Buenos Aires, 22/10/2017, edición Nº 1803

Adiós a los jilgueros y chingolos: cada vez hay más aves rapaces en la Ciudad

Se observan más gavilanes, caranchos y chimangos. Los cambios en el hábitat promueven la declinación o el crecimiento de las especies.

Por Ángeles Castro

(CABA) En la ciudad hay cada vez más aves rapaces, loros y palomas, y menos gorriones y jilgueros. Si bien no existen censos que cuantifiquen las poblaciones con exactitud, los cambios son advertidos por registros de los observadores de aves. Y los vecinos también notan, a simple vista, el frecuente paso de caranchos y gavilanes por los cielos porteños. O la menor aparición de los antes clásicos gorriones.
La urbanización, la presencia de especies vegetales y animales de las que se alimentan o que son sus depredadores, así como otros cambios en el hábitat figuran entre las causas que promueven la declinación o el crecimiento de las especies.

Desde Aves Argentinas, asociación que desde 1916 promueve la conservación de las aves y sus ambientes, confirmaron a LA NACION que son avistadas cada vez más palomas, sobre todo de las especies torcaza común y paloma picazuro.

“La antropización tiene riesgos asociados para la supervivencia de las aves, las tasas de mortalidad para muchas especies son altas. Pero hay algunas, generalistas, que logran adaptarse, como las palomas. Tienen disposición de comida en el ambiente e, incluso, el hombre tiende a alimentarlas, lo que favorece su radicación y permanencia”, explicó el doctor en biología e investigador del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medio Ambiente del Conicet, Sergio Lambertucci.

La proliferación de palomas trajo aparejada la abundancia de rapaces, que son sus “controladores biológicos”. Hace algunos años, cuando el gobierno porteño analizaba la liberación de halcones para combatir los problemas generados por las palomas, corrió la inquietud entre los vecinos por la posible presencia de esas poco conocidas pero temidas aves. Y la iniciativa fue archivada.

De todos modos, por causas naturales, más caranchos, gavilanes mixtos, chimangos y halcones colorados llegaron a la Capital para quedarse, en la medida en que su hábitat y sus sitios de nidificación no son amenazados por la actividad del hombre.

No resulta extraño verlos sobrevolando con sus alas extendidas sobre grupos de palomas o entre edificios y, por supuesto, en grandes espacios verdes de la ciudad, como los bosques de Palermo o el parque Sarmiento en Saavedra. En las redes sociales, muchos comparten, extrañados, fotos de ejemplares detenidos momentáneamente en antenas y árboles.

jilgueros

En la Capital, a lo largo de un año, se encuentran más de 250 especies de aves, según Aves Argentinas.
El pequeño caburé, una rapaz nocturna, también es habitual en parques y plazas porteñas.

Variedades de loros, originarios del nordeste y noroeste del país, también aumentaron su presencia en Buenos Aires. Por ejemplo, el ñanday, la catita chirirí y el loro hablador. Cualquier vecino puede verlos convivir con las palomas en espacios verdes arbolados.

Alexis Cerezo, biólogo y director científico de Aves Argentinas, recordó que tanto el calentamiento producto del cambio climático como el proceso de arborización de la llanura pampeana promueven que la ciudad sea colonizada por loros y cotorras típicos de ambientes más cálidos y boscosos. Muchos de ellos, escapados del mascotismo y hoy asilvestrados.

“Son granívoros que tienen disponibles en las ciudades las especies vegetales que necesitan”, coincidió Lambertucci.

El estornino pinto -una especie exótica invasora, que compite por el alimento y los sitios de nidificación- también es más visible en Buenos Aires. En otros países, se convirtió en un flagelo, destructor de cultivos y expulsor de aves autóctonas.

Entre las especies que cada vez se observan menos en la Capital, se cuentan los simpáticos gorriones, jilgueros, chingolos y cardenales. Los primeros son un grupo exótico, introducido desde Europa, mientras que los tres restantes son nativos.

Se presume que el gorrión desplazó en su momento a los jilgueros y chingolos. Ahora, no logra explicarse aún su declinación, que también se registró en el Viejo Continente.

“Las causas todavía son desconocidas y pueden estar vinculadas a cambios en el grado y tipo de urbanización, así como al aumento de depredadores naturales. Estos factores también podrían estar afectando a las poblaciones de gorriones locales: la ciudad registró cambios de urbanización y de vegetación. Hay opiniones encontradas al respecto”, sostuvo Cerezo.

En el mismo sentido, Lambertucci recordó que la infraestructura de las grandes ciudades es enemiga de las aves. “No sólo pierden su hábitat natural. Los edificios, los cableados, los vehículos son amenazas constantes y causa de mortalidad. También la expansión de los carnívoros, gatos y perros domésticos, atenta contra las aves. Ningún ecosistema podría sostenerse con la densidad de carnívoros que tienen las ciudades”, concluyó.

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Fuente: La Nación

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