Buenos Aires, 20/11/2017, edición Nº 1832

Día de la Madre: Andrea Pietra habla de su adopción de una nena haitiana

En una entrevista, la actriz cuenta en este Día tan especial cómo se convirtió en madre de Stephanie, una niña haitiana. Su vida junto a Daniel Grinbank. (Ciudad de Buenos Aires) Cada tanto, mientras rememora el largo trayecto que atravesó hasta poder cumplir su sueño de convertirse en mamá, la emoción le deja escapar unas lágrimas. Cerca de ella, su hija Stephanie, a quien adoptó en Haití cuando tenía 6...

En una entrevista, la actriz cuenta en este Día tan especial cómo se convirtió en madre de Stephanie, una niña haitiana. Su vida junto a Daniel Grinbank.

(Ciudad de Buenos Aires) Cada tanto, mientras rememora el largo trayecto que atravesó hasta poder cumplir su sueño de convertirse en mamá, la emoción le deja escapar unas lágrimas. Cerca de ella, su hija Stephanie, a quien adoptó en Haití cuando tenía 6 meses y ya tiene 2 años y medio, baila y salta vestida de Blancanieves, su princesa preferida. En realidad, la princesita es ella, llena de energía y alegría, hurgando entre los maquillajes hasta conseguir que le pongan un poco de rubor. Andrea Pietra (44) la mira feliz, la abraza y la besa. Su hija le cambió literalmente la forma de entender la maternidad.

“Adoro a los chicos y mi casa con Daniel [Grinbank, su pareja desde hace casi quince años] siempre tuvo un cuarto para mis sobrinas, que se quedan a dormir desde chiquitas y suelen venir de vacaciones con nosotros. Ellas fueron las que me abrieron la puerta a la adopción. Aunque no salieron de mi panza, siento un amor entrañable: las tengo siempre presentes”, cuenta Andrea.

–¿Cómo fue la búsqueda de un hijo propio?

–Duró mucho tiempo, hubo mucha frustración y pasé por varios tratamientos. Primero fue la búsqueda, después vino el paso más fácil, la inseminación, que me hice cuatro o cinco; y más tarde intenté tres veces con la fertilización in vitro. Ahí me planté.

–¿Por qué?

–Porque todo el proceso es muy desgastante emocional y psíquicamente. Seguramente, si me hacía siete iba a quedar embarazada, pero no podía seguir intentando. Está bueno que existan estos tratamientos, pero hay que pincharse por todos lados, quedarte quince días en estado de embarazo… Es duro. Igual, para que me cayera la ficha de la adopción, hubo una parte mía que tuvo que aprender a dejar el ego de lado.

–¿En qué sentido?

–No dudo de que debe ser increíble tener una vida adentro tuyo, pero eso solo dura nueve meses. El resto, ser mamá, es para toda la vida, así que es una pena perdérselo. Tenemos ese mandato de que por ser mujeres tenemos que poder parir, ¡como si fuera fácil! Hay sólo un 10 por ciento de probabilidades por mes de quedar embarazada. Ser madre no tiene que ver con parir un hijo sino con el oficio divino de ejercer tu rol con todo el amor que hay en tu corazón. Siempre digo que desde que llegó Stephie yo me siento cada vez más feliz. Vamos juntas a todos lados porque con ella todo es más lindo.

–¿Por qué decidiste adoptar en Haití y no en Buenos Aires?

–Se dio así. Un día un amigo me habló de alguien que había adoptado allá. Me pasó los datos y dejé el tema en el freezer por un año, hasta le pasé los datos a una amiga, que adoptó antes que yo. Finalmente, un día llamé y arranqué el trámite.

–¿Daniel estuvo de acuerdo desde un principio? El ya tiene un hijo.

–Sí, de 27 años. El quería tener un hijo conmigo y yo con él, así que en todo lo que hicimos estuvimos de acuerdo porque los tratamientos son muy invasivos para la pareja: ahora sí, ahora no, esto se junta, esto no se junta, hay técnicas que cumplir con horarios y maneras… Pero hubo un momento en que no quise exponer más mi cuerpo ni a mi pareja. El siguiente paso era la ovodonación, que me parece muy válida, pero evalué que hay un montón de chicos ya nacidos esperando unos padres que los quieran. Acá también me ayudó muchísimo mi directora de tratamiento, me hizo ver que ser madre es serlo de un bebé, más allá de si estuvo en tu panza o no. La mamá de Claudio Tolcachir, que es una inmunóloga de fertilidad, también me habló mucho de la adopción. Todo me fue llevando. A veces me pregunto por qué no habré sido más sabia para adoptar antes.

–¿Y qué te contestás?

–Cada uno tiene un camino que recorrer. Este fue el mío. Y me llevó a ser la mamá de Stephanie, que es lo más lindo que me pasó en la vida. Vivo con un hombre que tuvo un hijo de otra manera y las cosas que siente con su hija no son diferentes. [Llora.] Mi sobrina más chica me dijo que si yo podía ser la mamá de Stephie, ellas podían ser las hermanas. Mi mamá murió en 2001 y yo siempre quise tener una nena y llamarla como ella, Ana. Llegó Stephanie, con su nombre, que nunca se lo hubiese cambiado, y cuando empezó a hablar se hizo llamar Ani, y ahora todo el mundo piensa que se llama Ana. Yo tampoco elegí que me dieran una mujer, y vino esta nena preciosa. Todo se dio de manera soñada.

–¿Cómo fue el trámite?

–Igual que como se hace acá, pero tuvo que firmar la Cancillería, tuve todos los controles, vinieron a mi casa, fui al Tribunal de Faltas, revisaron nuestros bienes, todo. Cuando nos asignaron a Stephanie yo estaba haciendo en teatro Agosto. Daniel viajó a conocerla porque había que esperar a que estuvieran los papeles y yo sabía que si iba me resultaría imposible volver sin mi hija. Allá dormían en el piso, no había agua potable, ni luz… Daniel viajó unas quince veces y la última fue un mes: la cambiaba, la dormía, le daba de comer… El primer día me llamó y me repetía: “La tengo en mis brazos”. Y cada vuelta a casa venía desgarrado. Siempre digo que fue un embarazo juntos. Yo me hice todos los tratamientos posibles y el hizo todo el post, hasta que salieron los papeles. Desde hace dos semanas, Stephanie es también argentina.

–¿Cómo fue la llegada a casa?

–Fue un 29 de septiembre. La noche previa llené la casa de globos y carteles. Llegaron a las 4.30 y ella dormía. Cuando la tuve en mis brazos, morí de amor y sentí que fluí como madre. Ella abrió sus ojitos, me sonrió como si me reconociera, y volvió a dormirse. Una vez en casa, parecía que hubiese vivido acá toda la vida.

–¿Cómo la ves ahora?

–Feliz, alegre. Tiene una gran personalidad y va a un jardín musical que es un flash. Lloré como loca el día que volví a trabajar, a pesar de que opté por el teatro para que fueran menos horas. Nos encanta jugar juntas, pasear, ir al teatro. Dani es un papá muy presente, permisivo total. Y tienen sus rituales, como bañarla y buscarla en el Jardín.

–¿Ya le contaste sobre su adopción?

–No, le voy a ir dando información a medida que me la pida. Sí le hablé de su color de piel, ella me sacó el tema jugando con un bebito negro que dice que es ella de chiquita. Además, en la calle a veces alguno le dice: “Esa nena es negra”. Stephie se da cuenta si los comentarios son negativos por los tonos de voz y me pregunta si están enojados con ella. Yo le digo que es mucho más linda que todos juntos. Y así lo siento.

–¿Te da miedo que la discriminen?

–Ningún padre quiere que su hijo sufra. El otro día íbamos por la calle y una señora me preguntó: ¿es así? Yo le respondí: “No, la pinté entera”. Hay gente que le molesta la diferencia, pero hay mucha que la celebra. Apoyaremos la parte que celebra y la fortaleceremos. Y si no, se tendrán que encontrar conmigo. [Se ríe.]

–¿Adoptarías otro?

–No lo descarto. Pero el proceso de adopción es angustiante y siempre va a tener prioridad quien no tenga hijos. En Argentina no hay tantos chicos adoptables, porque tienen que estar judicializados. Pero sí hay chicos en orfanatos donde no hay suficiente gente para mimarlos. Debería poder agilizarse todo. A veces se espera que aparezca alguien de su vínculo biológico, pero no siempre tienen ganas de ser padres. Y eso también hay que entenderlo, tanto como que hay quienes los violan o golpean. La gente me cuenta en la calle sus experiencias. Les digo: si tu cuerpo y la medicina no ayudan hay que trascenderlo, uno puede ser mamá de muchas maneras. El miedo se pasa cuando te ponen en brazos al bebé. Así tengo una hija dulce, cariñosa, llena de gente que la adora. Esto es una bola de amor que no para.

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