Buenos Aires, 23/11/2017, edición Nº 1835

Vivir todos los días en un hotel de lujo

De los lugares que hay para vivir, ¿quién no ha pensado alguna vez en habitar en un hotel de lujo? el poeta Horacio Ferrer, que ha vivido la mitad de su vida en el lujoso Hotel Alvear, habla sobre su particular elección de vida. (CABA) El poeta Horacio Ferrer cumplió 80 años y hace 40 que vive en el Hotel Alvear. En un octavo piso comparte con su esposa Lucía...

De los lugares que hay para vivir, ¿quién no ha pensado alguna vez en habitar en un hotel de lujo? el poeta Horacio Ferrer, que ha vivido la mitad de su vida en el lujoso Hotel Alvear, habla sobre su particular elección de vida.

Horacio_Ferrer_©G.CorbelliniL

(CABA) El poeta Horacio Ferrer cumplió 80 años y hace 40 que vive en el Hotel Alvear. En un octavo piso comparte con su esposa Lucía Michelli -Lulú- un departamento con dos balcones desde donde se ve gran parte de Buenos Aires, el Río de la Plata y hasta la costa de Uruguay, donde nació este maestro, el compañero creativo de Astor Piazzolla. “El Hotel Alvear es muy significativo en la historia de Buenos Aires y tiene su encanto. Ha vivido aquí gente muy singular, los cajetillas de todo Recoleta venían al restaurante o al café para encontrarse. Tiene un lindo pedigree”, dice, sentado en una de las mesas del bar del Alvear, su casa.

Encuentra calidez en el “refinamiento extraordinario” del lugar. “A mi me gustan las cosas de mucha calidad. Dentro de mis posibilidades he tratado de vestirme bien, de ser elegante como poeta, de mirar y asimilar en los viajes cosas que me parecen bonitas. Todo eso tiene que ver con la poesía, la belleza, el misterio”. Y hay algo más. Sobre el final de la charla Ferrer dirá que la fachada del hotel le recuerda a su casa de la infancia, el departamento antiguo de Lavalle 1447, construido en 1925. “Mi infancia fue maravillosa. Aquella casa se parecía mucho a este hotel”.

El poeta Horacio Ferrer baja de su departamento y se presenta en el lobby del Hotel Alvear impecable, con su pañuelo a lunares al cuello, un pantalón de vestir gris a cuadros, un saco marrón, una flor turquesa en el ojal. Invita un café en un bar silencioso, sin televisores. Saluda con una sonrisa a cada empleado; a algunos incluso los llama por su nombre. “Me siento en casa. Antes no me gustaban los hoteles, los veía muy fríos, pero acá es distinto. Cuando trabajaba en la Revista Gente, hace muchos años, vine a hacerle una nota a Joan Manuel Serrat, que se alojaba acá; cuando ví cómo era dije: ‘algún día me va a gustar vivir acá”.

Cuando tuvo la posibilidad de comprar uno de los departamentos, pidió un adelanto a Sadaic a cuenta de sus derechos y lo hizo. “La gran ventaja de vivir en un hotel es que todos los vecinos son pasajeros, uno no está comprometido a conocerlos”, dice. Valora mucho la privacidad: “Hago una vida muy nocturna y me gusta mi independencia”.

Ferrer se levanta al mediodía. “Soy trasnochador y me hace bien dormir diez horas; además, los médicos me recomiendan que sea dormilón”. Se toman unos mates en la cama con su compañera, Lulú, y ese es el almuerzo, con alguna fruta. “Yo soy oriental más argentino en el mate”, dice. Se ríe. Mientras matean miran un informativo para enterarse de las noticias. “Entonces me levanto con mis modestas luces bien encendidas. Por la tarde y a cualquier hora, cuando me dan ganas de escribir, escribo. Lo que no quiero es anquilosarme ni copiarme a mi mismo”. A veces lee poesía o ensayos en la “paz fenomenal” de su octavo piso.

Este maestro, autor de Balada para un loco y Chiquilín de Bachín, por nombrar los más famosos, sigue escribiendo tango y cuenta que tiene una ópera para estrenar. “Me invitaron del Teatro Colón”, comenta. Cuenta que escribe de memoria. “Se me presenta algo y luego lo recuerdo y lo paso a la computadora, si no lo recuerdo es que no era gran cosa”.

Algunas tardes recibe amigos o prepara un programa de radio que co-conduce. Suele darse el gusto de recorrer la galería de compras del Alvear para sorprenderla a Lulú con alguna joya o alguna ropa delicada. Todas las noches salen a cenar juntos con un amigo sacerdote. “Porque la vida es una fiesta y un día se acaba. Hay que disfrutarla con un ser amado, una canción, una poesía, una obra de teatro, una idea que uno se ponga a escribir. Es una fiesta la vida”.

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