Buenos Aires, 17/10/2017, edición Nº 1798

Adelanto de Entre los indios, la nueva novela de César Aira

En sus páginas, el creador de Ema, la cautiva recupera la llanura, uno de sus paisajes predilectos, y da rienda suelta, por medio de un diablo vernáculo, a la imaginación sin freno de su literatura. Aira lleva publicadas ya más de sesenta novelas de extensión diversa, entre las que se cuentan Ema, La cautiva, El sueño, Parménides y Cómo me reí. La cabeza de Pillán (el diablo) asomaba lentamente de...

En sus páginas, el creador de Ema, la cautiva recupera la llanura, uno de sus paisajes predilectos, y da rienda suelta, por medio de un diablo vernáculo, a la imaginación sin freno de su literatura. Aira lleva publicadas ya más de sesenta novelas de extensión diversa, entre las que se cuentan Ema, La cautiva, El sueño, Parménides y Cómo me reí.

cesar-aira-parabuenosaires

La cabeza de Pillán (el diablo) asomaba lentamente de la tierra, como un gran zapallo, apartando piedras y pasto con un rumor de derrumbe. Iniciaba de ese modo su aparición en la cena de los indios, y su maldad gozaba anticipando el terror que produciría entre esos primitivos supersticiosos, la desbandada, los gritos, las escenas vergonzosas del “sálvese quien pueda”, pisoteando a las mujeres y los niños. Había elegido la hora más oscura de la noche, y, para lograr el efecto infalible de su presencia, el estadio de la velada en que las mentes ya estaban lo bastante ofuscadas por el alcohol como para entrar en pánico sin más, aunque no tanto como para no dar crédito a una horrenda visión sobrenatural. Echar a perder una velada no constituía una gran hazaña, no se necesitaba ser el rey de los infiernos para hacerlo; pero para él no existían iniquidades chicas, y era de los que no dejan pasar ocasión de practicar. Algo que saliera del suelo, lento y horrible, con sugerencias de parto y sismo, sería infalible. Pero había descuidado un dato: la gran extensión de terreno en que se ubicaban los comensales. No había tomado en cuenta ese detalle, seguramente porque estaba demasiado acostumbrado a la contigüidad, que además de ser su arma más contundente era su hábitat; vivía en lugares muy comprimidos, como la punta del cono que terminaba en el centro de la Tierra o el corazón de los hombres. Los indios estaban dispersos en grupos sobre la gran explanada entre los toldos, y el punto de emergencia del diablo ni siquiera estaba cerca de ningún grupo; al no haber previsto un acompañamiento sonoro que lo anunciara, no había motivo alguno para percibirlo. Sobre todo por otra circunstancia no menos adversa a su propósito: no se veía nada. Los pocos fuegos que todavía no se habían apagado languidecían sin que nadie se ocupara de alimentarlos. Una medialuna pálida en el cielo no iluminaba más que las estrellas que valsaban a su alrededor. La cabezota del diablo atraía apenas la luz suficiente para hacer brillar los ojos desparejos, de loco, apenas sobre el nivel del suelo todavía y ya lanzando miradas bizcas en direcciones contrarias, como si buscara presas. Un ojo era redondo como una moneda, el otro estaba de perfil y sombreado por pestañas de pinchos. Al tiempo que emergía, le brotaba de la calva una pelambre rojiza. Ya empezaban a aparecer, a los costados, las orejas, muy separadas, como aletas.

Pero su ascensión quedó detenida en ese punto porque una banda de niños que correteaba jugando a las persecuciones en la oscuridad pasó por el lugar. Se le subieron encima y saltaron con frenesí, contentísimos, sin verle la mitad de cara que había asomado. Y si la hubieran visto habría sido peor porque en su inocencia la habrían tomado a risa, le habrían tirado de las orejas y metido los deditos en los ojos, perfectamente ajenos a la majestad del Malo. La comba les encantaba como variación orográfica de la tediosa horizontal del suelo pampeano. Tanto les gustó que se peleaban por subir, desalojando a empujones a los que lo habían hecho antes. Cabían tres o cuatro sobre esa elevación oportuna y divertida. Como cada uno de los que conseguía lugar sabía que la ansiedad de los otros lo expulsaría pronto, aprovechaba ese instante para saltar y patalear todo lo que podía. La cabeza no sólo dejó de subir sino que volvió a enterrarse unos centímetros. Si había algo que al diablo no le gustaba era perder terreno; sus ojos torcidos chispeaban torciéndose más que antes, y la cara se le coloreaba de un violáceo de furia. Para colmo de escarnio, los niños habían descubierto que frotando las plantas de los pies embarrados en el pelo naciente sentían unas deliciosas cosquillas.

 

Pronto se cansaron del juego y siguieron sus carreras. Era un hecho verificado que cuando los adultos se emborrachaban los niños, sin beber, se ponían como locos. Era una especie de contagio al que estaban genéticamente predispuestos. En esta ocasión no les faltaba motivo. Sus padres estaban bebiendo desde la caída de la tarde, y un curioso incidente los había obligado a seguir bebiendo en ayunas durante horas, lo que potenció el efecto del alcohol. Bebían porque podían permitírselo, y porque de noche les daba lo mismo estar sobrios que ebrios. A las atropelladas agresivas del comienzo les seguían los pasos tambaleantes, vaso en mano, las sonrisas erráticas, una benevolencia generalizada que era la máxima expansión de la conciencia que se permitían. Estaban habituados a las oscilaciones entre velocidades, de la precipitación a la lentitud geológica, como que eran el pueblo de la piedra.

A las lentas y postergadas oscuridades de la llanura les habían seguido las horas profundas de la medianoche. La Luna era un recorte delgadísimo en el cenit del firmamento. Seca, blanca, perdida entre las estrellas, que no se quedaban quietas. Mal encendidos y peor mantenidos, los cinco o seis fuegos que seguían ardiendo en los vagos espacios entre un toldo y otro soltaban un humo espeso, negro como el aire. Colgajos no comidos de los costillares elevaban olores de grasa quemada, como incienso. Los indios no tenían ninguna necesidad de ver. En caso de urgencia habrían encontrado a tientas el camino a la mañana siguiente. El paso a la lentitud provocaba una especie de cortesía, que entre los indios era sueño o pesadilla. En la puerta de su toldo, que hacía de punto de referencia del espacio abierto a espaldas de las surgentes, estaba el cacique, rodeado de sus coroneles, inmóviles como estatuas, con la garrafa a mano, los huesos esparcidos a sus pies. Algunas voces cruzaban la tiniebla, un ronquido, el llamado de la lechuza, los murmullos de las mujeres y los chillidos lejanos de los niños. Los perros, en silencio, merodeaban buscando restos.

Pillán, humillado y ofendido, había renunciado a la emergencia desde las profundidades de la Tierra. Volvió a hundirse, desapareció, pero sólo para volver a la carga. No dejó que el resentimiento del fracaso lo cegara, aunque la furia era un estado en el que recaía regularmente. Se propuso planificar fríamente una aparición verdaderamente horrenda, sin margen para la chacota, y adecuada al escenario en el que debía actuar. En el primer intento había caído en la improvisación; ya le había pasado antes; confiando en sus poderes de transformación, que no tenían límites, se apuraba a lanzarse a la acción sin tener en cuenta los elementos que podían neutralizar sus maniobras. En efecto, las formas, esos espectros sin cuerpo que atravesaban la materia, dependían de mil imponderables; eran oportunistas, efímeras, había que ponerlas en el lugar justo en el momento justo. Era un trabajo de relojería. En su soberbia, el diablo no siempre se avenía a trabajar de artesano de sus epifanías. Prefería rasgar el velo del mundo con un impulso sin cálculo, exponer su potencia desnuda, adueñarse de un golpe del presente que le debía servidumbre y aprisionar a los hombres en el círculo opresivo de ese presente, el de su manifestación que congelaba la vida.

 

 

 

 
Foto: LA NACION 

 

 

 

Pero los repetidos fracasos, como el que acababa de sufrir, lo estaban volviendo más prudente. Desde el ojo de una araña examinó la situación. Por lo pronto, los indios todavía gozaban de una aceptable lucidez, no tanta como para resolver problemas matemáticos pero sí para discernir entre lo mundano y lo que no lo era. Más aún, le pareció que era el momento ideal, mejor que el elegido por él para el intento anterior, cuando todavía estaban disputándose mollejas y lomitos. Ahora había llegado el estadio de la languidez, previo a las contracciones de la digestión que podían distraer. Si se les aparecía de golpe, de la nada, una figura que no reconocieran pero pudieran identificar con las fuerzas apocalípticas de la Destrucción, el bienestar post-prandial se volvería terror: estaba maduro para hacerlo. No podía asegurarlo, pero sospechaba que el grado de alcoholización alcanzado a esa hora también era el ideal para su propósito. Justo antes del embotamiento, y aún con restos de la excitación inicial, la borrachera tenía ese lapso de resignada clarividencia, en que el hombre se convencía de una vez por todas de que el mundo era el mundo y nada más. Ningún terreno más propicio para las visiones sobrenaturales.

Pillán no perdía de vista su objetivo, que era el de producir un efecto. Toda su larga vida, si es que podía hablarse de vida en su caso, tan larga como la del universo, había estado dedicada a generar el mal, que era un efecto. La bebida de alta graduación que habían estado bebiendo los indios también producía un efecto, sobre el mismo órgano que se proponía afectar él: el cerebro. De modo que debía crear un efecto sobre otro, cuidando que no se anularan.

La iluminación era la adecuada. O más bien: la falta de iluminación. La oscuridad se había endurecido en el cielo, una hondura de piedra negra. Los fuegos, exhaustos pero no apagados, habían empezado a soltar chispas que quedaban suspendidas un instante antes de morir. Vagos resplandores a ras de tierra dibujaban aquí y allá, saliendo de la sombra compacta, un rasgo adormilado, una hilera de dientes enmarcada en labios céreos, crenchas engrasadas, duras, más negras que la tiniebla. Torbellinos de oscuridad se desplazaban por la gran explanada, en sus bordes un perro insomne en busca de un hueso. Pillán estudió el conjunto como desde una platea en un teatro del que hubieran apagado las luces. Su espectáculo empezaría pronto. Se les aparecería sobre un punto equidistante de todos los grupos. Ahora veía su error de emerger de la tierra. Se había dejado llevar por el prejuicio de que el príncipe de las tinieblas vivía bajo tierra. Era cierto, no era un prejuicio, pero para estos indios sí lo era. Él estaba en todas partes, ninguna puerta del espacio o del tiempo estaba cerrada para sus intrusiones. Y venir de arriba, de donde venían las cosas buenas como la luz del sol o la lluvia, haría un efectivo contraste, aumentaría la sorpresa y el espanto.

 

 

 

 
Foto: María Elina

 

 

 

Abandonó los ojos de la araña y se elevó, en un soplo mefítico. No fue muy alto, para no hacer muy larga la procesión vertical, que sería lenta, majestuosa, con un suspenso de fin del mundo. Lo que sí, se apartó unos cien metros del punto en que se proponía efectuar el descendimiento, al que iría a ubicarse cuando estuviera preparado. Lo haría rápido, pero no tanto como para dar lugar a deficiencias. Una vez allí, empezó a configurarse.

Con una poderosa aspiración, para empezar, creó un vacío. Era bueno en eso, casi podía decir que era su especialidad. Por medio de la presión neumática congregó gelatinas gaseosas que hicieron de materia prima para el modelado de su figura, que fue creciendo a su alrededor (se había reducido a un punto negro de fabricación). Quiso hacer algo tremendo, digno de él: cabeza de sapo, patas de mula, tórax de cangrejo, antenas, aletas. No exagerar, se dijo. La facilidad podía llevarlo a una acumulación puramente grotesca. Debía imponerse limitaciones de artista. En los retoques se ocupó del jopo y de la boca, a la que le dio sugerencias anómalas de bocina metálica. Hizo un movimiento de prueba y tuvo la satisfacción, entre estética y malévola, de ver que el conjunto se animaba en ondulaciones ominosas, al tiempo que se encendía en reflejos violáceos, los del fuego que recorre las venas de la piedra. Si eso no les ponía los pelos de punta a los indios, él no se llamaba Pillán. Pero faltaba algo: brazos. Los formó con extensiones nauseabundas, largos y delgados como para abrazar tribus enteras, brazos de pulpo pero peludos para que no parecieran de pulpo, aunque no renunció a las ventosas. Lo único que retuvo de su figura consuetudinaria fueron los ojos, para poder lanzar su famosa mirada fulminante, cuyo secreto era que los dos ojos eran el mismo repetido. Como operaba desde el interior de su propia nube, negra como sus intenciones y flotando en el aire más negro, armaba los pedazos de su autocreación al tacto, y metía una pata en la cabeza, otra en el ano, un brazo nacía de otro brazo, la cabeza quedaba pegada al revés en la panza, y todo por el estilo: no le preocupaba, porque cuanto más deforme quedara más efecto produciría.

Le habría salido bien de no ser por su perfeccionismo, al que tantas veces se había prometido renunciar. No pudo con su genio. La gelatina gaseosa era demasiado inestable para consolidarse en los detalles, y él los quería a todos bien precisos y marcados, de un expresionismo microscópico totalmente inapropiado para un efecto global. Un trabajo gratuito, que lo revelaba más artista que diablo. De modo que siguió, entusiasmado, olvidado de todo lo que no fuera su escultura aérea, agregando protuberancias, colas dentadas, barbas y garras. Absorto, le dio tiempo para llegar y verlo a una de las pocas potencias eminentes que podían medirse con él: la Gravedad. Ésta era un ente invisible y perfectamente omnipresente; confiada en esta última propiedad, se dejaba actuar en forma automática mientras ella se paseaba por el mundo en perpetuas vacaciones. Medio dormida, como una majestad vetusta habituada a un protocolo infalible, sólo se despertaba e interrumpía sus vagabundeos para hacer una broma. Acertó a pasar por ahí justo en ese momento, y al ver al monstruo traslúcido flotando en la noche entendió lo que se proponía el diablo: asustar a unos pobres diablos que no le habían hecho nada. Típico de él. No quiso dejar pasar la ocasión de divertirse un rato. Aunque ecuánime, ajena a las opciones entre el Bien y el Mal, la Gravedad se permitía algunas excursiones al reino de los embrollados asuntos humanos. El diablo, por su parte, era presa fácil, porque su esencia era mental, y la apreciación de las realidades prácticas le exigía un esfuerzo que no siempre se acordaba de hacer.

Oculta en la oscuridad nocturna como una gran tenaza, la Gravedad acechó a su presa. Podría haberlo hecho desde el primer momento, pero, burlona, esperó hasta que Pillán hubiera trabajado bastante para tirarlo abajo, con un envión formidable. Fue inesperado, y por ello doblemente humillante para él, que basaba su poder en esperarlo todo.

 

 

 

 
Foto: LA NACION 

 

 

 

Como se había apartado del centro de la escena, cayó en el borde externo de la explanada, frente a un semicírculo de indias sentadas. La oscuridad allí era casi completa; el fuego más cercano estaba a cincuenta metros, y ya era poco más que un montón de brasas humeantes. Las mujeres hacían una guardia esperando que los niños se cansaran y pudieran meterlos en los toldos; si sus pequeños demonios se dormían al sereno, además del mal del rocío, que ellas tenían por una vulgar superstición, estaba el peligro mucho más concreto de los armadillos carnívoros. Como sabían que tendrían que esperar largo rato, dejaban pasar las horas semidormidas, oyendo de lejos, con desdén, las conversaciones guturales de los hombres, sus hipos agudos y la ocasional exclamación inarticulada. Ninguna de ellas notó la caída de Pillán; si alguna vio moverse algo en la tiniebla, lo creyó un sueño; no se equivocaban mucho, pues no había otra cosa que pensar de un revoltijo de nada aplastada. Furioso, el diablo no conseguía ni siquiera disolverse, tanta mezcla de sustancias había hecho para componer su marioneta aérea; era como si se hubiera quedado con las ganas, y las ganas lo hacían persistir contra su voluntad. Mordía la tierra de la rabia. Pero sus dientes, por estar hechos de una mezcla inconclusa de gelatina gaseosa y helado derretido, se disolvían. Hubo un tirabuzón descorazonado. Si siendo Pillán, el diablo, no conseguía lo que quería, menos lo iba a conseguir siendo otro, o nadie.

De todos modos, hubo un efecto, aunque no el buscado, y además quedó secreto. Las intervenciones personales de la Gravedad nunca quedaban sin consecuencias marginales. Ella se alejaba riéndose, mientras el diablo se escurría por los ventrículos subterráneos, ansioso por abandonar la escena de su segundo fracaso, pero en la superficie de la tierra persistía una vibración rara, espasmódica. Las mujeres estaban sentadas en calaveras de vaca, dispuestas en un arco irregular. La vibración hizo que las calaveras se animaran, empezaron a castañetear las quijadas, y a levantar y bajar rítmicamente los arcos superciliares de vaca, al tiempo que revoleaban los cuernos. Nada de esto era visible, ya que tenía lugar bajo las asentaderas de las indias, que de por sí eran bastante carnosas pero además estaban envueltas en mantas de cuero crudo cuyos pliegues caían por el suelo. El fenómeno quedó encerrado en la intimidad o la vergüenza de cada una, al menos de las que se despertaron lo suficiente para notarlo y creer que eran sus vísceras las que se alborotaban. Ninguna dijo nada, pensando que le sucedía sólo a ella. El fenómeno insólito de las calaveras risueñas no tuvo otro testigo que los voluminosos traseros de las indias.

A una de ellas, la más gorda y la que más había parido, profundamente dormida, la vibración le produjo un desprendimiento del útero. El órgano, que ya antes estaba de salida, se escapó por abajo y, más liviano que el aire, se elevó en la oscuridad, como un negro murciélago en busca de alimento. Pero lo que buscaba el útero era una explicación. Y, de más está decirlo, no la halló. En contacto con el gas tenebroso que bajaba de las estrellas giró sobre sí mismo, cada vez más rápido. Abajo, en la llanura que era un mar de alquitrán, los indios, algún contorno todavía dibujado con tiza mágica, eran puntos y comas.

El útero fue el efecto de un efecto de otro efecto, efecto a la tercera potencia de una superposición de causas encadenadas y en buena medida ajenas a la cadena de causas naturales. De ahí que su postulación no pudiera quedar en el marco del realismo costumbrista en el que se desarrollaba la vida invariable de los indios. La constancia de la realidad los había hecho miopes a cualquier extrañeza. Sus vidas tenían lugar de día, cuando las distancias entre las cosas y entre los hechos se mantenían fijas gracias a la luz. De noche dormían, todo lo más se demoraban un rato en las sobremesas del asado y la botella, pero era como si durmieran, rodeados de sombra inexpugnable. Lo ignoraban todo de las contigüidades de la oscuridad. Sabiendo que la mirada no podía nada contra las tinieblas, no levantaban la vista. Pero un útero girando como loco en el firmamento no era poca cosa. Si Pillán lo hubiera visto, podría haberlo aprovechado; estaba en su línea. Él tampoco prestó atención, aunque por otro motivo: ya estaba planeando una nueva aparición. “La tercera es la vencida”, se decía. No es que fuera supersticioso, justo él, pero adhería, por pura cohabitación con el hombre, a ese prestigio del número tres. Y en este caso venía bastante a punto, porque si había probado con aparecer desde abajo, y desde arriba. ahora estaba cantado que lo que quedaba era hacerlo desde el nivel medio, por la horizontal. No había que pensarlo mucho porque era cuestión de geometría elemental, y de sentido común. Más de una vez, tomando distancia, se había extrañado de que él, ser de las tinieblas y transformista supremo, razonara como cualquier hijo de vecino. Pero no era tan raro: el pensamiento era una corriente única que lo atravesaba todo, y hacía de todos sus víctimas, hasta del pasto y las toscas.

El advenimiento por la línea horizontal podía ser lo más efectivo al fin y al cabo. Debería haber empezado por ahí. La percepción de los indios estaba hecha para la mirada sobre el plano, y sólo lo que irrumpiera por el plano les llamaría la atención lo suficiente para espantarlos. Siguiendo esa misma línea de razonamiento, decidió no ir a lo monstruoso extremo, como había hecho antes; eso también había sido un error. Se aprendía con la experiencia. Lo raro en exceso podía provocar sorpresa, curiosidad, intriga, pero no miedo. Éste resultaba más bien de lo conocido y habitual que venía con un elemento, no importaba si era menor y marginal, que volviera inquietante lo conocido. De ahí a pensar en un equino no había más que un paso. ¿Qué más conocido y habitual para los indios que el caballo, su vehículo favorito y único? Y el animal, por su tamaño, daba amplio campo para el injerto del elemento que lo hiciera pavoroso.

 

 

 

 
Foto: LA NACION 

 

 

 

Se retiró a buena distancia, para trabajar tranquilo; no en dirección a lo alto ni a lo bajo, sino simplemente a lo lejos, por las abiertas avenidas opcionales que ofrecía la pampa. Se transfiguró en una yegua blanca, de proporciones normales para empezar, y en ese formato dio unos trotes en círculo para probar las cuatro patas. Lo hacía bien. No había pensado todavía qué modificación efectuarle para que luciera diabólica, sin dejar de ser una yegua. Esos pasos experimentales le dieron la idea, que puso en ejecución tan pronto se le hubo ocurrido: le acortó las patas a la mitad. Muy satisfecho, se miró en el espejo de la noche: quedaba claramente monstruosa, a la vez que todo seguía en su lugar y había que mirar dos veces para darse cuenta de lo que faltaba o sobraba. Parecía un enorme perro salchicha, o un cerdo flaco. Tan simple, y era justo lo que buscaba. Con eso habría bastado, pero no pudo con su genio de artista del mal, y le dio un toque más fantasioso: una cabeza de cocodrilo. El conjunto se veía horrendo a más no poder, ¿pero no sería demasiado horrendo? Temió que así fuera, pero no quiso renunciar del todo a su invención, así que se limitó a volver atrás un poco en la transformación caballo-cocodrilo, como quien hace retroceder las agujas del reloj, hasta que la cabeza quedó a medio camino, con igual proporción de rasgos de equino y de saurio. El resto del cuerpo quedó en yegua común, salvo las patas de medio metro. Se dotó de vigor, pulmones poderosos, cascos reforzados, y probó un trote, después un galope. Soltó un relincho de contento y partió sin más rumbo a la toldería.

A medida que tomaba velocidad iba anticipando con más claridad y maligna satisfacción el desparramo que produciría entre los indios, cuando irrumpiera en su adormilada velada, como un ciclón proveniente de las tinieblas, desproporcionado, inexplicable. Los golpes de los cascos en la tierra sonaban con un ritmo urgente y sostenido, en la carrera el pelo de la yegua tomó un brillo fosforescente, era un meteorito vivo cortando la negra noche, directo hacia la tribu, donde los indios no se imaginaban lo que se les venía encima. Pillán exultaba, tragando la distancia, seguro de que esta vez nada se interpondría.

Pero, cuándo no, había un detalle que no había tomado en cuenta. Probablemente haber pensado a la yegua como monstruo salido de su voluntad bloqueó en su mente la presencia de los caballos reales. Los indios no podían vivir sin ellos, así que había una buena cantidad, sueltos, en la entrada de la toldería. Si dormían, se despertaron, ya por el sonido del galope que se acercaba, ya por el olor, ya por el instinto. No había entre ellos ninguna yegua. Los mapuches no criaban caballos: los robaban. Y las yeguas que robaban perecían al punto, sacrificadas por la sangre. Entre los indios reinaba la convicción de que la sangre de yegua era un excelente tónico, y no se privaban de beber cuanto podían. Para ellos, era todo ver una yegua y correr a cortarle una vena y aplicar la boca como un ternero a la ubre de la vaca. De modo que sus tropillas eran de puro potro, padrillo sin ejercicio, porque no habían aprendido a castrar. La aproximación de la yegua los alborotó. Ni que se las mandara Dios (y era el Diablo). Le salieron al encuentro en avalancha. Nunca pudo llegar a la toldería. Los atacantes eran unos doscientos. No los arredraron ni las patas cortas ni la cara de cocodrilo, al contrario; quizás Pillán, buscando lo más feo para los parámetros humanos, había acertado sin querer con lo más bello para los caballos. Desconcertado, sus poderes no le sirvieron de nada en el súbito revoltijo de los centenares de sexos enhiestos. Se trenzaron como víboras, retorciéndose unos sobre otros en una montaña de músculos y relinchos. Los indios ni se enteraron.

A esa hora, la bebida se acababa. Se había hecho un gran silencio. El chistido de una lechuza parecía una burla lejana. Más lejanos todavía, en planos sucesivos que cortaban el gran volumen negro de la noche, el croar de ranas o el canto de los grillos. Y todos estos sonidos los transportaba el aire, pesado y paciente. Una oscuridad de pesadilla se difundía desde el centro de la oscuridad. Un viento quieto, más negro que lo negro, los tragaba. La comunidad entera, esos seres curtidos por la intemperie, caía hacia adentro uno por uno, y en la caída ya no sabían qué beberse. ¿Los restos? ¿Un agua que producía sueño? Estiraban los brazos, tratando de tocar algo que no veían, tratando de ver, de ver y tocar, el nacarado amarillo de las cosas que se había tragado el embudo negro.

Pero una llamita azul, del tamaño de un dedo, empezó a emigrar entre indios, por el aire, a media altura. Era una llamita trémula, casi completamente azul pero con bordes rosados. Se mantenía erguida, aunque lo débil de su combustión hacía que por momentos se inclinara su extremo superior, en punta. Su trayectoria era errática: seguía una línea recta un rato, después hacía unos ochos, subía, bajaba, describía una larga curva, volvía atrás. Iba rápido o lento, algunos tramos los hacía muy rápido, apurada, como si escapara de algo o algo la atrajera, y entonces se adelgazaba por la fricción del movimiento, sus bordes se despeinaban hacia atrás. O iba tan lento que se detenía y entonces quedaba muy recta, ingrávida. No era nada que se quemara, nada la alimentaba: era puro fuego inmaterial, en su mínima expresión.

Sus idas y venidas por el vasto terreno donde se cabeceaba la sobremesa, que parecían sin objeto, produjeron un efecto al fin, y fue el de atraer la atención de los indios. Al comienzo de su peregrinación nadie la notó, o lo hizo alguno y descartó la visión como uno de esos brillos remanentes que se desplazan dentro del ojo. Pero fue tanta su insistencia que a la larga uno tras otro fueron reconociendo que había una llamita volando en la toldería. A pesar de su tamaño reducido, o quizás gracias a él, era fácil seguirla con la vista. Aliada con las tinieblas, a las que no se proponía combatir, era como si no hubiera otra cosa que ella en el mundo.

Pensaron que era un chiste. ¿Pero quién lo habría hecho? ¿Quién se tomaría el trabajo de hacerles un chiste a indios que no tenían sentido del humor, y ni siquiera sabían lo que era un chiste? Habría sido un anacronismo.

La llamita empezó a inflarse. Tomó poco a poco la forma de un hombrecito que flotaba, moviendo apenas los miembros. Del tamaño de un muñeco al comienzo, siguió creciendo a estirones espasmódicos hasta alcanzar el de un niño grande. Su aspecto era de hombre maduro, casi viejo, demacrado, flaco, lo único viviente en él eran los ojos, que parecían bizcos pero no lo eran, y nadie acertaba a encontrar el motivo por el que eran tan raros. Los labios se retorcían en una mueca lenta, como si amenazara con una sonrisa que borraría a la humanidad de la faz de la tierra. Lo más logrado, aunque por casualidad, era la textura del embeleco: como toda su materia era la de la llamita, su estiramiento la afinó hasta lo ultradelgado. Era como si a un guijarro se lo inflara a la dimensión de una casa, sin agregarle materia; salvo que en este caso no era piedra sino luz tenue y fuego frío. Si en su estado concentrado había sido apenas visible por contraste con la oscuridad en la que se desplazaba, la expansión lo había vuelto un extracto transparente de lo opaco. La inercia de la llamita lo seguía moviendo, algo más lento que antes. Y entonces hubo un gesto, tímido y trágico: cuando se acercaba a los indios tendía la mano con la palma hacia arriba, pidiendo limosna.

Comentarios

Ingresa tu comentario