epocal, ya que muchas fueron tomadas en los ochenta. Además, están trabajadas en blanco y negro. Un ojo más perspicaz con asuntos técnicos podría agregar que son fotos en formato medio, hechas con una Hasselblad, como el mismo artista señala en unos biblioratos donde lleva un registro casi obsesivo de cada toma, narra un texto de Ivana Romero en Tiempo Argentino.

Pero si resultan inquietantes, no es sólo por esa conjunción de decisiones sino por el modo en que el ojo del fotógrafo escruta la imagen que toma, como si escarbase en una tierra opaca. De hecho, en varias imágenes aparece su propia sombra. “Es la sombra del fantasma; sombra de estas fotografías del realismo fantasmático“, ha escrito Horacio González. Como resultado, la muerte no es tragedia sino, quizás, un modo en que la vida se burla de sí misma cuando ya no queda lugar para escapar. Ataúlfo Pérez Aznar, 35 años con la fotografía reúne, justamente, el trabajo del artista platense –que además es docente, curador e investigador- en más de tres décadas. La muestra, que se puede ver en la Biblioteca Nacional hasta el 5 de junio, ocupa dos sectores: la Plaza del Lector Rayuela y el hall del tercer piso de la Sala Juan L. Ortiz.

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–Antes de la entrevista comentaste que te resulta  muy interesante la idea de exponer tus fotos al aire libre, en la Plaza del Lector. ¿Por qué?
-La fotografía me interesa porque permite un diálogo tácito con la gente. Lo mejor que puede ocurrir es que alguien que está mirando una obra –en este caso, una foto- no sienta que eso es un objeto artístico sino, sencillamente, algo que lo interpela y con lo que puede involucrarse. Por otro lado, en momentos donde los medios de comunicación y los intereses creados instalan la idea del espacio público como un lugar de peligro, de conflictos, de miedo, creo necesario reivindicar la utilización de la plaza como un lugar de encuentro, tanto íntimo como colectivo.
-En la Plaza del Lector están las series de la visita del Papa, en 1981, del Centenario de la ciudad de La Plata, en 1982 y las de la marcha contra el divorcio, de 1986. Pero también, varias fotografías que tomaste desde fines de los ochenta hasta hace poco, que tienen a los turistas de Mar del Plata como eje. En las series se advierte la sombra de la dictadura como rasgo común pero, ¿qué ocurre con esos turistas?
-En La Plata yo estaba estudiando geografía, antropología cultural e historia. De hecho, después de la democracia me recibí de geólogo. Pero durante la dictadura, con mi esposa en ese momento, la fotógrafa Helen Zout, estuvimos clandestinos unos años en Buenos Aires, viviendo en un departamento minúsculo y saliendo muy pocas veces porque no debíamos ser vistos. Ahí empecé a tomarme la fotografía más en serio aunque sólo con el tiempo se transformó en mi oficio. En esa época hicimos un viaje a Brasil, donde volví después para trabajar con imágenes de los cementerios en San Salvador de Bahía. Y es que allá podía tomar las fotos que me interesaban, algo que acá no era posible. Así que luego, en los ochenta, uno de los primeros trabajos que encaré fue el de Mar del Plata. En ese momento, la gente asociaba las fotos a las vacaciones y el turismo. Es más, el concepto de fotografía era similar al de Coca Cola y Kodak: los momentos alegres de la vida. Y yo sabía que la foto no servía sólo para eso. Lo que me interesó inicialmente era que en Mar del Plata se dan situaciones más espontáneas. La gente abandona los uniformes de su vida en la ciudad y se libera. Además, si hay algo que reivindico más allá de la fotografía es la libertad de que cada uno haga lo que se le cante. Me gusta pensar en el ser humano con sus aciertos, sus desaciertos, sus amores y sus odios. Lo que le da sentido a la palabra “vida” es justamente eso. Es lo que he intentado retratar más allá de los temas. Y en el caso de Mar del Plata, toda esa complejidad está muy expuesta.
-Cuando caminaba por la Plaza del Lector escuché a una señora que se escandalizaba por la imagen de una bañista en malla y decía “pero esa mujer parece un esqueleto”. Y es que en tu obra está muy presente la tensión entre la vida y la muerte. Pienso, por ejemplo, en lo que implica haber tomado una imagen de tu padre en el féretro, con vos y tus hijos alrededor.
-Bueno, es al día de hoy que mi hijo mayor me cuestiona esa foto. Pero yo le pongo firma a lo que digo, es mi foto, es lo que creo. Por eso aparezco en algunas fotos a través de mi sombra. Reivindico la autodeterminación del fotógrafo, su necesidad de transformar la foto en una forma expresiva antes que nada, su interés en profundizar un lenguaje que le permita decir lo que desea decir. Por otro lado, cuando ve una foto, la gente omite que detrás de la imagen que está observando hay un fotógrafo. Es decir, un sujeto activo. Entonces de alguna manera necesito decir que estoy ahí. En cuanto a la tensión de la que hablás, para mí la vida no se alcanza a dimensionar sin tener presente la muerte. No es algo que haya inventado yo: las primeras formas artísticas son de arte funerario. De lo que se trata es de profundizar la vida, de llevarla a una zona que no sea banal. Y eso entraña un riesgo, un desplazamiento, tanto de las formas de mirar como las de vivir. Por ejemplo, uno crea por amor a la vida y busca una belleza que no sea la que impone la revista Gente. Y en esa indagación, te encontrás con formas de belleza que pueden ser incómodas porque dejan en claro que la muerte está ahí, a cada paso. La muerte es parte de lo que está vivo.
-Has dicho que te interesa trabajar en un registro realista. Sin embargo, elegís el formato medio que, en general, es utilizado para fotos artísticas más que documentales.
-Pasa que el visor de la Hasselblad es de cintura y me permite sacar lo que quiero. Es decir, la gente está acostumbrada a que le apunten con la cámara delante de los ojos y a partir de ahí opta por su propia pose. A mí por el contrario, me interesa que exista una conciencia del acto fotográfico. La Hass me da tiempo de crear un contacto visual, ese instante de fuerza expresiva que debe ser preservado y que resulta de la conjunción de quien observa y de quien es observado. Lo que siempre digo es que hay que tener en cuenta que el lugar del fotógrafo se desplaza y lo termina teniendo el observador. Y el observador tiene que sentir la misma potencial visual que desprende el fotografiado. Así que el formato medio me interesa desde el punto de vista compositivo pero, también, para profundizar en ese aspecto. Esto no implica que haya una decisión mejor que otra. Para las fotos de Brasil de las que te hablé, trabajé en 35 milímetros. William Klein, Garry Winograd, Lee Friedlander son algunos de los tantos fotógrafos que demuestran que el 35 milímetros también funciona bárbaro. Porque lo importante es que cada fotógrafo encuentre su propia estética en la complementariedad de la tecnología y el lenguaje.

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