Buenos Aires, 22/11/2017, edición Nº 1834

Ángela Pradelli publica “En mi nombre”, un libro de testimonios de nietos recuperados

La escritora ganadora del premio Emecé novela, Ángela Pradelli, acaba de publicar En mi nombre, un trabajo sobre testimonios de nietos recuperados. (CABA) Los nietos que todavía no aparecieron están entre nosotros”, le dijo Manuel Gonçalves Granada a Ángela Pradelli. Y también le dijo: “Puede ser un amigo con el que compartimos tantos buenos momentos, puede ser un vecino con el que nos cruzamos en el barrio, o alguien que...

La escritora ganadora del premio Emecé novela, Ángela Pradelli, acaba de publicar En mi nombre, un trabajo sobre testimonios de nietos recuperados.

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(CABA) Los nietos que todavía no aparecieron están entre nosotros”, le dijo Manuel Gonçalves Granada a Ángela Pradelli. Y también le dijo: “Puede ser un amigo con el que compartimos tantos buenos momentos, puede ser un vecino con el que nos cruzamos en el barrio, o alguien que nos atiende en un negocio. Los nietos que todavía no encontramos están entre nosotros con identidades falsas.

Ángela Urondo Raboy afirmó: “Los bebés que fuimos secuestrados en la dictadura también fuimos víctimas directas. Qué pasó con nuestros juguetes, con la ropa que usábamos, con todas nuestras cosas. Muchos de nosotros tuvimos que empezar a hacer el duelo por las cosas que perdimos, nuestra mamá, nuestro papá, nuestro nombre. Un duelo que tiene algo de ridículo porque es tardío, a destiempo. Un duelo por todo lo que habíamos perdido pero de la que no nos habíamos enterado.

En su contundencia, estos dos testimonios dan cuenta de que el pasado y el futuro son parte constitutiva del presente. Así, el tiempo y la memoria tejen hilos, relacionan, interpretan. Es decir, construyen un relato, una narración que borra el silencio, que implanta una verdad privada y política a la vez. En esa tensión se mueven las palabras de Manuel y Ángela, a las que se suman Macarena Gelman García Iruretagoyena, Leonardo Fossati Ortega y Jorgelina Paula Molina Planas.

Pradelli escuchó, buscó una voz singular en cada uno de estos cinco relatos, escribió. El resultado es En mi nombre (historias de identidades restituidas), editado por Paidós. “Para nadie es fácil hablar de ciertas cuestiones porque se trata de volver a narrar el dolor. Pero también hay una zona de mucha alegría, que es el encuentro con la verdad. En esa zona me ubiqué para narrar estas historias“, explica Pradelli quien además ser escritora –obtuvo, entre otros, el premio Emecé de novela–, es una reconocida educadora (fue coordinadora del Plan Nacional de Lectura para la provincia de Buenos Aires, por ejemplo).

–¿Cómo surge la idea de armar este libro de testimonios, de historias personales que son muy dolorosas?
–Por combinación de dos cuestiones. La primera es que estas historias no circulan demasiado en las escuelas y es necesario revertir eso. Por eso decidí presentar este libro a Paidós, una editorial vinculada a la educación (que además publicó los títulos anteriores de Pradelli, La búsqueda del lenguaje en 2011 y El sentido de la lectura el año pasado). A eso se le suma que el robo de niños y el crecimiento bajo una identidad falsa son heridas tremendas que dejó la dictadura cívico-militar y no sé si somos tan conscientes de eso. Hubo unos 500 chicos robados. Se recuperaron 110, que son muchos, pero faltan casi 400. Como dice Manuel, que antes de recuperar su identidad estuvo con su hermano en un mismo recital sin saberlo, los nietos que faltan están entre nosotros. Puede ser el chico que carga nafta, el maestro de tu hijo, el que te atiende en el banco; están ahí, están a nuestro alrededor, sólo que ellos no lo saben y nosotros no lo sabemos. También por eso surge el libro.

–Cada historia propone un acercamiento desde un lugar singular, como si hubieses sentido la necesidad de darle a cada voz un registro propio. Pienso, por ejemplo, en la decisión de contar la historia de Ángela desde esas pesadillas recurrentes o la de Jorgelina a partir de las cartas que le enviaba su abuela a ella y a sus apropiadores. Lo señalo porque muchas veces los testimonios se presentan como una sucesión de hechos, sin indagar lo que distingue a cada uno.
–Son historias difíciles de narrar, complejas, delicadas, con múltiples situaciones que a veces quedan afuera en el editing de una nota o en el armado de un micro de televisión de quince minutos. Alguien que hace una escritura más histórica o más periodística, no necesariamente repara en ciertos detalles que a mí me parecían fundamentales. Me refiero, por ejemplo, a esas preguntas recurrentes que se hacía Leonardo sobre por qué no era parecido a nadie de su familia, antes de conocer su verdad. Al modo en que Macarena atesora los poemas de su padre (se refiere a Marcelo Ariel Gelman, hijo del poeta Juan Gelman, que también escribía poesía). E incluso, a detalles como un dibujo que encuentra Manuel hecho por su padre, cubierto completamente con tinta china donde una vez seca, había pasado una lija para revelar algunas zonas. Eso es elocuente, habla de lo que pasó, me parecía necesario contarlo. Por otro lado creo que hay un prejuicio social instalado, que incluso repite gente con la que uno se sentaría a tomar un café: esto de que las historias son todas iguales, que los chicos nacieron, los robaron, se criaron y ya. Y la verdad es que todas las historias fueron distintas; no hablo del dolor ni del sufrimiento sino que cada una tuvo pliegues muy diferentes y complejos. Es decir, asumir la verdad sobre quién es uno es una construcción. En el caso de mi escritura, no entender la historia me atraía para narrarla. Para eso fue necesario un proceso laborioso. Hacíamos un encuentro muy intenso con cada uno de quienes dan testimonio en este libro. Después escribía una primera versión y nos volvíamos a reunir para revisarla las veces que hiciera falta. Además me prestaron documentos con una generosidad increíble, como las cartas de Jorgelina. Ahí está lo que le da nuevo espesor al relato, lo que avanza en la posibilidad de decir.

–Hiciste un trabajo muy minucioso sobre los recuerdos a sabiendas de que se trata de un lugar volátil, un material poroso, incompleto…
–Una idea extendida y prejuiciosa es creer que si uno tiene memoria, recuerda siempre igual, siempre lo mismo, de la misma manera.

–Pero no es así.
–No, por el contrario, es un trabajo intenso, donde colaboran situaciones de lo más variadas: un cuaderno que aparece donde constan datos silenciados, un amigo que se acerca y cuenta “estuve con tu papá en tal circunstancia”, una anécdota que te permite reconstruir un momento de la vida de tus padres que no necesariamente tiene que ver con la militancia… todo eso habilita a que cada quien se pueda ir formando una imagen de la madre, del padre. Esas búsquedas son como tramas apretadas. A veces los hilos se abren y no se sabe qué se sostiene y qué no. De ahí la necesidad constante de seguir la búsqueda, de construir y construir constantemente la memoria.

–¿Se modificó alguna percepción tuya respecto del tema y después de trabajar sobre él y hacer el libro?
–Más que modificarse, se amplió. Este es el libro que más me enseñó a escribir. Porque lo escribí en contra de todo lo que había aprendido sobre cómo contar una historia, pero no deliberadamente. En ese sentido, fue un aprendizaje valiosísimo. Y reforcé muchas cosas que pienso sobre la memoria. Esta idea de que la memoria se enciende pero también se apaga y luego se vuelve a encender; que nunca terminamos de saber muy bien por qué ocurre eso; que a veces aquello que la hace brillar es algo mínimo pero puede ser valioso para la historia. Que siempre es necesario detenerse, pensar, volver a contar, seguir.

Fuente consultada: Infonews

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