Buenos Aires, 17/12/2017, edición Nº 1859

Alvear, la avenida más parisina de Buenos Aires

La cuadra de los palacios.

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Escribe Mariano Wullich

(CABA) Se podrán comparar esquinas, plazas y tantas cosas de Buenos Aires. Eso sí, es difícil que me emparden una de tus cuadras, la que muchos elegimos como vitrina exquisita y que expone bienes irreemplazables. Es la de Alvear, entre Montevideo y Rodríguez Peña, “la cuadra” de Buenos Aires.

Sin darme cuenta la elegí desde chico, asombrado quizá por el Palacio Maguire, que para todos nosotros era el “castillo de Drácula“. Al menos, así lo veíamos en la esquina de Rodríguez Peña y la avenida Alvear al volver del colegio San Pablo y, después de desandar Callao, en el Fairlane que manejaba Ramón.

Ramón, un grandote adorable, era el chofer de la familia Graziani y a los que vivíamos por Arroyo y Pellegrini o Posadas y el (desaparecido) pasaje Seaver, nos iba dejando en puerta. A Rafael Ayerza, a mi hermano Martín y, por supuesto, a Ricardo Graziani, hijo del “Trompa” y a mí. En esos viajes también venía Luis Doval, hijo de Manolo, el casero del Palacio Maguire, y que una vez nos dijo: “¡Vengan, entren!”.

Lo hicimos y, entre lo poco que pudimos ver, estaba la espléndida pileta cubierta por la galería con algunas hojas del jardín en el agua.

En realidad, el Palacio Maguire lo construyó en 1890 el arquitecto Carlos Ryder por encargo de Carlos Hume, con materiales traídos de Escocia y en un estilo entre tardo-victoriano y art-nouveau. El jardín lo diseño Carlos Thays.

Años después, la magnífica construcción fue comprada por Alberto, Faustina y Candelaria Duhau. Hoy está en manos de Susana Duhau Maguire de Biocca.

El palacio, eso sí, sigue tan hermético y cerrado como hace 40 años. Una jauría de perros cuida el contorno y sus fondos dan a lo que fuera la casa de Lalo Palacios, quien estaba casado con Egle Martin, y tenía por hija a la modelo Isabel Palacios.

Susana Duhau Maguire nunca está en la casa; vive en Miami y viene al campo a la Argentina. El palacio tiene sus rejas oxidadas y de ellas sobresale un gigantesco ficus de la India que tapa la bocacalle y se convierte en una sombra amenazante.

“Sólo le pedimos amablemente a la señora que lo abra un poco al público -dice Miguel Schapire, integrante de los Amigos de la Recoleta- porque ese palacio configura la personalidad de la ciudad.” Y se queda pensando en la platería o las obras de arte que supo tener ¿y tiene?

Hace un tiempo, cuando Rafael Saiegh tuvo un cargo en la Subsecretaría de Cultura de la Nación -situada en el Palacio Casey, frente a lo de Maguire- quiso expropiarlo.

El proyecto no prosperó y tiempo después en una oficina del mismísimo Palacio Casey un cuñado ultimó de un tiro a Saiegh, pero por otras cuestiones.

Hoy el Casey está devastado, cosa que nunca se hubiesen imaginado su proyectista, el arquitecto Carlos Ryder, ni Adelina Harilaos de Olmos, su última propietaria, quien, según se dice, lo vendió en un precio demasiado acomodado al Estado.

Igualmente, la cuadra es y era la mejor de Buenos Aires, aunque a fines de los sesenta, casi todos los días, “el Gordo” Ricardo Sauze y “el Niño Rolo” Álzaga “despeinaban” el ficus de lo de Maguire con sus picadas automovilísticas que partían desde Tagle y llegaban hasta Arroyo y Cerrito, donde la traza de la mansión Álzaga Unzué era la línea de sentencia. Después, llegaba la hora de las anécdotas y, claro está, de los copetines. ¿Las máquinas sobre las que corrían? Podían ser un Austin o un cupé De Carlo; un Fiat 1500 o un Peugeot 404: ¡Qué duelos, aquéllos!

Regreso a la primaria. Después de “lo de Drácula”, estaba y está el Palacio Duhau (hoy hotel Park Hyatt).

Fue Luis Duahu quien le encargó al arquitecto León Dourge la construcción neoclásica de ese palacio en 1930. Y por allí pasaron muchas familias: los Duhau, los Uribelarrea, los Escalante y varias más.

Hasta fue salón de casamientos antes de venderse al hotel, que con su torre tiró la casita del casero que daba sobre Posadas y que uno, un poco más “paquete”, bohemio o lírico hubiese tenido ganas de quedársela.

Por allí también pasábamos, con Ramón al volante, o la abuela de Ayerza, Mimí Uribelarrea, llevándonos en su Taunus importado.

Cada vez que pasábamos, Rafael Ayerza nos mostraba el Torino Lutheral Comahue gris de su tía Juanita. Estacionado en la explanada del palacio era como un plato volador increíble para nosotros. Y es verdad, el Toro (“Yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno”, decía el eslogan de la IKA) estaba en manos de una mujer de esos pagos: Juanita María Duhau Ham de Uribelarrea -hija de Luis Duhau, ex ministro de Agricultura-, quien hacía rugir el motor 380 w del cupé. Con ese “Toro”, se mató en Ugarteche, al cruzar la avenida Figueroa Alcorta cuando se la “llevó puesta” alguien que pasó en colorado, o con demasiados coloraditos de esa época: Martini, Campari y cáscara de limón.

Enfrente sigue estando, impecable, un edificio con uno de los mejores pulmones de manzana del barrio, en donde viven los Sánchez Elía, los Guerrieri y está la Galería Alvear. Y casi al final de la cuadra hay otra maravilla histórica y sin igual: la Nunciatura.

Este palacio, que fue de Fernández Anchorena, y va desde Alvear hasta Posadas, nunca fue habitado por esa familia. En cambio, lo utilizaron como residencia presidencial, Marcelo T. de Alvear y Regina Pacini. Después, dio todavía otro paso hacia adelante cuando lo compró la generosa Adelia Harilaos de Olmos (marquesa pontificia del Vaticano) y lo donó a la Nunciatura. Así, el palacio que los Anchorena le habían pedido que construyera nada menos que a Edouard Le Monnier en 1907 fue residencia presidencial y también albergue del sumo pontífice Karol Wojtyla en sus vistas a la Argentina.

Por aquellos días, la avenida se llenó de ruido y de banderas blancas y amarillas en las que se leía en latín Totus tus (Todos tuyos), pero como hinchas que somos, primó la canción futbolera: “¡Juan Pablo, segundo, te quiere todo el mundo!”.

Hay más cuentos Alvear abajo: el Jockey, la plaza Pellegrini, los palacios Pereda y Ortiz Basualdo, un conventillo, las castañas de cajú de la rotisería Royal, el hotel familiar en donde atraparon al mono del garaje, Mau Mau, la moto del cura Mujica y cuanto más. Eso sí, con alardes o sin ellos, la relatada es la cuadra sin par de Buenos Aires.

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