Buenos Aires, 11/12/2017, edición Nº 1853

Andrés Calamaro recuerda sus momentos con Spinetta

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El músico rememora a Luis Alberto Spinetta y reflexiona sobre “Belgrano”, la canción tributo que abre ‘Bohemio’

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(CABA) Recuerdo cada cosa que hablamos, cada palabra que me dijo y cada abrazo que nos dimos. Lo conocí en un ensayo de Nito Mestre y Los Desconocidos de Siempre, me llevó Leo Sujatovich. Aquella tarde me pidió que le alcanzara un Parliament y le sostuviera una imponente Gibson 335. Me podría haber retirado de la música en ese momento, antes de empezar.

Esa fascinación por el Flaco todos la entendemos, y la mayoría la experimentamos. No entendemos el rock en Argentina sin Luis, como tampoco se entiende sin Pappo o sin Litto.

Algo más allá de la imponente belleza lírica de su repertorio. El mismo.

Fuimos compañeros y amigos en la música. La amistad de los músicos, que continúa cada vez que nos volvemos a ver. Podía esperarme en el estudio con mates y torta frita, para hablar de música con honestidad brutal. No regalaba un elogio jamás; es el músico menos hipócrita de la historia. En el “post Abuelos” (Vida cruel) me apoyó mucho públicamente y ofendió un poco a los fundamentalistas. “No soy el Padre Lombardero del rock”, dijo entonces. Habría que situarse en aquel contexto. Ahora mismo ni recuerdo quién era Lombardero.

Grabamos “Vi la raya” con García, Richard, Fernando, Cano y la troupe nocturna de Vida cruel. Grabamos lisérgicos en Privé los teclados de “La mirada de Freud” y “Rezo (por vos)”.

Y nos dimos nuestro último abrazo en el aeropuerto de Santiago de Chile. Alguien me dijo que me buscaba para saludarme, yo corrí medio aeropuerto y nos abrazamos largo y tendido. Sé que estaba reconciliado con mi repertorio, que le gustaba “Paloma”, y es posible que lo haya tenido en cuenta para su maratón de Bandas Eternas. Ese epitafio inexplicable. Yo estaba en Chile, en vísperas de un recital y leí que me había mencionado antes de empezar aquellas horas eternas. Me nombró entre los autores que le hubiera gustado cantar, de haber tenido tiempo… Junto a Indio Solari.

Le rendí mi silencioso tributo cenando en su restaurante preferido. Antes de irme, el sushi man me agarró del brazo y me llevó a mirar juntos una caricatura de Luis. “Se fue una gran persona”, me dijo. Y nos quedamos en silencio un rato.

Me hubiera gustado que “Belgrano” fuera un secreto, no sé por qué se coló esta noble información en la promoción del disco o entre los créditos.

Mejor si cada uno descubría al flaco -escuchando la canción- en los detalles.

Al principio me desesperé un poco, violado el secreto. Pero también es lindo que se celebre el recuerdo de Luis Alberto, ya que él fue críptico y no demasiado popular en los últimos compases del siglo pasado. Quizás él resignó un destino más popular para conservar intacto su mundo intacto. Su sociedad armónica.

Era bravo con las cuestiones musicales, tanto es así que no terminó de reconciliarse con el tango y el folclore. Ni hablar de otros subgéneros.

Ojalá no se interprete este humilde homenaje como una canción demagógica, sería espantoso. Cuando Luis Alberto se murió, no quise escribir nada urgente, ni colaborar en diarios o revistas; tampoco fui públicamente a despedirme, ni él me llamó desde su lecho. Sé que enfrentó el destino fatal con gran dignidad.

Un día estaba con mi hija en la pileta de mi rancho suburbial, miré fijamente al sol y le expliqué que ahí arriba estaba un “amigo de papá”. Y los dos lo saludamos con la mano.

Por supuesto, le dedico la canción a él y también a mí, por la importancia de sus discos en mi vida sensible. Especialmente esa genial década que abarcan las grabaciones de Almendra, Pescado Rabioso e Invisible. La “Canción para los días de la vida”, y cosas de Jade. Y quisiera ofrecérsela a Dante y a los chicos, sus hijos e hijas. A toda su familia musical y personal, que tanto lo quiso. Que estará echando tanto de menos su gran corazón.

Fuente consultada: Rolling Stones

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