Buenos Aires, 25/11/2017, edición Nº 1837

Alejandro Fargosi: “la política va a mejorar con operadores judiciales expulsados de los tribunales”

El ex consejero de la Magistratura explica por qué la Justicia independiente es esencial para la nueva política.

Escribe Alejandro Fargosi, Abogado, ex consejero de la Magistratura

(CABA) En estos días, es marcada la influencia de las decisiones judiciales en la actividad política cotidiana. Este fenómeno, viejo en el mundo pero novedoso en la Argentina, hace que políticos, periodistas y hasta ciudadanos crean que los jueces federales con causas que involucran a ex funcionarios y sus testaferros deben tener cintura política para acompasar sus decisiones a cada momento, de forma tal de no perjudicar la gobernabilidad ni la economía. Mientras tanto, el kirchnerismo en sus estertores parece haber optado por gastar dinero en movilizaciones y no en abogados, porque con calles llenas de gente se dominan las leyes, como enseñaba Cicerón hace más de 2000 años. ¿Es malo este proceso de judicialización? ¿O es un renacimiento al mundo civilizado, con dolores de parto tan intensos como inevitables?

Pretender que los jueces tengan manejo político de sus tiempos y a la vez predicar la independencia judicial es contradictorio. Ambas actitudes son incompatibles. Los jueces tienen que ser sólo jueces y les está prohibido legal y éticamente tener especulaciones, negociaciones o preferencias políticas, porque deben juzgar sólo según la ley y la Constitución. Esto es lo que debe ser y así ocurre en el primer mundo.

Tener una justicia independiente y rigurosa no es una consecuencia, sino un requisito para convertirnos en un país relevante. No haber tenido una justicia así en las últimas décadas es lo que nos dañó en materia económica, social y cultural. Fuimos invadidos por la corrupción y la inoperancia, que no encontraron un límite en el sistema legal. La mala justicia no aplicaba la ley o la aplicaba tarde y mal.

Es equivocado creer que se afectarán la gobernabilidad y la economía por lo que decida tal o cual juez o la Corte. Habrá algún ruido, alguna manifestación de pocos miles, mientras 40 millones seguimos con nuestra vida cotidiana, pero confiando en que los jueces no tiemblan ante los poderosos. La economía, y con ella nuestra vida cotidiana y la gobernabilidad, está afectada, en cambio, por la impunidad.

Es hora de entender que si algunos políticos y funcionarios, sea cual fuere su rango, se salieron del carril de la ley o lo hicieron a través de sus cónyuges o su entorno, el filtro para limpiar esa suciedad sólo puede ser la Justicia, que debe encarcelar a los corruptos y a sus corruptores.

Algunos alegan que hay que poner límite a la lucha contra la corrupción porque podría acarrear consecuencias inversas a las buscadas, como habría ocurrido en Italia con el ascenso de Silvio Berlusconi al poder. Es un error: el “Cavaliere” no fue el resultado del proceso de mani pulite, liderado por jueces que hasta dieron su vida. Fue consecuencia de la mala política que, como los yuyos no arrancados de raíz, volvió a proliferar luego de que el intento de desmalezar no logró todo el éxito que merecían funcionarios como Antonio Di Pietro y mártires como el juez Falcone.

Ese relativo fracaso de la lucha contra la corrupción no puede llevarnos a aceptar que en la Argentina, donde se han robaron muchos miles de millones de dólares, hagamos borrón y cuenta nueva.

Sin cárcel real y efectiva para los personajes más importantes del latrocinio de los últimos lustros lo único que lograremos es crear un antiejemplo. ¿Por qué alguien tendría que ser decente si la decencia sólo es garantía de pobreza, mientras que la indecencia asegura bienestar e impunidad?

Si algunos grupos invierten millones en movilizar manifestantes, allá ellos. Los que creemos en la ley debemos respaldar a los que tienen a su cargo el orden público en la calle, como la policía, y a quienes, como los jueces, tienen el deber de aplicar el Código Penal con rigor, para que el temor a la cárcel sea cada vez más fuerte y lo ocurrido en estos años no se vuelva a repetir. De lo contrario, estaremos colaborando en la destrucción de un país que podría ser rico y próspero.

Es cierto que algunos de los jueces que ahora actúan mantuvieron durante años una pasividad cómplice. Pero si ahora cambiaron tenemos que aprovechar ese súbito arrebato de independencia, porque tendrá efectos positivos. Jueces independientes, operadores judiciales expulsados de los tribunales, leyes claras, sentencias de cumplimiento efectivo, justicia rápida. Así va a mejorar la política, y con ella, el país.

No es una utopía: es el futuro y es posible.

Alejandro Fargosi, Abogado, ex consejero de la Magistratura

Alejandro Fargosi,

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