Buenos Aires, 20/11/2017, edición Nº 1832

Alto el fuego: una ceremonia colectiva por la paz en la Biblioteca Nacional

Con la presencia de espectacular obra de León Ferrari y la lectura del manifiesto “Alto el fuego” se realizó una jornada a favor de la paz y la reflexión a través del arte. (CABA) “Alto el fuego” una convocatoria de la Biblioteca Nacional con la obra de León Ferrari presidiendo una ceremonia colectiva, donde se dieron cita la Ministra de Cultura Teresa Parodi, el director de la Biblioteca Nacional Horacio...

Con la presencia de espectacular obra de León Ferrari y la lectura del manifiesto “Alto el fuego” se realizó una jornada a favor de la paz y la reflexión a través del arte.

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(CABA) “Alto el fuego” una convocatoria de la Biblioteca Nacional con la obra de León Ferrari presidiendo una ceremonia colectiva, donde se dieron cita la Ministra de Cultura Teresa Parodi, el director de la Biblioteca Nacional Horacio Gonzales, los familiares del artista, y más de un centenar de escritores artistas y músicos entre el público.

Un acto donde se conjugaron las artes, para leer este llamado “Alto el fuego”, ante un auditorio conmovido por el texto y el trabajo del gran León Ferrari, a su vez todo un manifiesto, que atraviesa el tiempo con una vigencia alarmante. Acompañados por la interpretación musical de piezas de Kurtág-Bach, Debussy y Messiaen, que también se expresan sobre lo sacro y lo terreno en tiempos convulsionados.

En la convocatoria rezaba: “Esta imagen ha atravesado una espesa selva de polémicas. Sigue interrogándonos sobre las formas de la guerra y la crucifixión desde el punto de vista de un arte que al mismo tiempo que depura el sentido lo hace proliferar en las más contrapuestas interpretaciones. Como manifiesto artístico, presentaremos La civilización occidental y cristiana, de León Ferrari, junto con el texto Alto el fuego, que llama a la reflexión sobre la inquietante realidad contemporánea”.

Con la imagen de la obra de león Ferrari , en el centro de la escena, pendiendo muy cerca , en una disposición casi como en el atrio de una iglesia , esta ceremonia laica, desencadenó una liturgia, un acto un ritual donde se cruza pensamiento y arte, música y silencio, en un llamado de atención: que invoca “Alto el fuego”.

Si el avión bombardero con su cristo crucificado fue un acontecimiento en 1965, así como la retrospectiva de su autor en 2007 en el Centro Cultural Recoleta mucho más, la propuesta de la Biblioteca Nacional con este manifiesto produjo otro.

Esta iniciativa surge de la preocupación y del deseo de intervenir de una manera no esquemática, al margen del lenguaje habitual de la política, de la necesidad de poder decir algo acerca de los graves conflictos bélicos por los que atraviesa la humanidad.

Y así dejar una huella, escapando de la mirada abstracta, a veces ingenua en los actos por la paz.

Por esto es que se produjo colectivamente este texto, un reclamo, un llamado de atención, donde se evitan los lugares comunes, se reconoce en la obra de León” La civilización occidental y cristiana una potencia simbólica y polisémica que atraviesa medio siglo, y poderosa nos enfrenta con una realidad que bombardea nuestra humanidad.

Un mascarón de proa que convoca a la reflexión crítica acerca de donde estamos parados.

Una obra tan bella como conmovedora que atraviesa el tiempo y llega a nuestros días con toda la potencia de los grandes artistas. Los visionarios. Los que como los chicos, nos ponen delante de la semántica de los objetos, el sinsentido de los discursos establecidos.

A través de Metáforas visuales y corpóreas el genio de Ferrari, lejos del purgatorio que logró se quitara del itinerario post mortem, corre el velo de un supuesto oxímoron.

Muchos llegamos allí sin saber de qué se trataba, “el misterio de León que siempre sorprende”, se oyó por ahí, entre risas. Ese Humor esa ironía marca registrada del autor y de Alicia la compañera de toda la vida que al saludar a la Ministra dijo: “yo soy la leona”.

La espera sirvió para empaparse del espíritu grave de la obra, de la advertencia feroz.
Como un impactante ritual que conmovió también a la Ministra, que al tomar el micrófono destacó la importancia de tener la obra de Ferrari en la Biblioteca, para “pensar desde el lugar de cada uno y emocionarnos”.

Mientras confesaba casi en un susurro “la primera vez que vi esta obra de arte, lo primero que hice fue taparme la cara. Me dolía esa imagen poderosa del amor cayendo, ese Cristo otra vez crucificado por los hombres. Como un símbolo del amor cayendo, muriendo, matando…

Era todo uno diciéndonos a los hombres basta, una poderosa señal de la paz. Sólo un artista con esa mirada, con una posición tomada ante de la vida es capaz de provocar en nosotros tanta conmoción con tanta belleza”.

Las obras cambian o multiplican su sentido de acuerdo al contexto y el lúcido León que no quiso vender “La civilización occidental y cristiana” a ningún museo o colección privada del país del norte, sabía que su obra era necesaria y debía circular. Así lo entienden también sus familiares, las nietas a cargo de la Fundación Augusto y León Ferrari, que querían exhibirla, y se produjo entonces una conjunción, una sinergia de deseos e intenciones.

En 1965, León Ferrari presentó en el Premio Di Tella un monumental montaje de objetos que, por los campos de los que provenían y por la energía que liberaban en su yuxtaposición, se volvieron insostenibles. Pese al clima de libertad absoluta que el Instituto defendía en forma incuestionable, la obra de Ferrari no pudo ser resistida”, escribe Andrea Giunta.

La superposición de un Cristo de santería sobre sobre la réplica de un avión norteamericano FH 107, con el lema que utilizaba la fuerza invasora de “civilización occidental y cristiana” Fue un elocuente manifiesto contra la guerra de Vietnam, y sigue tan vigente hoy, como en este entretiempo histórico de 50 años.

Acaso estamos en el mismo sitio. Acaso nada ha cambiado en el mundo. Son preguntas que acicatean el pensamiento y despiertan el horror.

Hoy no es aquel bombardero que sobre Vietnam dejó más de un millón de muertos.
Ahora son misiles teledirigidos “inteligentes” que apuntan sobre poblaciones, explotan aviones.
Y con ellos estallan los sentidos.

El arte se abre paso por lugares inverosímiles. Abre caminos de pensamiento, conecta con las emociones de una manera única y también ecuménica.

El arte acude en nuestro auxilio cuando faltan las palabras.

El avión de 2 metros en picada, con su forma simbólica y sacrificial, sobre nuestras cabezas, tan cerca para admirarlo, tan próximo que se advierte como amenaza. Y a la vez permite maravillarse en una abrumadora conmoción.
Lo literalmente absurdo de la imagen es una realidad que sigue golpeando.

Hay muchas cosas para decir, pero en este caso se dejó de hablar, se escuchó la música y la poderosa poética de León Ferrari. Horacio González pidió que no se aplauda, que nos contengamos como un acto de recogimiento, que busca la cuerda última de solidaridad con las víctimas, las más desfavorecidas que claman por una atención concreta.

Mientras en ese clima de emoción, mancomunadas las almas en una ceremonia colectiva, como en un templo laico, María Pía López, titular del Museo del Libro y de la Lengua, y el director de Cultura de la Biblioteca Nacional, Ezequiel Grimson, leyeron en voz alta el manifiesto “Alto el fuego”.

Fuente: Télam

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