Buenos Aires, 26/03/2017

A 500 años del descubrimiento del Río de la Plata

Juan Díaz de Solís lo descubrió el 2 de febrero de 1516

(CABA) Actualmente el recorrido se suele hacer en apenas 12 horas de vuelo. Pero hace cinco siglos, los que se aventuraban a cruzar el océano debían pasar cuatro meses de sacudones sobre la olas para encontrarse con ese “mar rubio y barroso” cuyas aguas tenían “un sabor suave y azucarado”. Esos cuatro meses de navegación fueron los que pasó el piloto mayor Juan Díaz de Solís junto a su tripulación de 60 hombres distribuidos en tres carabelas, para viajar desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda, en la margen izquierda del río Guadalquivir, hasta alcanzar su famoso “Mar Dulce” donde habría de toparse con la muerte. La aventura comenzó el 8 de octubre de 1515 y concluyó el 2 de febrero de 1516. Aquel día marcó el descubrimiento oficial de nuestro conocido Río de la Plata. Mañana se cumplirán exactamente 500 años.

La expedición tenía una misión encomendada por el rey Fernando el Católico: llegar a las Islas Molucas, un archipiélago de Indonesia considerado entonces el paraíso de las especias. Eran tiempos de duras disputas con portugueses, ingleses y holandeses por el dominio de esas tierras productoras de excelente nuez moscada y clavo de olor. El interés era tal que el rey no sólo proveyó tres carabelas (se cree que eran La Concepción, Santiago y La Trinidad) sino también 4.000 ducados de oro, cuatro grandes cañones y 60 armaduras. El objetivo: hallar un paso fluvial que uniera el Atlántico con el Pacífico. Por eso, aquel 2 de febrero cuando ingresaron a ese “Mar Dulce” lo hicieron pensando que esa era la boca del camino que los llevaría de un océano a otro y a las riquezas de las especias.

El Río de la Plata tiene forma triangular, cerca de 300 kilómetros de largo, un ancho máximo de 219 kilómetros, más de tres millones de kilómetros cuadrados y unos diez metros de profundidad como promedio. Su sector interior es el de menor profundidad porque cada año esas aguas reciben unos 160 millones de toneladas de sedimentos. En esa corriente llegan arena fina y gruesa, limo y arcilla como las que se trasladan por el Delta del Paraná y por las aguas del río Uruguay. Esos sedimentos en suspensión le e dan su característico color marrón al agua. El sector exterior del Río de la Plata está comprendido entre la uruguaya Punta del Este y Punta Rasa, en Bahía de Samborombón, en territorio argentino. Para que grandes barcos puedan llegar a Buenos Aires o a la cuenca del Paraná, el lecho debe ser dragado en forma permanente. Los prácticos guían a esas naves por canales especialmente socavados.

Lo cierto es que en aquel febrero, aprovechando el bajo calado de sus carabelas, Solís se internó en el río. Su primera escala fue en una pequeña isla a la que bautizó Martín García. Ese era el nombre del despensero de su nave, quien murió a bordo y fue enterrado allí. Después, más adentro en el curso, vio a unos nativos que les hacían señas desde tierra. En un pequeño bote bajaron Solís, Pedro de Alarcón (contador de la expedición), Francisco de Marquina, cuatro marineros y un grumete llamado Francisco del Puerto. En un breve combate, todos fueron asesinados, a excepción del grumete que era un chico y por eso se salvó. Los muertos fueron descuartizados, asados y comidos, una ceremonia habitual en esa tribu escindida de los guaraníes. Creían que así se apoderaban de las virtudes guerreras de sus víctimas. Francisco del Puerto vivió diez años con los nativos y recién fue rescatado en 1527 por la expedición de Sebastián Gaboto.

Así terminó aquel viaje. Las carabelas volvieron a España al mando de Francisco de Torres, cuñado de Solís y quedaron embargadas en el Puerto de Muelas, en Sevilla. El estuario fue conocido como “río de Solís”, hasta que alguien mencionó el mito de la “Sierra de Plata” (se cree que era una alusión al Cerro Rico de Potosí) y creció la leyenda de que por ese río se llegaba a importantes minas de plata. Y el nombre del lugar cambió para siempre. Después, en esas aguas, habría fuertes batallas navales. Pero la que más se recuerda es una que ocurrió en diciembre de 1939 cuando barcos ingleses se enfrentaron con el acorazado alemán Admiral Graf Spee. Pero esa es otra historia. NT

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